El secreto del príncipe Heredero

Frases y silencio extraño

La arena estaba vacía cuando Alexander llegó.

O casi.

Las antorchas encendidas alrededor del lugar apenas lograban iluminar el enorme espacio de tierra removida donde horas antes decenas de caballeros habían entrenado hasta el agotamiento.

Ahora solo quedaban marcas sobre el suelo.

Huellas.

Rastros de barro seco.

Y algunas manchas oscuras que nadie se molestaba jamás en limpiar del todo.

Alexander descendió lentamente los escalones de piedra hasta la arena.

El silencio allí abajo se sentía distinto.

Más pesado.

Como si el lugar todavía guardara el eco de los gritos del día.

Se quitó la capa y la dejó sobre una de las barandas antes de tomar una espada de práctica cercana.

La sostuvo unos segundos entre las manos.

Luego comenzó.

Movimientos lentos.

Precisos.

Controlados.

Sin violencia.

Solo repeticiones constantes bajo la luz temblorosa de las antorchas.

Alexander respiraba despacio mientras entrenaba.

Otra postura.

Otro giro.

Otro bloqueo.

La madera cortó el aire con un sonido seco.

Y entonces…

una voz habló desde la entrada superior de la arena.

—Creí que los caballeros dormían a estas horas.

Alexander se tensó apenas antes de girarse.

El príncipe.

Leonel descendía lentamente los escalones de piedra con una capa oscura cubriéndole parte de los hombros.

El viento nocturno movía ligeramente su cabello rubio apagado mientras la luz de las antorchas alcanzaba apenas la pequeña herida sobre su mejilla.

Alexander bajó un poco la espada.

—Creí que los príncipes también.

Leonel levantó apenas una ceja.

La respuesta parecía haberlo tomado por sorpresa.

Pero no molesto.

Solo… curioso.

El príncipe continuó acercándose hasta detenerse cerca del borde de la arena.

Alexander notó algo extraño enseguida.

No llevaba guardias.

O al menos no visibles.

—¿No debería estar acompañado? —preguntó Alexander antes de pensarlo demasiado.

Leonel soltó una exhalación suave.

—¿Y vos no deberíais estar descansando?

Alexander miró un instante la espada entre sus manos.

—Supongo que ninguno de los dos hace lo que debería.

Eso provocó algo parecido a una pequeña sonrisa cansada en Leonel.

Duró apenas un segundo.

Pero estuvo ahí.

Y Alexander se dio cuenta.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

No incómodo.

Solo extraño.

Leonel observó alrededor de la arena vacía.

—Se ve diferente sin toda la gente.

Alexander siguió su mirada.

—Más tranquila.

—Menos cruel.

La respuesta salió demasiado rápido.

Leonel pareció darse cuenta después de hablar.

Porque desvió la vista casi enseguida.

Alexander permaneció callado unos segundos antes de hablar.

—No os gusta este lugar.

No era una pregunta.

Leonel soltó una risa breve.

Sin humor.

—¿Se nota tanto?

Alexander no respondió de inmediato.

Porque sí.

Se notaba demasiado.

En cómo apartaba la mirada cada vez que alguien caía.

En cómo tensaba las manos.

En cómo parecía contener la respiración cada vez que las espadas chocaban.

Alexander apoyó lentamente la espada contra el suelo.

—La mayoría aquí disfruta las peleas.

Leonel bajó la mirada hacia la arena.

—La mayoría no tiene que sentarse a mirar cómo se destruyen entre ellos cada año.

El viento atravesó la arena lentamente.

Leonel habló otra vez:

—Cuando era niño pensaba que algún día dejaría de parecerme horrible.

Alexander levantó apenas la vista hacia él.

—¿Y pasó?

Leonel tardó unos segundos en responder.

—No.

El silencio volvió.

Pero esta vez era un silencio distinto.

Más humano.

Alexander observó de reojo la pequeña herida sobre la mejilla del príncipe.

El corte seguía viéndose rojizo bajo la luz de las antorchas.

—Lo de aquel día…

Leonel levantó apenas la vista.

Alexander apretó ligeramente la mandíbula.

—No era mi intención.

Leonel lo observó unos segundos.

Y entonces, para sorpresa de Alexander, negó suavemente con la cabeza.

—Lo sé.

La respuesta fue tranquila.

Honesta.

Eso desconcertó más a Alexander de lo que debería.

Porque esperaba incomodidad.

O distancia.

Incluso enojo.

Pero no eso.

Leonel bajó lentamente los escalones restantes hasta finalmente quedar dentro de la arena.

Mucho más cerca.

Alexander pudo notar entonces el cansancio real sobre su rostro.

No parecía un príncipe allí abajo.

Parecía solo… alguien agotado.

Leonel observó la espada de práctica.

—¿Nunca os cansáis?

Alexander soltó una pequeña risa nasal.

—Todo el tiempo.

Leonel pareció genuinamente confundido.

—Entonces ¿por qué seguís haciéndolo?

Alexander bajó apenas la mirada hacia la espada.

La sostuvo entre las manos un momento antes de responder.

—Porque mi padre cree que nací para esto.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Leonel sintió algo incómodo apretarle el pecho.

Porque entendía demasiado bien lo que significaba sentirse construido para las expectativas de otra persona.

Alexander giró lentamente la espada entre sus manos.

—Uno se acostumbra a sostener una espada.

Leonel observó el arma unos segundos.

—¿Y deja de pesar?

Alexander sonrió apenas.

Pero esta vez la sonrisa no llegó realmente a sus ojos.

—No.

Levantó nuevamente la vista hacia él.

—Solo aprendes a fingir que no pesa.

Y por alguna razón…

Leonel sintió que esa frase hablaba de mucho más que una espada.



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En el texto hay: principe, >#romancetrágico

Editado: 03.07.2026

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