Abajo, junto a los establos exteriores, la celebración continuaba.
Las mesas improvisadas estaban llenas de jarras, restos de comida y voces elevadas por el cansancio y la adrenalina todavía fresca.
---
Algunos caballeros reían.
Otros discutían quién había peleado mejor.
Incluso había quienes mostraban orgullosos las heridas obtenidas durante las pruebas, como si fueran trofeos.
---
Alexander permanecía apartado del grupo.
Apoyado contra uno de los pilares de madera cercanos a las caballerizas.
---
Observaba.
Escuchaba.
Pero no participaba realmente.
---
Todavía podía sentir el peso de los golpes en el cuerpo.
El ardor en las manos.
La tensión atrapada entre los hombros.
---
Y, aun así…
lo que más le agotaba no eran las pruebas.
---
Era la sensación constante de estar siendo observado.
Medido.
Comparado.
---
“El hijo del general.”
---
Siempre era eso antes que su propio nombre.
---
Alexander bajó apenas la mirada hacia la jarra que sostenía entre las manos.
Ni siquiera había bebido demasiado.
---
No quería perder la cabeza.
No allí.
No frente a ellos.
---
—¡Alexander!
La voz de su padre atravesó el ruido con facilidad.
---
Alexander alzó apenas la cabeza.
---
Óscar Morel estaba sentado junto a algunos hombres del ejército del rey.
Reía con ellos.
Por primera vez en todo el día parecía relajado.
---
Y cuando sus ojos encontraron los de su hijo…
sonrió.
---
Ese pequeño gesto bastó para que Alexander sintiera algo apretarse dentro del pecho.
---
—Venid —insistió el general alzando la jarra—. ¿O pensáis quedaros allí toda la noche?
---
Algunos de los hombres rieron.
---
Alexander forzó apenas una sonrisa leve.
De esas que aprendió a hacer hacía años.
---
Luego se incorporó.
---
Porque su padre quería verlo allí.
---
Y eso era suficiente.
---
Mientras avanzaba hacia las mesas, escuchó algunos murmullos apenas disimulados.
---
—Claro… el favorito del general.
—Con razón pasó las pruebas.
—Me pregunto si habría llegado tan lejos sin ese apellido.
---
Alexander siguió caminando como si no hubiese oído nada.
---
Lo había escuchado antes.
Demasiadas veces.
---
Cuando llegó junto a la mesa, Óscar le golpeó apenas el hombro con orgullo.
—Habéis peleado bien hoy.
---
Alexander sostuvo su mirada un instante.
Y allí estaba otra vez.
---
Ese deseo absurdo.
Infantil.
Persistente.
---
Hacerlo sentir orgulloso.
---
—Intenté no avergonzaros.
---
El general soltó una risa grave.
—Muchacho, si hubieseis querido avergonzarme, ya lo habríais logrado hace años.
---
Los hombres alrededor rieron.
---
Alexander también sonrió apenas.
Pero algo en su expresión seguía sintiéndose contenido.
---
Uno de los caballeros alzó la voz desde el otro extremo de la mesa.
—Decidme, Morel… ¿es cierto que entrenáis incluso enfermo?
---
—Mi padre dice que descansar demasiado vuelve lento al cuerpo.
---
—Vuestro padre parece querer convertiros en una máquina de guerra.
---
Óscar resopló divertido.
—El reino necesita hombres fuertes.
---
Alexander bajó apenas la mirada hacia la mesa.
---
Hombres fuertes.
---
Desde pequeño había escuchado esa frase una y otra vez.
---
Los hombres fuertes no lloran.
No tiemblan.
No dudan.
No fracasan.
---
Y, sobre todo…
no decepcionan.
---
Uno de los soldados empujó una jarra hacia él.
—Bebed. Hoy sobrevivisteis.
---
Alexander tomó la jarra por educación.
Pero antes de beber, sus ojos se desviaron apenas hacia el castillo iluminado.
---
Inmenso.
Frío.
Silencioso.
---
Por alguna razón…
pensó en el príncipe.
---
En cómo observaba la arena como si cada golpe le doliera también a él.
---
Era extraño.
---
La mayoría de los nobles disfrutaban aquellas pruebas.
Las veían como espectáculo.
Como entretenimiento.
---
Leonel no.
---
Y esa diferencia…
se había quedado rondando en su cabeza más de lo que debería.