El secreto del príncipe Heredero

Un espectáculo público

La mañana llegó demasiado rápido.

El palacio despertó antes que el sol.

Los sirvientes recorrían los pasillos encendiendo antorchas nuevas mientras los guardias cambiaban turnos junto a las enormes puertas del castillo. Afuera, el cielo todavía conservaba ese tono grisáceo previo al amanecer.

Leonel apenas había dormido.

El recuerdo de la conversación en la arena seguía dándole vueltas en la cabeza.

Solo aprendes a fingir que no pesa.

La frase regresaba una y otra vez.

Molesta.

Persistente.

Como si hubiese encontrado un lugar incómodo dentro de él.

Leonel terminó de acomodarse la capa sobre los hombros mientras una sirvienta ajustaba cuidadosamente la corona sobre su cabeza.

Como siempre, la corona cedió apenas hacia un lado.

Demasiado grande.

La mujer intentó corregirla con rapidez.

—Perdonad, alteza.

Leonel negó suavemente.

—No importa.

Pero sí importaba.

Porque cada vez que el metal frío se deslizaba ligeramente sobre su cabello…

recordaba que aquella corona nunca había sido hecha para él.

---

El entrenamiento comenzó apenas salió el sol.

La arena volvió a llenarse de ruido.

Espadas de práctica chocando.

Órdenes secas.

Tierra removida bajo las botas.

Leonel descendió junto a su padre hacia la zona elevada donde observaban normalmente las pruebas.

El rey caminaba delante de él.

Recto.

Impecable.

Como si jamás descansara realmente.

Abajo, los caballeros ya comenzaban los ejercicios.

Alexander estaba entre ellos.

Leonel lo encontró casi enseguida.

No supo por qué.

Simplemente lo hizo.

El general Óscar daba instrucciones desde el centro de la arena mientras los hombres se organizaban por parejas.

—Hoy trabajarán resistencia y combate cuerpo a cuerpo —ordenó con firmeza—. El que caiga, vuelve a levantarse. El que no pueda continuar, abandona.

Nadie habló.

Nadie cuestionó nada.

Leonel observó cómo varios caballeros comenzaban inmediatamente a combatir.

Golpes rápidos.

Bruscos.

Violentos incluso siendo entrenamiento.

Su padre permanecía atento a cada movimiento.

—Miradlos bien —dijo de pronto sin apartar la vista de la arena—. Un rey que no comprende la fuerza de sus propios hombres jamás podrá dirigirlos.

Leonel guardó silencio.

Porque ya sabía que aquello no era realmente un consejo.

Era una advertencia.

Abajo, Alexander bloqueó un golpe y logró desviar a su oponente con rapidez.

Todavía se veía cansado.

Leonel lo notó enseguida.

Pero aun así seguía moviéndose con precisión.

Sin brutalidad innecesaria.

Eso parecía irritar a algunos de los otros caballeros más que cualquier otra cosa.

Porque Alexander no peleaba como ellos.

No disfrutaba humillar.

No buscaba aplastar.

Solo resistía.

El rey habló nuevamente:

—El general ha dicho que su hijo progresa rápido.

Leonel desvió apenas la vista hacia su padre.

—Sí.

—¿Y qué opináis vos?

La pregunta lo tomó desprevenido.

Leonel tardó apenas un segundo demasiado largo en responder.

—Tiene disciplina.

El rey lo observó de reojo.

—Eso no es algo nuevo para mí ya os he escuchado decir eso antes.

Leonel sintió una leve tensión instalarse en el pecho.

—Entonces sigo pensando lo mismo.

El rey permaneció callado unos segundos.

Luego:

—La disciplina sin carácter se rompe fácilmente.

Leonel bajó la vista hacia la arena.

No respondió.

Porque ya no sabía si hablaban de Alexander…

o de él.

---

El entrenamiento continuó durante horas.

Varios caballeros terminaron exhaustos antes del mediodía.

Otros apenas lograban mantenerse en pie.

Y aun así, el general no detenía nada.

Leonel comenzaba a notar algo.

Cada vez que Alexander cometía el más mínimo error…

su padre era más duro con él que con el resto.

Una postura mal hecha.

Un movimiento lento.

Una guardia baja.

Todo era corregido inmediatamente.

Sin descanso.

Sin suavidad.

Como si esperara perfección absoluta.

Y Alexander nunca protestaba.

Nunca.

Eso era lo que más inquietaba a Leonel.

Porque conocía demasiado bien lo que era vivir intentando alcanzar expectativas imposibles.

El rey se puso de pie entonces.

La arena se silenció casi al instante.

Leonel sintió un mal presentimiento antes incluso de escucharlo hablar.

—Continuaremos con el entrenamiento del príncipe.

El silencio cayó pesado.

Leonel sintió el cuerpo tensarse automáticamente.

Abajo, varios caballeros intercambiaron miradas rápidas.

El general Óscar levantó apenas la vista hacia ellos.

El rey descendió lentamente un escalón.

—Si vais a convertiros en rey algún día, dejaréis de retroceder frente a una espada.

Leonel tragó saliva apenas.

Podía sentir todas las miradas encima otra vez.

Odiaba eso.

Odiaba cómo su padre hacía de cada enseñanza un espectáculo público.

El rey observó la arena unos segundos antes de hablar nuevamente:

—General.

Óscar inclinó apenas la cabeza.

—Majestad.

—Quiero que hoy continúe vos mismo.

El general entendió enseguida.

Y Leonel también.

Sintió un vacío incómodo abrirse lentamente en el estómago.

Porque aquello significaba algo peor.

Mucho peor.

El rey volvió finalmente la vista hacia su hijo.

—Bajad.

La orden fue simple.

Fría.

Irrefutable.

Leonel descendió lentamente hacia la arena.

Y mientras caminaba…

pudo sentir la mirada de Alexander siguiéndolo desde el otro extremo del campo.



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En el texto hay: principe, >#romancetrágico

Editado: 03.07.2026

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