El entrenamiento continuó bajo un sol cada vez más pesado.
El barro seco comenzaba a levantarse bajo las botas, mezclándose con el polvo y el sudor de los caballeros mientras las órdenes de los instructores resonaban por toda la arena.
Alexander apenas sentía los brazos.
Llevaban horas entrenando.
Horas soportando golpes, corrigiendo posturas y repitiendo movimientos hasta que el cuerpo dejaba de responder con naturalidad.
Aun así, nadie se detenía.
Nadie se atrevía a hacerlo frente al rey.
—¡Otra vez!
La voz del general Óscar retumbó desde el centro de la arena.
Alexander volvió a colocarse en posición frente a su oponente mientras ajustaba apenas la respiración.
El hombre frente a él era mayor.
Más pesado.
Y claramente disfrutaba demasiado aquello.
—Espero que al menos sepáis sostener una espada sin vuestro apellido —murmuró antes de atacar.
Alexander no respondió.
El golpe llegó rápido.
Una embestida directa.
Alexander bloqueó apenas a tiempo, retrocediendo un paso sobre la tierra removida.
El impacto le hizo arder los brazos.
El otro volvió a atacar.
Y otra vez.
Y otra.
La espada de madera chocó contra la suya con fuerza brutal.
Arriba, Leonel observaba en silencio.
Intentaba convencerse de que no debía mirar.
De que aquello no era distinto a las pruebas anteriores.
Pero lo era.
Porque ahora no eran simples demostraciones.
Ahora veía agotamiento real.
Dolor real.
Uno de los muchachos cayó de rodillas tras recibir un golpe en el costado y apenas logró levantarse antes de que el instructor le gritara que continuara.
Leonel apartó la vista un instante.
Su padre lo notó.
—Si vais a cerrar los ojos cada vez que alguien cae, jamás comprenderéis este reino.
Leonel tragó saliva apenas.
—Comprenderlo no significa disfrutarlo.
El rey desvió lentamente la mirada hacia él.
Hubo un silencio breve.
Incómodo.
—Nadie os pidió disfrutarlo.
Abajo, Alexander logró esquivar un nuevo golpe antes de girar sobre sí mismo y desarmar finalmente a su oponente con un movimiento rápido.
La espada del hombre cayó al suelo.
El silencio duró apenas un segundo.
Luego comenzaron algunos murmullos.
El caballero soltó una risa amarga mientras recogía el arma.
—Tuvisteis suerte.
Alexander bajó la espada de práctica lentamente.
—Tal vez.
No había arrogancia en su voz.
Y quizá por eso irritaba más.
El hombre avanzó otra vez, claramente dispuesto a continuar incluso cuando el combate había terminado.
Alexander apenas alcanzó a tensarse.
Pero antes de que pudiera reaccionar, la voz del general cayó firme desde el otro extremo de la arena.
—Es suficiente.
El caballero retrocedió de inmediato.
Alexander soltó el aire lentamente.
Entonces levantó la vista.
Y por un instante…
sus ojos encontraron los de Leonel.
Solo un segundo.
Breve.
Pero suficiente.
Alexander esperaba encontrar indiferencia.
O aburrimiento.
Era lo lógico.
Sin embargo…
el príncipe parecía incómodo.
No incómodo por él.
Por todo aquello.
Por la arena. Por los golpes. Por la sangre seca en el suelo.
Por el espectáculo entero.
Leonel desvió la mirada primero.
Alexander frunció apenas el ceño.
Algo en aquella expresión le resultó extrañamente difícil de olvidar.
—Parece que el hijo del general sí sabe defenderse.
La voz del rey rompió el momento.
Leonel volvió la vista hacia su padre.
El rey observaba la arena con atención calculadora.
Como si estuviese evaluando piezas de un tablero.
—Tiene disciplina —continuó el rey—. Controla sus movimientos. No desperdicia fuerza.
Leonel volvió a mirar hacia abajo.
Alexander permanecía quieto entre los demás caballeros, respirando con dificultad mientras limpiaba tierra de sus manos.
—No parece disfrutarlo.
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.
El rey lo miró lentamente.
—Eso no tiene importancia.
Pero para Leonel sí la tenía.
Porque era la primera vez en mucho tiempo que veía a alguien pelear sin esa hambre de violencia que tanto detestaba.
Y quizá por eso no podía apartar la mirada de él.
El entrenamiento continuó un largo rato más.
Cuando finalmente terminó, varios caballeros apenas podían mantenerse en pie.
Otros reían agotados mientras se golpeaban los hombros entre sí.
Algunos tenían sangre en las mangas.
Otros caminaban cojeando.
Leonel sintió alivio cuando los instructores comenzaron a retirarse.
Pensó que por fin podrían marcharse.
Que aquello había terminado.
Entonces el rey se puso de pie.
El murmullo en la arena disminuyó de inmediato.
—Antes de concluir por hoy…
El silencio cayó lentamente.
Leonel sintió una incomodidad extraña formarse en su estómago.
Y entonces escuchó las palabras que terminaron de helarle el cuerpo.
—Vos bajaréis a la arena.
El silencio fue absoluto.
Varios caballeros levantaron la vista hacia él.
Leonel permaneció inmóvil.
Por un segundo, incluso respirar le costó.
—Padre…
—Un futuro rey incapaz de sostener una espada resulta vergonzoso.
La frase cayó fría.
Pública.
Sin espacio para discutir.
Leonel sintió todas las miradas clavarse sobre él.
Y abajo, entre los caballeros…
Alexander también lo observaba ahora.