El secreto del príncipe Heredero

Bajo la superficie

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El entrenamiento no terminó con los combates.

Nunca lo hacía.

La arena se vaciaba… pero no del todo.

Algunos se quedaban.

No por obligación.

Por orgullo.

Por necesidad.

O por algo menos claro.

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Alexander fue uno de ellos.

No entrenaba.

No practicaba.

Solo permanecía allí.

Como si el lugar aún tuviera algo que decirle.

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—Pensé que ya habías terminado de demostrar.

La voz llegó desde atrás.

No una.

Varias.

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Alexander no se giró de inmediato.

—No recuerdo haber empezado.

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Una risa corta.

Sin humor.

—Hablas como si no te importara.

—¿Debería?

Ahora sí se giró.

Tres.

No más.

Suficientes.

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—Deberías —dijo uno, adelantándose—. Aquí las cosas no funcionan como allá afuera.

Alexander inclinó levemente la cabeza.

—No estoy allá afuera.

—No.

Pausa.

—Pero tampoco perteneces aquí.

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El silencio se tensó.

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—Hijo del general —añadió otro—. Eso abre puertas.

—Y cierra otras —respondió Alexander.

Sin elevar la voz.

Sin provocación.

Pero tampoco cediendo.

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El primero dio un paso más cerca.

—Vamos a ver si también te sostiene en la arena… sin nombre.

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No esperó respuesta.

Atacó.

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Alexander reaccionó.

Tarde… a propósito.

El golpe lo alcanzó en el hombro.

No fuerte.

Pero suficiente.

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No contraatacó de inmediato.

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Desde lo alto—

Leonel lo vio.

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No era parte del entrenamiento.

No oficialmente.

Pero nadie intervenía.

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—Esto no es necesario —murmuró Leonel.

No para ser escuchado.

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El rey no respondió.

Ni siquiera miró.

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Abajo—

Alexander se enderezó.

Lento.

Como si midiera algo más que la distancia.

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—¿Eso es todo?

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El segundo se lanzó.

Más directo.

Más torpe.

Alexander esquivó.

Esta vez sin dejarse alcanzar.

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Un movimiento.

Seco.

Preciso.

El atacante perdió el equilibrio.

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El tercero dudó.

Un segundo.

Demasiado.

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Alexander no avanzó.

No los buscó.

Solo esperó.

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—No pelea como nosotros —dijo uno, con fastidio.

—No —respondió el otro—. Pelea como si no tuviera nada que perder.

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Desde arriba—

Leonel apretó apenas la mano sobre el brazo del asiento.

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—Suficiente.

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No fue un grito.

No fue una orden.

Pero cayó en el momento exacto.

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Abajo, el movimiento se detuvo.

No por respeto.

Por reconocimiento.

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No al rey.

No esta vez.

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A Leonel.

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El silencio duró un instante más de lo necesario.

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—Retiraos.

Ahora sí, la voz del rey.

Fría.

Final.

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Los tres se apartaron.

Sin disculpas.

Sin mirar atrás.

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Alexander permaneció en su lugar.

Respiración estable.

Hombro tenso.

Nada más.

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Leonel no volvió a hablar.

No podía.

No debía.

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Pero no apartó la mirada.

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Alexander levantó la vista.

Un segundo.

Nada más.

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Y en ese segundo—

no hubo gratitud.

No hubo desafío.

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Hubo reconocimiento.

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Después, se giró.

Y se marchó.




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