El secreto del príncipe Heredero

El inicio del fin

Laila fue la primera en apartar la mirada.

Como si supiera exactamente cuándo debía hacerlo.

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—Debería retirarme —dijo con suavidad—. Mañana será un día importante.

Leonel soltó una exhalación leve.

—Aquí todos los días parecen serlo.

Ella sonrió apenas.

—No para todos.

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Y entonces volvió a acercarse.

Solo un poco.

Lo suficiente para incomodarlo.

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—Descansa, mi vidita.

La forma en que lo dijo habría sonado dulce para cualquiera más.

Pero Leonel ya conocía demasiado bien esa voz.

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Laila alzó una mano.

Acomodó apenas el cuello de su ropa.

Un gesto pequeño.

Demasiado íntimo para alguien a quien él apenas soportaba.

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—No pongas esa expresión mañana.

—¿Qué expresión?

—La que pones cuando estás obligado a mirar algo que odias.

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Leonel se quedó quieto.

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Laila sostuvo su mirada un instante más.

Y luego sonrió otra vez.

Perfecta.

Impecable.

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—Buenas noches, Leonel.

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Él no respondió de inmediato.

—Buenas noches.

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La observó alejarse por el corredor hasta desaparecer.

Y aun después de eso…

el silencio no volvió a sentirse vacío.

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Leonel permaneció inmóvil unos segundos más.

Sin pensar realmente.

O pensando demasiado.

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Mañana.

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Su mirada bajó apenas.

Las manos.

Siempre terminaba observándose las manos después de hablar con su padre.

Como si esperara encontrar algo distinto en ellas.

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Mañana comenzarían los entrenamientos finales.

Y después…

las pruebas reales.

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El inicio del fin.

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La frase apareció en su mente con una claridad dolorosa.

Tan clara como lejana.

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Recordaba las palabras.

Pero no la voz.

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A veces intentaba recordarla.

La forma exacta en que su madre decía las cosas.

Pero los años habían comenzado a borrar los bordes.

Primero el sonido.

Después los detalles.

Y ahora…

casi todo.

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Solo quedaban fragmentos.

Una risa.

Una mano sobre su cabello.

La sensación de seguridad.

Y aquella frase.

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El inicio del fin.

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Nunca entendió por qué ella lo llamaba así.

Él tenía apenas cuatro años la primera vez que la escuchó decirlo.

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Pero después de verla desaparecer lentamente del palacio…

después de ver cómo el rey dejó de hablar de ella…

después de los silencios…

de los tronos vacíos…

de la sangre en la arena…

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Comenzó a entenderlo.

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Porque cada año era igual.

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Los jóvenes llegaban creyendo que aquello era honor.

Gloria.

Destino.

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Y luego la arena los convertía en otra cosa.

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Los rompía.

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Algunos caían.

Otros sobrevivían.

Pero ninguno volvía siendo el mismo.

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Leonel odiaba las pruebas.

Odiaba el ruido.

Los aplausos.

La manera en que el rey observaba cada combate como si estuviera evaluando piezas de un tablero.

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No era entrenamiento.

Nunca lo había sido.

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Era un espectáculo.

Un circo sangriento disfrazado de honor.

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Y él…

estaba obligado a presenciarlo desde el mejor asiento de todos.

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Cerró los ojos un instante.

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Y sin querer—

pensó en Alexander.

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En cómo peleaba.

En cómo miraba.

En cómo parecía entrar a la arena sin esperar nada de ella.

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Eso era lo peor.

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Porque Leonel conocía ese lugar mejor que nadie.

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Y sabía exactamente lo que la arena hacía con las personas.




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