Alexander permaneció junto al portón unos segundos más.
Observando las celebraciones.
Escuchando las risas lejanas.
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Leonel también volvió la vista hacia el exterior.
Por un instante, ninguno habló.
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Hasta que Alexander rompió el silencio otra vez.
—¿Nunca os dejan salir?
La pregunta fue tan directa que Leonel tardó un segundo en responder.
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—Claro que me dejan salir.
Alexander giró apenas el rostro hacia él.
Y Leonel añadió:
—Con escolta. Con guardias. Con horarios. Con permiso de mi padre. Con permiso del consejo. Con permiso de prácticamente todo el reino.
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Alexander soltó una risa baja.
No burlona.
Solo breve.
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—Entonces no os dejan salir.
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Leonel quiso responder algo.
Cualquier cosa.
Pero terminó callando.
Porque, de algún modo…
acababa de resumirlo perfectamente.
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Alexander volvió la vista hacia los hombres que celebraban.
—Cuando era niño, mi padre solía desaparecer semanas enteras.
Leonel lo miró apenas de reojo.
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—Mi madre decía que nunca debía esperar demasiado de alguien que pertenece más al reino que a su propia casa.
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La frase fue dicha con tranquilidad.
Como un recuerdo viejo.
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Pero algo en ella hizo que Leonel sintiera un pequeño nudo en el pecho.
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Porque él conocía esa sensación demasiado bien.
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Alexander continuó:
—Supongo que tenía razón.
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Leonel bajó apenas la mirada.
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Su padre también pertenecía más al reino que a él.
Quizá siempre había sido así.
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El viento nocturno movió apenas las telas oscuras de sus ropas.
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—¿Y qué esperaba usted de él? —preguntó Leonel después de un momento.
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Alexander pensó la respuesta unos segundos.
—No lo sé.
Pausa.
—Creo que cuando uno es niño espera cosas simples.
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Leonel no apartó la mirada de él.
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Alexander sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña.
Cansada.
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—Que vuelvan.
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Y esa vez…
Leonel no supo qué responder.
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Porque, por primera vez en mucho tiempo…
alguien había puesto en palabras algo que él jamás había dicho en voz alta.
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No era la ausencia lo que más dolía.
Era esperar que terminara.
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El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Pero esta vez se sentía distinto.
Más pesado.
Más humano.
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Finalmente, Leonel dio un pequeño paso hacia atrás.
—Debería volver antes de que los guardias crean que escapé.
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Alexander inclinó apenas la cabeza.
—Sería un escándalo terrible.
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Leonel soltó apenas una exhalación parecida a una risa.
Muy leve.
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—Buenas noches, Alexander.
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Fue la primera vez que pronunció su nombre.
Y ambos lo notaron.
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Alexander tardó apenas un instante en responder.
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—Buenas noches, alteza.
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Leonel se alejó sin decir nada más.
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Los corredores estaban en silencio cuando regresó a sus aposentos.
Los sirvientes aguardaban junto a las puertas apenas lo vieron acercarse.
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—Alteza.
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Leonel hizo un pequeño gesto con la mano.
—Quiero estar solo.
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Ninguno protestó.
Jamás lo hacían.
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Las puertas se cerraron lentamente tras él.
Y el silencio de la habitación cayó de inmediato.
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Era enorme.
Demasiado enorme.
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La luz tenue de las velas iluminaba los muebles cubiertos de oro, los largos cortinajes y el inmenso espejo frente al cual terminó deteniéndose casi por costumbre.
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Leonel alzó la mirada lentamente.
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Allí estaba él.
El príncipe heredero.
El futuro rey.
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Y aun así…
a veces seguía sintiéndose como un niño usando ropa demasiado grande.
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Su cabello rubio caía sobre sus hombros en suaves ondas desordenadas.
Un dorado apagado.
Más cercano al color de las espigas secas bajo el sol que al oro brillante que los pintores intentaban plasmar en sus retratos.
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La corona descansaba sobre su cabeza ligeramente inclinada hacia un lado.
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Como siempre.
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Leonel soltó apenas un suspiro cansado antes de acomodarla.
Sus dedos rozaron el metal frío con cuidado.
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La corona de su madre.
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Nunca mandó a hacer una propia.
Nunca quiso hacerlo.
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Recordaba vagamente cómo ella se inclinaba frente al espejo mientras las doncellas acomodaban su cabello alto para que la corona encajara perfectamente.
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Por eso era más grande.
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Porque había sido hecha para ella.
No para él.
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A veces se le deslizaba.
A veces caía.
A veces sentía que el peso entero del reino hacía exactamente lo mismo sobre sus hombros.
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Leonel observó su reflejo en silencio.
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Y entonces…
sin quererlo…
las palabras de Alexander volvieron a aparecer en su cabeza.
> “Creo que cuando uno es niño espera cosas simples.”
Pausa.
> “Que vuelvan.”
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Leonel cerró apenas los ojos.
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Porque había pasado años fingiendo que ya no esperaba eso.