La mañana llegó envuelta en un frío seco.
De ese que parecía quedarse adherido a las paredes de piedra del palacio.
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Desde temprano, el movimiento de sirvientes y soldados había comenzado a llenar los corredores.
Todo el reino parecía despertar distinto los días de entrenamiento.
Más rígido.
Más atento.
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Leonel descendió las escaleras en silencio.
No llevaba prisa.
Nunca la tenía esos días.
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Apenas llegó al gran salón, escuchó las voces antes de verlos.
Consejeros.
Generales.
Caballeros.
Todos hablando de lo mismo.
Las pruebas.
Las apuestas.
Los posibles seleccionados.
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—Dicen que el hijo de Óscar Morel podría llegar lejos.
—Tiene la postura de un soldado.
—Ya veremos cuánto dura cuando comiencen los combates reales.
Leonel siguió caminando sin intervenir.
Había aprendido hacía mucho tiempo que, en el palacio, las personas hablaban de los jóvenes como si ya fueran piezas entregadas a la arena.
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—Príncipe Leonel.
El saludo lo obligó a detenerse.
Uno de los consejeros inclinó la cabeza con respeto.
—Su Majestad ya se encuentra en la arena.
Claro.
Por supuesto que ya estaba allí.
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Leonel asintió apenas.
Y continuó caminando.
[....]
El sonido llegó antes que la imagen.
Metal chocando.
Gritos.
Órdenes.
El rugido distante del público que comenzaba a ocupar las gradas.
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La arena era enorme.
Más de lo que muchos imaginaban desde fuera.
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Y en el centro…
los caballeros entrenaban bajo el sol de la mañana como si aquello fuese una guerra real.
Porque, en cierta forma, lo era.
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Leonel avanzó hasta la plataforma elevada donde descansaban los tres tronos.
El del rey.
El de la reina.
El suyo.
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Su mirada fue, como siempre, hacia el centro.
El trono vacío.
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Seguía impecable.
Intacto.
Como si alguien todavía esperara que ella regresara a ocuparlo.
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El rey ni siquiera volteó cuando Leonel tomó asiento.
—Llegas tarde.
—Aún faltan minutos para comenzar oficialmente.
—Un heredero no debería conformarse con llegar “antes de que empiece”.
La frase fue seca.
Automática.
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Leonel no respondió.
No valía la pena.
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Abajo, en la arena, los jóvenes comenzaban a alinearse.
Algunos tensos.
Otros demasiado confiados.
Todos intentando aparentar que no tenían miedo.
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Entonces lo vio.
Alexander.
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Estaba de pie entre los demás, acomodándose los vendajes de las manos con tranquilidad.
Como si el ruido alrededor no existiera.
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Y aun así…
había algo extraño en cómo los demás lo miraban.
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Leonel tardó poco en entender por qué.
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—Mírenlo.
—El hijo del general cree que ya tiene el puesto ganado.
—Claro. Algunos nacen con el camino limpio.
Las voces llegaban desde abajo.
Disimuladas.
Pero no lo suficiente.
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Alexander las escuchó.
Eso era evidente.
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Pero no respondió.
Ni siquiera levantó la mirada.
Continuó ajustando los vendajes como si nada de eso tuviera importancia.
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Eso pareció irritarlos más.
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—¿Ni siquiera piensa responder?
—Tal vez cree que está por encima de nosotros.
Uno de los jóvenes dio un paso al frente.
Más alto que Alexander.
Más robusto.
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—Aquí abajo el apellido no pelea por ti.
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Ahora sí.
Alexander levantó la mirada lentamente.
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No había enojo en su rostro.
Ni miedo.
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Y eso fue peor.
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—Qué alivio —respondió con calma—. Ya comenzaba a preocuparme.
Algunos soltaron una risa breve.
El otro caballero endureció el gesto.
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—¿Te burlas?
—No. Solo intento entender por qué estás tan interesado en hablar conmigo.
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Leonel bajó apenas la mirada.
Casi sin querer.
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Ahí estaba otra vez.
Ese tono ligero.
Desafiante.
Como si no terminara de tomarse las cosas con la gravedad que merecían.
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O como si se negara a darles el poder de intimidarlo.
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El caballero dio otro paso adelante.
—Escucha bien, Morel…
—Basta.
La voz descendió desde arriba antes de que pudiera terminar.
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Silencio.
Total.
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Leonel ni siquiera se había puesto de pie.
Pero todos en la arena habían alzado la vista hacia él.
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El príncipe sostuvo la mirada del muchacho unos segundos.
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—Las pruebas todavía no comienzan.
Pausa.
—Compórtense como caballeros.
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El joven bajó la cabeza de inmediato.
—Sí, Alteza.
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Leonel apartó la mirada primero.
Como si la escena ya no le interesara.
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Pero al hacerlo…
vio de reojo a su padre.
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Y supo al instante que había hablado de más.
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El rey no dijo nada.
Ni siquiera cambió de expresión.
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Y justamente eso…
era lo peor.