La mañana llegó cubierta por un cielo grisáceo.
El aire aún conservaba el frío de la madrugada cuando Alexander cruzó las puertas de la arena de entrenamiento junto al resto de los seleccionados.
El lugar olía a hierro húmedo, tierra removida y sudor viejo.
Algunos caballeros ya se encontraban allí, ajustando vendas en sus manos o revisando el estado de las espadas de práctica. Las conversaciones eran bajas, dispersas… hasta que él apareció.
Entonces comenzaron las miradas.
Alexander fingió no notarlo.
Estaba acostumbrado.
Desde niño había aprendido que el apellido de su padre abría puertas… pero también despertaba resentimientos.
Caminó hasta uno de los estantes de madera donde los soldados dejaban sus pertenencias. Apenas colocó sus cosas, uno de los hombres apartó el brazo y empujó el bolso al suelo.
—Ese lugar ya está ocupado.
Alexander bajó la mirada hacia el bolso.
El estante estaba vacío.
Levantó nuevamente la vista hacia el hombre.
No dijo nada.
Solo recogió sus cosas.
—Claro —murmuró con calma.
Otro soltó una risa breve desde más atrás.
—Hay quienes creen que por ser hijos de generales pueden hacer lo que quieran.
—O quizá piensa que ya tiene el puesto asegurado.
Alexander continuó acomodando sus cosas en otro sitio, como si no hubiese escuchado.
Y aquello pareció irritarlos aún más.
Porque no reaccionaba.
No discutía.
No se defendía.
Simplemente seguía adelante.
Uno de ellos pasó junto a él y le golpeó el hombro al cruzar.
No fue lo bastante fuerte para parecer un accidente.
Alexander apenas se movió.
—Disculpad —dijo el otro sin intención alguna de disculparse.
Alexander respiró hondo.
Después levantó la vista.
—No os preocupéis.
La tranquilidad de su voz terminó siendo peor que cualquier respuesta agresiva.
El hombre chasqueó la lengua con molestia antes de alejarse.
Alexander soltó lentamente el aire.
A veces pensaba que pelear era más sencillo que soportar ciertas cosas en silencio.
Pero había aprendido hacía mucho tiempo que responder no siempre solucionaba nada.
Y su padre odiaba los conflictos innecesarios.
La sola idea de decepcionarlo le revolvía el estómago más que los golpes.
—¡Formación!
La voz del general Óscar atravesó la arena con firmeza.
El murmullo desapareció de inmediato.
Todos se enderezaron.
Alexander lo hizo también.
Su padre descendía por las escaleras de piedra con paso seguro, llevando las manos detrás de la espalda. La capa oscura rozaba apenas el suelo mientras avanzaba.
No parecía mirar a nadie en particular.
Y aun así todos se tensaban cuando él estaba cerca.
Alexander también.
Porque el general no era más suave con él.
Si acaso…
era más exigente.
Mucho más.
—Hoy comenzaremos el entrenamiento real —anunció el general—. Las pruebas terminaron. A partir de este momento, dejaréis de pelear para demostrar quiénes sois.
Hizo una pausa breve.
—Y empezaréis a pelear para sobrevivir.
Nadie habló.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
Alexander mantuvo la vista al frente.
Entonces escuchó movimiento sobre las escaleras superiores de la arena.
Varias miradas se elevaron.
El rey acababa de entrar.
Y a su lado…
el príncipe.
Leonel descendía unos pasos detrás de su padre, vestido con tonos claros que contrastaban brutalmente con el ambiente tosco de la arena. La corona descansaba sobre su cabello dorado, aunque ligeramente inclinada, como si hubiese sido colocada deprisa.
Su expresión no cambió al mirar el lugar.
Pero Alexander alcanzó a notar el leve endurecimiento de su mandíbula cuando observó la arena.
Como si no quisiera estar allí.
El rey tomó asiento primero.
Leonel lo hizo después.
Sin decir palabra.
Alexander apartó la vista antes de que pudieran cruzarse las miradas.
—Comenzaremos con combate cuerpo a cuerpo —ordenó el general—. Quiero ver resistencia. Técnica. Disciplina.
Sus ojos recorrieron lentamente la formación.
Hasta detenerse en su hijo.
—Y quiero ver quién está aquí por mérito… y quién no.
El comentario cayó como una piedra.
Algunos caballeros sonrieron apenas.
Alexander sintió el peso de varias miradas sobre él.
Pero no se movió.
No bajó la cabeza.
No respondió.
Porque entendió perfectamente que aquellas palabras también iban dirigidas a él.
Y quizá eran las únicas que realmente importaban.