El secreto del príncipe Heredero

El dolor tiene horario

A la mañana siguiente Leonel permanecía inmóvil frente al espejo mientras Miriam terminaba de extender una pomada espesa sobre el pequeño corte de su mejilla.

El aroma de hierbas trituradas y aceite tibio llenaba la habitación.

La herida apenas era visible ahora.

Una línea delgada.

Insignificante.

Y aun así…

él no podía dejar de mirarla.

Porque no le dolía el corte.

Le dolía recordar la expresión de su padre cuando la espada lo alcanzó.

No hubo preocupación.

Ni miedo.

Solo decepción.

—Dejad de moveros, alteza —murmuró Miriam mientras seguía aplicando la mezcla con cuidado—. Si seguís frunciendo el ceño, la acupuja no hará efecto.

Leonel soltó apenas el aire y dejó de tensar la mandíbula.

—¿Acupuja?

—Receta vieja de mi madre —respondió ella—. Sirve para evitar marcas… aunque también sirve para príncipes tercos que no saben quedarse quietos.

Leonel dejó escapar una exhalación breve.

Casi una risa.

Casi.

Miriam terminó de cubrir el corte y dejó el pequeño recipiente de barro sobre la mesa cercana.

Entonces volvió a observarlo desde el reflejo del espejo.

Lo había visto crecer.

Sabía reconocer cuándo algo le pesaba más de la cuenta.

—No fue vuestra culpa.

Leonel bajó lentamente la mirada.

—Claro que sí.

Miriam frunció apenas el ceño.

—Os enfrentaron sin preparación.

—No hablo del golpe.

Y ahí estaba el verdadero problema.

No era la sangre.

No era la vergüenza pública.

Era haber confirmado exactamente aquello que su padre pensaba de él.

Débil.

Incapaz.

Insuficiente.

Leonel cerró los ojos apenas un instante.

Todavía podía escuchar el murmullo de los caballeros alrededor de la arena.

Las miradas.

El silencio incómodo.

Y peor aún…

recordaba perfectamente el momento en que había retrocedido.

No por estrategia.

Por miedo.

Miriam pareció comprender algo de todo aquello, porque su voz bajó un poco.

—Vuestra madre tampoco soportaba la arena.

Leonel abrió los ojos lentamente.

La habitación quedó en silencio.

Miriam rara vez hablaba de ella.

Casi nadie lo hacía.

—Mi padre decía lo contrario.

—Porque vuestro padre necesitaba creer que ella era fuerte todo el tiempo.

Leonel bajó apenas la mirada.

—¿Y no lo era?

Miriam sonrió con tristeza.

—Oh, lo era… muchísimo más de lo que muchos hombres de este reino podrían soportar.

Se acercó un poco más para acomodarle con cuidado un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Pero ser fuerte no significa disfrutar la crueldad.

Leonel sintió algo apretarse dentro de su pecho.

Porque toda su vida había confundido ambas cosas.

En el palacio, fortaleza y violencia parecían ir siempre tomadas de la mano.

Y él jamás había logrado encajar en ninguna de las dos.

Miriam tomó la corona que descansaba sobre la mesa.

La de la reina.

La colocó suavemente sobre la cabeza de Leonel.

Como siempre, quedó apenas ladeada.

Demasiado grande.

Leonel soltó una exhalación cansada y la acomodó por reflejo.

Miriam sonrió apenas.

—Ahora sí parecéis un príncipe otra vez.

Leonel observó su reflejo.

El cabello rubio cayendo sobre sus hombros.

La corona torcida.

La pequeña línea rojiza sobre su mejilla.

Y por un momento…

se vio demasiado joven.

Demasiado cansado.

—No estoy seguro de querer parecerlo.

La voz salió más baja de lo que esperaba.

Miriam no respondió enseguida.

Y cuando lo hizo, fue con una suavidad que casi dolía.

—Eso nunca os hizo menos digno de serlo.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Uno tranquilo.

Cálido.

Hasta que unos golpes suaves sonaron detrás de la puerta.

Miriam se apartó apenas.

—Adelante.

Uno de los guardias abrió solo lo suficiente para anunciarse.

—Su Majestad solicita la presencia del príncipe en el comedor principal.

Leonel cerró los ojos un instante.

Claro.

La cena.

La herida en su mejilla ardió de repente como si recién hubiese ocurrido.

—Decidle que iré enseguida.

El guardia asintió antes de retirarse.

Miriam observó al príncipe en silencio.

—Podéis quedaros aquí unos minutos más si lo necesitáis.

Leonel negó apenas con la cabeza.

No podía.

Nunca podía.

Porque en el palacio incluso el dolor tenía horario.

Se incorporó lentamente.

Y justo antes de salir…

su mirada volvió a detenerse un segundo en el espejo.

No en el corte.

No en la corona.

Sino en algo mucho más absurdo.

En unos ojos azules cubiertos de tierra mirándolo desde la arena.

Alexander no había sonreído cuando él cayó.

No se había burlado.

No había disfrutado aquello.

Y, por alguna razón…

Leonel seguía pensando en eso.



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En el texto hay: principe, >#romancetrágico

Editado: 08.06.2026

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