El silencio en la arena se volvió insoportable.
Nadie se atrevió a hablar.
Ni siquiera los caballeros que antes murmuraban entre ellos parecían dispuestos a levantar la voz ahora.
Leonel seguía inmóvil frente a su padre.
La espada todavía entre sus manos.
La sangre descendiendo lentamente por su mejilla.
Y los ojos del rey clavados sobre él.
Alexander sintió algo extraño en el pecho al verlo así.
No parecía un príncipe.
No parecía alguien criado entre lujos ni protegido por una corona.
Parecía simplemente un muchacho agotado intentando no quebrarse frente a decenas de personas.
El rey extendió la mano.
—La espada.
Leonel tardó apenas un segundo en reaccionar.
Demasiado.
Pero terminó entregándosela sin discutir.
El rey la observó un instante antes de devolverla al sirviente que aguardaba cerca.
—Retiraos.
La orden fue seca.
No se sabía si estaba dirigida a los caballeros… o a su hijo.
Probablemente a ambos.
Los instructores comenzaron a moverse primero.
Luego los soldados.
Los caballeros regresaron lentamente a sus puestos, aunque el ambiente ya no era el mismo.
Las miradas seguían deslizándose hacia Leonel.
Rápidas.
Disimuladas.
Incómodas.
Él las sentía todas.
Y las odiaba.
El rey se giró hacia Óscar.
—Continuaremos mañana.
—Sí, Majestad.
Sin añadir nada más, el rey comenzó a marcharse.
Leonel permaneció quieto unos segundos antes de seguirlo.
No levantó la vista.
Ni habló.
Alexander observó cómo el príncipe caminaba detrás de su padre con la espalda recta… aunque parecía sostenerse únicamente por orgullo.
Entonces uno de los caballeros soltó una risa baja cerca de Alexander.
—Pensé que al menos sabría defenderse.
Otro bufó.
—¿Ese será el próximo rey?
Alexander no respondió.
Se limitó a tensar apenas la mandíbula mientras observaba la salida de Leonel.
Algo en aquella escena le había dejado un sabor amargo.
Y no sabía por qué.
El trayecto de regreso al castillo fue silencioso.
El rey caminaba delante.
Leonel unos pasos detrás.
Como siempre.
Los guardias abrían paso apenas los veían acercarse.
El sonido de las botas contra el mármol era lo único que rompía el silencio.
Leonel mantenía la mirada fija al frente.
La mejilla todavía le ardía.
Pero no era eso lo que más dolía.
Era la humillación.
La mirada de todos.
Las palabras de su padre.
Y peor aún…
la expresión de Alexander.
Porque no había visto burla en ella.
Había visto comprensión.
Y eso le molestaba muchísimo más.
Al llegar al interior del castillo, el rey finalmente habló sin detenerse.
—No volveréis a hacerme pasar por algo así.
Leonel sintió el golpe de las palabras incluso antes de responder.
—Lo intenté.
El rey se detuvo de golpe.
Lento.
Controlado.
Y eso siempre era peligroso.
Se giró apenas hacia él.
—No.
El silencio pesó entre ambos.
—Intentasteis sobrevivir al entrenamiento.
Pero no luchasteis.
Leonel bajó la mirada un instante.
El rey continuó caminando.
—¿Sabéis qué vi hoy en la arena?
No esperó respuesta.
—Miedo.
Leonel apretó la mandíbula.
—No todos disfrutan de la violencia.
—¿Y creéis que gobernar os permitirá ese lujo?
La pregunta cayó afilada.
Leonel sintió el cansancio aplastándole el cuerpo entero.
—No quiero gobernar mediante el miedo.
El rey soltó una risa seca.
Sin humor.
—Todo reino se sostiene sobre miedo, Leonel.
Por primera vez en toda la caminata, lo llamó por su nombre.
Y eso solo empeoró la sensación en el pecho del príncipe.
—La diferencia está en quién controla ese miedo.
Leonel guardó silencio.
Porque discutir sería inútil.
Porque siempre era inútil.
El rey lo observó un momento más.
Y entonces habló más bajo.
—Vuestra madre también odiaba la arena.
Aquello lo tomó desprevenido.
Leonel levantó la vista de inmediato.
El rey casi nunca hablaba de ella.
Nunca.
Pero continuó caminando como si no hubiese dicho nada importante.
—La diferencia es que ella comprendía algo que vos todavía no.
Leonel tragó saliva.
—¿Qué cosa?
El rey tardó unos segundos en responder.
—Que no importa cuánto odiéis la crueldad del mundo.
El tono de su voz se volvió más distante.
Más cansado.
—El mundo seguirá siendo cruel con vos.
El silencio cayó otra vez.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Leonel no vio a su padre únicamente como un rey.
Sino como un hombre agotado intentando convertir a su hijo en alguien capaz de sobrevivirle.
Aunque estuviera destruyéndolo en el proceso.
Esa noche, Leonel permaneció despierto mucho después de que el castillo quedara en silencio.
La herida de su mejilla ya había sido limpiada por las sirvientas.
El corte era pequeño.
Casi insignificante.
Y aun así no podía dejar de mirarlo en el reflejo del espejo.
La corona descansaba sobre la mesa cercana.
Torcida.
Mal colocada.
Como siempre.
Leonel apoyó ambas manos sobre el borde del tocador y cerró los ojos apenas un instante.
Entonces recordó algo.
No las palabras de su padre.
Ni la arena.
Ni las miradas.
Recordó la expresión de Alexander justo después del corte.
La manera en que había dado un paso atrás enseguida.
Como si realmente le hubiese preocupado haberlo herido.
Y eso…
eso no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
Porque Leonel estaba acostumbrado al desprecio.
A la decepción.
A las exigencias.
Pero no a que alguien lo mirara como si aquello hubiese estado mal.