El general Óscar permaneció frente a Leonel unos segundos más antes de bajar lentamente la espada de práctica.
El silencio alrededor seguía siendo incómodo.
Pesado.
Leonel todavía sostenía el arma entre las manos, intentando controlar la respiración.
El barro seco se había adherido a la tela blanca de sus ropas y parte del cabello rubio caía desordenado sobre su frente por el esfuerzo.
El rey observaba desde arriba.
Inmutable.
Como si aquella escena hubiese sido exactamente lo que esperaba ver.
Óscar desvió entonces apenas la mirada hacia él.
El rey sostuvo sus ojos un instante antes de asentir lentamente.
Solo eso.
Una aprobación silenciosa.
El general volvió finalmente la vista hacia Leonel.
Y cuando habló, su tono recuperó esa formalidad estricta de siempre.
-El entrenamiento apenas comienza, alteza.
Leonel sintió el cansancio pesarle todavía más en los hombros.
Óscar hizo una leve inclinación de cabeza.
Respetuosa.
Correcta.
-Os pediré que vayáis a prepararos junto al resto de los caballeros.
El silencio pareció extenderse apenas un segundo más.
Porque todos entendieron lo que aquello significaba.
No seguiría observando desde arriba.
Entraría con ellos.
Como uno más.
Leonel levantó lentamente la vista hacia su padre.
El rey no dijo nada.
Simplemente sostuvo su mirada... y asintió una vez.
La orden estaba dada.
Leonel bajó la mirada primero.
Como siempre.
-Sí, general.
Entregó lentamente la espada de práctica antes de girarse hacia las estructuras de piedra ubicadas junto a la arena, donde los caballeros dejaban armas, capas y armaduras antes de entrenar.
Y apenas comenzó a caminar...
los murmullos empezaron.
Bajos.
Disimulados.
Pero imposibles de ignorar.
-¿Va a entrenar con nosotros?
-El rey habla en serio...
-Ni siquiera puede sostener una espada bien.
-Mirad sus ropas...
Leonel siguió caminando como si no escuchara nada.
Pero escuchaba todo.
Cada palabra.
Cada susurro.
Cada risa ahogada.
Alexander observó en silencio desde el centro de la arena mientras el príncipe desaparecía tras los arcos de piedra del área de preparación.
Algo incómodo le apretó el pecho otra vez.
Porque nadie parecía notar lo evidente.
Leonel estaba agotado.
Y aun así seguía obedeciendo.
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El lugar donde los caballeros se preparaban era mucho más estrecho de lo que Leonel esperaba.
Oscuro.
Caluroso.
Las paredes de piedra retenían el olor a cuero húmedo, metal y tierra.
Había bancos largos de madera desgastada, armaduras colgadas descuidadamente y espadas apoyadas contra las paredes.
Nada allí se parecía al palacio.
Nada era elegante.
Ni limpio.
Ni silencioso.
Y por primera vez en mucho tiempo...
Leonel sintió todas las miradas sobre él sin la distancia que normalmente lo protegía.
Los caballeros intentaban disimular.
Pero seguían observándolo.
Algunos con curiosidad.
Otros con burla apenas contenida.
Leonel permaneció quieto unos segundos antes de comenzar a quitarse lentamente la capa blanca y dorada que llevaba sobre los hombros.
La tela cayó pesada sobre uno de los bancos.
Después vinieron los guantes.
Los anillos.
Uno por uno.
El sonido del metal chocando suavemente contra la madera pareció llamar todavía más la atención.
El sello real fue lo último que se quitó.
Leonel sostuvo el anillo entre los dedos apenas un instante antes de dejarlo junto al resto.
Y por alguna razón...
sin todo aquello encima, se veía mucho más joven.
Más humano.
Más frágil de lo que cualquiera esperaba.
Uno de los caballeros soltó una risa baja cerca del fondo.
-Nunca pensé ver al príncipe aquí dentro.
Otro respondió apenas más bajo:
-Yo nunca pensé verlo tocar barro.
Algunos soltaron pequeñas risas.
Leonel escuchó todo.
Pero no dijo nada.
Solo comenzó a desabrochar lentamente las capas externas de sus vestiduras blancas, ahora manchadas de tierra seca en las mangas y el borde inferior.
El dorado brillante ya no parecía tan impecable allí dentro.
Parecía fuera de lugar.
Como él.
Alexander apareció entonces en la entrada del lugar.
No había entrado realmente.
Solo se quedó apoyado contra uno de los marcos de piedra observando la escena en silencio.
Y fue ahí cuando entendió algo.
Leonel no se veía orgulloso.
Ni superior.
Ni arrogante.
Se veía cansado.
Cansado de intentar sostener algo que claramente le quedaba demasiado pesado encima.
Leonel tomó aire lentamente mientras recogía una túnica de entrenamiento mucho más simple que le habían dejado preparada.
Tela oscura.
Sin bordados.
Sin oro.
Sin símbolos reales.
Y por primera vez desde que Alexander lo conocía...
el príncipe parecía alguien de su edad.