El silencio duró apenas unos segundos.
Pero para Leonel...
fue suficiente.
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Sintió el peso de las miradas enseguida.
Los caballeros.
Los consejeros.
Incluso algunos soldados cercanos.
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Había hablado.
Otra vez.
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Y peor aún...
había intervenido.
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El estómago se le tensó apenas.
Casi por costumbre.
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No necesitaba mirar a su padre para saberlo.
Sabía perfectamente qué venía después.
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La decepción.
El recordatorio.
La voz fría explicándole nuevamente cuál era su lugar.
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"No es vuestro deber intervenir."
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La frase regresó a su cabeza con una claridad irritante.
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Leonel bajó apenas la mirada hacia la arena.
Intentando aparentar calma.
Intentando ignorar la presión silenciosa que sentía al lado.
Las horas pasaron lentamente.
Demasiado lentamente.
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El sol terminó elevándose por completo sobre la arena mientras los combates continuaban uno tras otro.
Sin pausa.
Sin misericordia.
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Al principio todavía quedaban rastros de orden.
Prácticas medidas.
Movimientos controlados.
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Pero conforme avanzaba el día…
todo comenzaba a romperse.
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Los golpes se volvían más violentos.
Más desesperados.
Los errores comenzaban a costar sangre.
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Leonel dejó de contar cuántos habían caído después del quinto.
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Uno terminó con el brazo dislocado.
Otro apenas podía mantenerse en pie luego de un golpe en las costillas.
Uno de los muchachos abandonó la arena vomitando sangre sobre la tierra.
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Y aun así…
las pruebas continuaron.
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Porque siempre continuaban.
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El rey observaba todo desde su trono con absoluta atención.
Como si cada caída fuese simplemente parte natural del proceso.
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Leonel, en cambio, apenas podía sostener la mirada demasiado tiempo sobre algunos enfrentamientos.
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El sonido era lo peor.
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El metal golpeando carne.
La arena absorbiendo sangre.
Los gritos ahogados de quienes intentaban no demostrar dolor frente al resto.
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A veces desviaba la mirada.
Solo unos segundos.
Lo suficiente para respirar.
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Pero siempre terminaba regresando.
Porque estaba obligado a hacerlo.
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Y porque su padre lo notaba cada vez que apartaba los ojos.
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Entonces volvió a verlo.
Alexander.
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Seguía en pie.
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Y algo en su manera de pelear comenzaba a inquietarlo.
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No luchaba como los demás.
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La mayoría atacaba buscando imponerse.
Fuerza.
Violencia.
Dominio.
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Alexander no.
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Observaba.
Esperaba.
Calculaba.
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Y cuando finalmente atacaba…
lo hacía con una precisión casi irritante.
Como si supiera exactamente dónde golpear antes siquiera de moverse.
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No parecía disfrutarlo.
Pero tampoco parecía temerle.
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Eso era lo que Leonel no terminaba de comprender.
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Hubo un momento en que uno de los caballeros intentó provocarlo directamente.
Un ataque más brutal que técnico.
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Alexander retrocedió apenas lo necesario para esquivarlo antes de derribarlo usando el peso del propio hombre en su contra.
El impacto resonó seco contra la arena.
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Silencio.
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Después…
murmullos.
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Leonel notó cómo algunos soldados comenzaban a mirarlo distinto.
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Ya no era solo “el hijo del general”.
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Ahora comenzaban a entender por qué seguía allí.
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El día terminó mucho después de lo esperado.
Cuando finalmente anunciaron a los seleccionados restantes, el ambiente entero parecía agotado.
Cubierto de polvo.
Sudor.
Sangre.
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Pocos nombres fueron pronunciados.
Muy pocos.
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Alexander Morel fue uno de ellos.
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Leonel escuchó el apellido resonar por toda la arena mientras los últimos sobrevivientes daban un paso al frente.
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Y por un instante…
sintió algo extraño.
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No alivio.
No exactamente.
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Solo la sensación incómoda de que aquel lugar todavía no había conseguido quebrarlo.
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Todavía.
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Cuando las pruebas terminaron oficialmente, el rey abandonó la arena acompañado por los consejeros.
Como siempre.
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Leonel permaneció sentado unos segundos más.
Observando el campo vacío lentamente.
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La arena nunca tardaba demasiado en tragarse las huellas de lo ocurrido allí.
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La sangre desaparecía.
El ruido desaparecía.
Los cuerpos eran retirados.
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Y al día siguiente…
todo volvía a empezar.
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El inicio del fin.
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La frase regresó nuevamente.
Más pesada esta vez.
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Leonel bajó la mirada hacia sus manos.
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Y entonces volvió a pensar en lo mismo.
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Su padre no había dicho nada.
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Ni un castigo.
Ni una advertencia.
Ni siquiera una mirada realmente severa.
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Eso no era normal.
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Y mientras más lo pensaba…
más lo inquietaba.
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Fue precisamente eso lo que terminó haciéndolo levantarse.
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Lo encontró en uno de los corredores interiores del palacio.
Los consejeros ya no estaban.
Solo el rey.
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Leonel dudó apenas antes de hablar.
—Padre.
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El rey levantó la vista de unos documentos.
—¿Sí?
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Había cansancio en su voz.
Pero no irritación.
Y eso solo empeoró la incomodidad de Leonel.