El secreto del príncipe Heredero

Un hogar lleno de expectativas

La casa del general Morel quedaba lejos del centro del palacio.

Lo suficiente para que el ruido de la corte desapareciera poco a poco.

Allí no había enormes salones vacíos ni mesas preparadas para cien invitados.

Había lámparas cálidas.

Sillas desgastadas.

Voces superpuestas.

Y olor a pan recién horneado.

Alexander apenas acababa de entrar cuando su hermano menor prácticamente se lanzó sobre él.

—¡Dicen que heriste al príncipe!

Alexander soltó apenas el aire mientras le despeinaba el cabello.

—No lo herí.

—Le cortaste la cara.

—Fue un rasguño.

—¡Pero al príncipe!

La emoción en la voz del niño arrancó una risa breve de uno de los hermanos mayores.

—Déjalo respirar, Damián.

Alexander dejó la espada de entrenamiento junto a la pared mientras el resto seguía observándolo con evidente curiosidad.

La mesa ya estaba servida.

Más pequeña.

Más estrecha.

Todos demasiado juntos.

Y, aun así, Alexander siempre había preferido aquello al silencio del palacio.

El general Óscar levantó apenas la vista desde la cabecera.

—Pensé que cenaríais en el castillo.

Alexander tomó asiento lentamente.

—También pensé eso.

Uno de sus hermanos soltó una risa por lo bajo.

—¿Y qué tal es?

Alexander frunció apenas el ceño.

—¿Qué cosa?

—El príncipe.

Damián se inclinó enseguida hacia adelante.

—¿Es verdad que casi nunca habla?

—¿Y que mira como si quisiera matar gente?

—¿Y que el rey da miedo incluso cuando respira?

—Damián —advirtió uno de los mayores.

—¿Qué? Solo pregunto.

Alexander tomó la copa de agua antes de responder.

—No habla mucho.

—¿Y es tan frío como dicen?

Alexander tardó un segundo en contestar.

Recordó al príncipe en la arena.

La incomodidad en su rostro.

La forma en que apartaba la vista de los golpes.

La sangre.

El silencio.

—No lo sé.

Uno de sus hermanos apoyó el codo sobre la mesa.

—Yo escuché que hoy quedó como un cobarde frente a toda la arena.

Alexander levantó la mirada lentamente.

—No quedó como un cobarde.

—Vamos, Alex, ni siquiera sostuvo la espada bien.

—Porque no quería estar ahí.

El comentario salió demasiado rápido.

El silencio duró apenas un instante.

Uno de los hermanos soltó una risa incrédula.

—¿Y eso qué importa? Sigue siendo bastante mar—

—Basta.

La voz del general cayó firme sobre la mesa.

No necesitó alzarla.

El ambiente se tensó de inmediato.

El hombre dejó los cubiertos a un lado antes de mirar directamente a su hijo mayor.

—Medid vuestra lengua cuando habléis del príncipe.

El muchacho bajó apenas la mirada.

—Sí, padre.

El silencio volvió unos segundos.

Damián fue el primero en romperlo.

—¿Entonces sí da miedo?

Alexander lo miró apenas.

Y, por alguna razón, la imagen que apareció en su cabeza no fue la del príncipe sosteniendo la espada.

Fue la de él sentado completamente solo en aquella mesa gigantesca.

—No.

La respuesta salió más baja de lo esperado.

El general observó a Alexander un instante.

Como si hubiese notado algo.

Pero no dijo nada.

La cena continuó entre conversaciones más livianas.

Algunos comentarios sobre las pruebas.

Sobre los caballeros seleccionados.

Sobre quién probablemente sería eliminado primero.

Alexander apenas participó.

El cansancio comenzaba a caerle encima lentamente.

Y la culpa también.

Porque por más pequeño que hubiese sido el corte…

seguía viendo la sangre deslizarse por la mejilla del príncipe.

Cuando la cena terminó, Alexander tomó una bandeja antes de que las sirvientas pudieran hacerlo.

Un plato caliente.

Un pequeño trozo de pan.

Una taza de té.

Y un recipiente con agua fresca y paños limpios.

Subió las escaleras en silencio.

La habitación de su madre permanecía apenas iluminada por una vela junto a la ventana.

Ella estaba despierta.

Siempre parecía más pequeña cuando enfermaba.

Más frágil.

Pero sus ojos seguían siendo cálidos.

—Llegaste tarde.

Alexander dejó la bandeja sobre la mesa cercana.

—El entrenamiento se extendió.

Ella sonrió apenas mientras él acomodaba los paños húmedos.

—Eso suele pasar cuando vuestro padre entrena soldados como si quisiera prepararlos para una guerra mañana mismo.

Alexander soltó una pequeña risa nasal.

Después tomó uno de los paños y lo sumergió en agua fresca.

—Hoy hice algo estúpido.

—¿Solo una cosa? Estoy orgullosa de vuestro progreso.

Alexander negó apenas con la cabeza mientras escurría el paño.

—Lastimé al príncipe.

Ella alzó apenas las cejas.

—¿De gravedad?

—No. Solo un corte.

Le acomodó el paño sobre la frente con cuidado.

—Entonces sobrevivirá.

Alexander apoyó los brazos sobre sus piernas antes de hablar otra vez.

—Todos se burlaron de él.

Ella guardó silencio.

—Y no sé por qué me molestó tanto.

La mujer lo observó durante unos segundos.

Luego sonrió apenas.

Cansada.

Triste.

—Porque sois más parecido a él de lo que creéis.

Alexander soltó una risa breve.

—No nos parecemos en nada.

—¿No?

Ella apartó lentamente la vista hacia la ventana.

—Conocí a su madre.

Alexander levantó apenas la mirada.

—¿A la reina?

Ella asintió despacio.

—Era amable… demasiado para este lugar.

El silencio se instaló suavemente entre ambos.

—Leonel era feliz cuando era pequeño —continuó ella con voz distante—. Corría por todas partes. Siempre estaba cubierto de tierra. Y tenía una forma de reírse que hacía que todos terminaran riendo también.

Alexander escuchó en silencio.



#10164 en Fantasía
#18572 en Novela romántica

En el texto hay: principe, >#romancetrágico

Editado: 08.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.