El secreto del príncipe Heredero

Decepción y miedo

Leonel sintió cómo el estómago se le cerraba lentamente.

El ruido de la arena desapareció alrededor suyo.

Ya no escuchaba a los caballeros.

Ni el viento.

Ni las órdenes lejanas de los instructores.

Solo aquellas palabras.

—Vos bajaréis a la arena.

Sus dedos se tensaron apenas sobre el apoyabrazos del asiento.

Sabía que discutir sería inútil.

Peor aún frente a todos.

El rey permanecía de pie, observándolo desde arriba con esa expresión imposible de leer.

Como si ya hubiese decidido algo desde mucho antes.

Leonel bajó lentamente la vista hacia la arena.

Y allí seguía él.

Alexander.

Cubierto de polvo.

Respirando con dificultad después del entrenamiento.

Observándolo también.

No había burla en sus ojos.

Ni expectativa.

Solo atención.

Eso casi lo empeoraba.

—Padre… no creo que esto sea necesario.

La voz de Leonel salió más baja de lo que esperaba.

El rey ni siquiera tardó en responder.

—Precisamente porque lo creéis innecesario, lo es.

El silencio volvió a caer.

Leonel sintió el peso de las miradas clavándose sobre él una vez más.

Los caballeros observaban.

Los sirvientes observaban.

Incluso los instructores habían dejado de moverse.

Porque aquello no era normal.

El príncipe jamás bajaba a la arena.

Nunca.

El rey descendió un escalón lentamente.

—¿O preferís admitir delante de todos que sois incapaz de sostener una espada?

La humillación llegó primero.

Después la rabia.

Pequeña.

Silenciosa.

Pero suficiente para hacer que Leonel se pusiera de pie.

No respondió.

Simplemente comenzó a bajar los escalones hacia la arena.

Cada paso le pesaba más que el anterior.

El calor abajo era sofocante.

Mucho peor que desde el palco.

El olor a tierra, sudor y sangre seca le revolvió el estómago apenas puso un pie en la arena.

Un sirviente le entregó una espada de entrenamiento.

Leonel la tomó despacio.

Demasiado despacio.

Alexander observó el movimiento.

Cómo los dedos del príncipe se acomodaban torpemente alrededor del mango.

Cómo evitaba tensar demasiado la mano.

Cómo parecía sostener algo que no pertenecía allí.

El rey habló nuevamente.

—Alexander Morel.

Alexander levantó la vista.

—Majestad.

—Combatid contra él.

El murmullo fue inmediato.

Muy bajo.

Pero imposible de ignorar.

Leonel sintió que algo dentro suyo terminaba de hundirse.

Alexander permaneció inmóvil un segundo.

Después inclinó apenas la cabeza.

—Sí, Majestad.

No sonaba contento.

Eso Leonel lo notó enseguida.

Y no entendía por qué eso le importaba tanto.

Los dos quedaron frente a frente.

Apenas separados por unos pasos.

El viento levantó tierra entre ambos.

Leonel tragó saliva.

Alexander sostuvo la espada de práctica, pero no levantó la guardia de inmediato.

Parecía medirlo.

No como enemigo.

Como si intentara entender qué hacer.

Leonel fue el primero en apartar la vista.

—No tenéis que conteneros —murmuró apenas.

Alexander lo escuchó.

Y por primera vez desde que había llegado al palacio, dejó escapar una respuesta que no parecía ensayada.

—No creo que quiera hacer esto.

Leonel soltó una risa mínima.

Sin humor.

—Yo tampoco.

Arriba, el rey observaba en completo silencio.

Esperando.

Siempre esperando algo de él.

Alexander levantó finalmente la espada.

Despacio.

Dándole tiempo.

Demasiado tiempo.

Leonel retrocedió apenas por instinto.

Y ahí estuvo otra vez esa sensación horrible.

La decepción de su padre.

Podía sentirla incluso sin mirarlo.

—Vamos —ordenó el rey desde arriba.

Leonel tensó la mandíbula.

Intentó colocarse en posición.

Alexander avanzó primero.

No rápido.

No brutal.

Solo lo suficiente para obligarlo a reaccionar.

Las espadas chocaron.

Leonel sintió el impacto recorrerle los brazos enteros.

Le dolió más de lo que esperaba.

Retrocedió enseguida.

Alexander volvió a avanzar.

Leonel bloqueó tarde.

Volvió a retroceder.

No atacaba.

Solo evitaba.

Y cada paso hacia atrás hacía más pesado el silencio alrededor.

Hasta que el rey habló.

Frío.

Seco.

—¿Eso es todo?

Leonel apretó los dientes.

Otra embestida.

Otra defensa torpe.

La espada casi se le resbaló entre los dedos.

Alexander comenzó a entenderlo entonces.

Leonel no era malo peleando.

Era peor.

Le aterraba hacerlo.

Y eso cambiaba todo.

Alexander bajó apenas el ritmo.

Intentó llevar el combate hacia movimientos más simples.

Más lentos.

Pero el rey lo notó enseguida.

—No os he pedido compasión.

Alexander levantó la vista apenas.

Error.

Solo un segundo.

Pero suficiente para que Leonel intentara reaccionar tarde al siguiente movimiento.

La espada de Alexander rozó su mejilla.

Un corte mínimo.

Fino.

Pero inmediato.

Leonel se quedó inmóvil.

El ardor llegó un segundo después.

Y luego…

la sangre.

Muy poca.

Apenas una línea roja descendiendo lentamente por su piel.

Pero para él fue suficiente.

El aire abandonó sus pulmones de golpe.

El ruido alrededor desapareció.

Otra vez.

Como si el mundo entero hubiese quedado demasiado lejos.

Alexander dio un paso atrás enseguida.

—No fue mi intención—

—Basta.

La voz del rey cortó el momento.

Todo quedó quieto.

Leonel mantenía la vista fija en el suelo.

Respirando demasiado rápido.

La sangre descendió apenas un poco más por su mejilla.



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En el texto hay: principe, >#romancetrágico

Editado: 08.06.2026

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