La sala del comedor real siempre había sido demasiado grande.
O quizá demasiado vacía.
Leonel nunca había logrado decidirlo.
Las puertas se cerraron detrás de él con un sonido pesado mientras avanzaba lentamente por el enorme salón iluminado por candelabros de hierro y largas filas de velas.
El eco de sus propios pasos lo siguió durante todo el camino.
Al fondo…
la mesa.
Larga.
Interminable.
Preparada para decenas de invitados que casi nunca estaban allí.
Y, como siempre, únicamente dos lugares ocupados.
Su padre en una punta.
Él en la otra.
La distancia entre ambos era absurda.
Incluso sentados frente a frente, parecía que pertenecían a mundos distintos.
El rey levantó apenas la mirada cuando Leonel tomó asiento.
No dijo nada sobre el corte.
Ni sobre la arena.
Ni sobre lo ocurrido horas antes.
Eso casi resultó peor.
Los sirvientes comenzaron a servir la cena en silencio absoluto.
El sonido de los cubiertos chocando suavemente contra la vajilla era prácticamente lo único que llenaba la sala.
Leonel observó distraídamente el plato frente a él.
Ni siquiera tenía hambre.
—Mañana comenzaréis las lecciones con espada.
La voz del rey atravesó la mesa con calma firme.
Leonel levantó apenas la mirada.
—Padre…
—No es una sugerencia.
La frase llegó antes de que pudiera terminar.
Leonel bajó la vista nuevamente hacia el plato.
Claro.
Debió imaginarlo.
—No nacisteis para vivir escondido detrás de otros hombres.
Leonel apretó apenas los dedos alrededor del cubierto.
—Nunca quise esconderme detrás de nadie.
El rey lo observó desde el otro extremo de la mesa.
—Entonces dejad de actuar como alguien incapaz de defender siquiera su propia vida.
El silencio volvió a caer.
Pesado.
Leonel sintió la garganta cerrarse un poco.
No porque las palabras fueran nuevas.
Lo peor era que no lo eran.
Las había escuchado toda su vida.
De formas distintas.
Con distintos tonos.
Pero siempre significaban lo mismo.
Insuficiente.
Uno de los sirvientes se acercó a rellenar la copa del rey.
El sonido del vino cayendo fue absurdamente fuerte en medio del silencio.
Leonel levantó la vista apenas.
Y, como casi siempre ocurría…
sus ojos terminaron desviándose hacia el centro de la mesa.
Hacia el asiento vacío.
El de su madre.
Nadie lo movía jamás.
Nadie se sentaba allí.
Ni siquiera durante reuniones importantes.
El rey también lo vio.
Por un instante muy breve…
su expresión cambió.
Algo mínimo.
Casi imperceptible.
Luego volvió a desaparecer.
—Miriam utilizó acupuja —dijo el rey de pronto, rompiendo el silencio—. Vuestro corte sanará rápido.
Leonel parpadeó apenas, sorprendido.
No esperaba aquello.
Mucho menos después de la arena.
—Sí.
Otra vez silencio.
Otra vez distancia.
La sala era tan grande que incluso hablar en voz baja parecía inútil.
Había momentos en los que Leonel sentía que podría gritar…
y aun así jamás lograría alcanzar realmente a su padre.
El rey dejó lentamente los cubiertos sobre la mesa.
—El hijo del general peleó mejor de lo que esperaba.
Leonel sintió un leve sobresalto involuntario.
Pequeño.
Pero suficiente para notarlo él mismo.
—Alexander Morel.
El rey asintió apenas.
—Tiene control. Disciplina. Sabe observar antes de actuar.
Leonel bajó la vista un instante.
Recordó la arena.
La forma en que Alexander evitaba movimientos innecesarios.
La manera en que parecía pelear únicamente porque debía hacerlo.
No porque quisiera.
—No parece disfrutar la violencia.
La frase salió antes de pensarlo demasiado.
El rey lo observó largamente desde el otro extremo de la mesa.
—Y aun así pelea.
Aquello quedó suspendido entre ambos.
Porque no hablaban solo de Alexander.
Leonel lo entendió de inmediato.
El rey se incorporó lentamente de su asiento.
—Mañana no retrocederéis otra vez.
No hubo amenaza en su voz.
Y quizá por eso dolió más.
El rey comenzó a alejarse por el enorme salón.
Sus pasos resonaron sobre el mármol frío mientras los sirvientes inclinaban la cabeza a su paso.
Leonel permaneció sentado.
Solo.
Como siempre.
Y cuando el sonido de las puertas cerrándose anunció que su padre ya se había marchado…
el silencio se volvió todavía más grande que la mesa.