El secreto del príncipe Heredero

Una sonrisa leve

La habitación permaneció en silencio durante varios minutos.

Solo el sonido lejano del viento golpeando las ventanas interrumpía la quietud.

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Leonel seguía frente al espejo.

Inmóvil.

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Sus dedos descansaban aún sobre la corona, como si temiera que volviera a deslizarse apenas la soltara.

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A veces pensaba que todo en su vida funcionaba igual.

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Si dejaba de sostenerlo aunque fuera un instante…

todo caería.

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Soltó lentamente la corona.

Esta vez permaneció en su sitio.

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Leonel observó su reflejo unos segundos más antes de apartarse.

Las velas proyectaban sombras largas sobre la habitación mientras avanzaba hacia el balcón.

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Empujó apenas las puertas de cristal.

El aire frío de la noche entró de inmediato.

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Desde allí podía verse gran parte del reino iluminado a lo lejos.

Pequeñas luces dispersas.

Hogares.

Vida.

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Tan cerca.

Y aun así tan lejos de él.

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Apoyó ambas manos sobre la baranda de piedra.

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Abajo, en algún punto más allá de los muros, todavía podían escucharse las voces apagadas de los caballeros celebrando.

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Leonel cerró los ojos un instante.

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Y entonces volvió a pensar en Alexander.

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No en la arena.

No en las pruebas.

No en cómo peleaba.

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En cómo hablaba.

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Era extraño.

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La mayoría de las personas medían cada palabra frente a él.

Como si temieran equivocarse.

Como si hablar con el príncipe fuera caminar sobre vidrio.

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Alexander no.

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Hablaba como alguien que no intentaba impresionarlo.

Ni agradarle.

Ni obedecerle.

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Y quizás por eso…

Leonel no sabía cómo sentirse al respecto.

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Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.

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Leonel abrió los ojos lentamente.

—¿Qué ocurre?

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La voz de Miriam llegó desde el otro lado.

—Disculpe la interrupción, alteza… pero su padre solicita vuestra presencia mañana al amanecer.

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Leonel soltó apenas una exhalación cansada.

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Claro.

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La tranquilidad nunca duraba demasiado.

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—Entiendo.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Necesitáis algo más antes de descansar?

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Leonel miró el cielo oscuro sobre el reino.

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Por un momento estuvo a punto de responder que no.

Como siempre.

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Pero entonces recordó algo.

Algo absurdamente pequeño.

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La cerveza de raíz.

Las risas.

La libertad simple con la que aquellos hombres celebraban seguir vivos.

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Y antes de pensarlo demasiado, habló:

—Miriam… ¿queda algo de la cena?

La mujer pareció sorprenderse detrás de la puerta.

—Sí, alteza.

—¿Podría traerme una manzana?

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Silencio.

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Y luego:

—Por supuesto.

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Leonel no vio la sonrisa del otro lado de la puerta.

Pero pudo imaginarla.

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Pasaron unos minutos antes de que Miriam dejara una bandeja cerca de la entrada y volviera a retirarse.

Sin preguntas.

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Leonel caminó hasta ella lentamente.

Y cuando tomó la manzana verde entre sus manos…

no pudo evitar recordar la expresión de Alexander mordiéndola frente a él solo para desafiarlo.

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“Si os molesta, tomadla.”

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Leonel negó apenas con la cabeza.

Como si aún no pudiera creerlo.

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Y entonces…

contra toda lógica…

sonrió un poco.

Muy poco.

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La primera sonrisa real que había tenido en días.



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En el texto hay: principe, >#romancetrágico

Editado: 08.06.2026

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