El secreto del príncipe Heredero

Una noche para sobrepensar

La casa ya estaba en silencio cuando Alexander terminó de acomodar los paños húmedos sobre la frente de su madre.

La vela junto a la cama iluminaba apenas el cuarto, tiñendo las paredes de un tono cálido y cansado.

Su madre dormía ahora.

O al menos descansaba.

Alexander se quedó observándola unos segundos antes de levantarse despacio, procurando no hacer ruido.

Tomó la bandeja vacía y salió del cuarto con cuidado.

Al cerrar la puerta, el murmullo lejano de la casa volvió a alcanzarlo.

Sus hermanos seguían despiertos.

Las voces venían desde la cocina.

Cuando entró nuevamente, su padre seguía sentado a la mesa, revisando algunos papeles mientras uno de sus hermanos mayores terminaba de recoger los platos.

—¿Y mamá? —preguntó el menor apenas lo vio aparecer.

—Dormida —respondió Alexander—. El té ayudó un poco.

El niño asintió aliviado.

Alexander dejó la bandeja sobre la mesa y tomó distraídamente un vaso con agua.

Por un instante pareció dudar.

Luego habló:

—Voy a salir un rato.

Uno de sus hermanos levantó la vista de inmediato.

—¿Ahora?

Alexander bebió un poco de agua antes de responder.

—No tengo sueño.

—Son casi medianoche.

—Lo sé.

El ambiente se tensó apenas.

Su hermano dejó lo que estaba haciendo y frunció el ceño.

—Alexander…

No terminó la frase.

Pero no hacía falta.

La preocupación estaba ahí.

Clara.

Visible.

El general Óscar ni siquiera levantó la vista de los documentos.

—Déjalo ir.

El silencio cayó un instante.

—Padre… —murmuró el hermano mayor, incómodo.

—Si quiere mejorar, deberá practicar más que el resto.

La frase fue seca.

Directa.

Como casi todo lo que decía.

Alexander permaneció quieto.

No discutió.

Nunca discutía esas cosas.

Su hermano apretó apenas la mandíbula.

—También necesita descansar.

Óscar levantó finalmente la mirada.

—El reino no tendrá compasión cuando entre al ejército.

Nadie respondió después de eso.

Porque todos sabían que era verdad.

El silencio se volvió pesado.

Alexander sintió entonces la mirada de sus hermanos sobre él.

No era enojo.

Era algo peor.

Preocupación.

Una preocupación que conocía demasiado bien.

Alexander desvió apenas la vista hacia ellos.

Y aunque no sonrió…

la mirada bastó.

Estoy bien.

O al menos eso intentó decir.

Su hermano mayor no pareció convencido.

Pero tampoco insistió.

Alexander tomó su capa del respaldo de una silla y salió finalmente de la casa.

El aire frío de la noche le golpeó el rostro apenas cruzó la puerta.

El pueblo estaba mucho más silencioso ahora.

Solo quedaban algunas luces encendidas a lo lejos y el sonido ocasional de risas provenientes de las tabernas donde varios caballeros seguían celebrando.

Alexander caminó sin rumbo fijo al principio.

Con las manos dentro de la capa.

Con la cabeza llena.

El entrenamiento.

La presión.

La mirada de su padre.

La espada.

Y después…

el príncipe.

Sus pasos se hicieron más lentos.

Recordó el momento exacto en que la espada rozó su mejilla.

El pequeño corte.

La sangre.

Y el silencio que cayó después.

Alexander bajó la mirada al suelo.

Todavía podía recordar la expresión del príncipe.

No había odio.

Ni rabia.

Ni siquiera humillación.

Solo…

miedo.

No.

No exactamente miedo.

Era algo más extraño.

Como si aquel lugar le doliera.

Como si cada golpe dentro de la arena le pesara más de lo que debía.

Alexander frunció apenas el ceño.

No lograba entenderlo.

Porque nadie miraba así la arena.

Nadie.

Mucho menos alguien criado dentro del palacio.

Siguió caminando.

Las calles comenzaron a vaciarse cada vez más hasta que finalmente los enormes muros del castillo aparecieron frente a él.

Las antorchas encendidas iluminaban apenas la piedra.

Alexander levantó la vista hacia las alturas del palacio.

Inmenso.

Frío.

Distante.

Nada que ver con su casa.

Nada que ver con el ruido de sus hermanos ni con el olor a té de hierbas que siempre impregnaba el cuarto de su madre.

Por alguna razón…

le costaba imaginar al príncipe viviendo allí completamente solo.

Alexander soltó lentamente el aire.

Y entonces decidió dirigirse hacia la arena de entrenamiento.

Porque si no podía dormir…

al menos podía entrenar hasta cansarse lo suficiente para dejar de pensar.



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En el texto hay: principe, >#romancetrágico

Editado: 03.07.2026

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