El secreto del príncipe Heredero

Sonrisas correctas

El corredor estaba casi vacío.

Solo el sonido distante de los sirvientes rompiendo el silencio ocasionalmente.

Leonel caminaba sin prisa.

Sin pensar realmente hacia dónde iba.

O intentando no pensar en absoluto.

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—Mi vidita.

La voz llegó suave.

Perfecta.

Como siempre.

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Leonel cerró los ojos apenas un instante antes de girarse.

—Laila.

Ella sonrió al acercarse.

No demasiado.

Lo justo.

Vestía de forma impecable, como si incluso a esas horas el desorden le resultara imposible.

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—Te he estado buscando.

—Qué desafortunado.

La respuesta salió antes de que pudiera suavizarla.

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Pero Laila no pareció ofenderse.

Nunca lo hacía.

—Sigues teniendo ese carácter horrible.

—Y tú sigues ignorándolo.

—Si dejara de hacerlo, dejarías de hablarme.

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Leonel soltó una exhalación leve.

Más cansancio que humor.

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Laila lo observó unos segundos.

Su expresión cambió apenas.

Lo suficiente.

—¿Qué ocurrió?

—Nada.

—Leonel.

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Él sostuvo su mirada.

Y ahí estaba otra vez.

Esa sensación.

La de estar siendo leído demasiado de cerca.

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—Tu padre te llamó —dijo ella con calma.

No preguntó.

Sabía.

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Leonel apartó la mirada.

—No es asunto tuyo.

—Casi todo en este palacio termina siendo asunto mío.

La frase sonó ligera.

Pero debajo había algo más.

Algo calculado.

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—Eso suena preocupante.

—Depende para quién.

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El silencio cayó un instante.

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Laila avanzó un paso.

—¿Qué hiciste esta vez?

—¿Esta vez?

Ella sonrió apenas.

—No pones esa cara cuando obedeces.

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Leonel dejó escapar una risa breve.

Sin alegría.

—Entonces debo empezar a practicar mejor.

—No.

Pausa.

—Esa es probablemente la única expresión honesta que te queda aquí.

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La frase lo hizo mirarla otra vez.

Más atento.

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Y por un segundo—

solo por uno—

Laila dejó de parecer la joven perfecta que todos adoraban.

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Había algo más debajo.

Algo mucho más consciente.

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—No deberías decir cosas así —murmuró Leonel.

—¿Por qué?

—Porque alguien podría escucharte.

—¿Y qué harían?

Pausa.

—¿Castigarme?

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La manera en que lo dijo no sonó inocente.

Sonó… medida.

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Leonel entrecerró apenas los ojos.

—A veces no entiendo qué quieres.

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Laila lo observó en silencio.

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—Sí lo entiendes.

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Y esa vez…

la sonrisa desapareció primero de sus ojos.

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—Quieres algo de mí.

No fue una pregunta.

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Ella tardó apenas un instante en responder.

—Todos quieren algo de ti, Leonel.

Pausa.

—La diferencia es que yo no finjo lo contrario.

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El aire pareció quedarse quieto.

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Leonel sostuvo su mirada.

Intentando encontrar algo.

Verdad.

Mentira.

Cualquier cosa.

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Pero Laila era demasiado buena para dejarse leer completa.

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—Mi padre tomó una decisión —dijo él finalmente.

La frase sonó pesada.

Cansada.

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Laila bajó la mirada un segundo.

Solo uno.

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—Lo sé.

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Y entonces volvió a sonreír.

Suave.

Hermosa.

Correcta.

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—Después de todo… pronto seré vuestra esposa.

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Leonel sintió el peso de la frase antes incluso de reaccionar a ella.

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No respondió.

No pudo.

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Porque había algo profundamente inquietante en la tranquilidad con la que ella aceptaba su destino.

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O peor.

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En cómo parecía haberlo elegido.




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