Leonel tomó aire lentamente mientras ajustaba la túnica oscura sobre sus hombros.
La tela era más áspera de lo que estaba acostumbrado.
Pesada.
Incómoda.
Todavía podía sentir las miradas clavadas sobre él mientras terminaba de acomodarse las mangas.
Nadie hablaba demasiado alto ahora.
Pero los murmullos seguían ahí.
Persistentes.
Como insectos alrededor de una herida abierta.
—Parece más un monje que un príncipe.
—No durará ni media hora.
—El rey finalmente se cansó de esconderlo.
Leonel fingió no escuchar.
Aunque cada palabra se le quedaba atrapada debajo de la piel.
Terminó de ajustar el cinturón de cuero alrededor de la cintura y volvió a recoger la espada de práctica.
Pesaba.
No solo físicamente.
Pesaba porque sabía perfectamente lo que todos esperaban ver allá afuera.
Fracaso.
Humillación.
Vergüenza.
Y quizás lo peor…
una confirmación.
La confirmación de que el príncipe heredero no servía para el mundo que algún día tendría que gobernar.
Leonel tragó saliva antes de salir nuevamente hacia la arena.
El aire exterior golpeó su rostro apenas cruzó los arcos de piedra.
La luz del sol lo obligó a entrecerrar un poco los ojos.
Y el silencio que cayó cuando regresó al campo fue peor que las burlas.
Porque ahora todos lo estaban mirando directamente.
Ya no desde lejos.
Ya no protegido por oro, capas o distancia.
Solo él.
Con una espada entre las manos.
Alexander lo observó desde unos metros más allá.
Y por primera vez…
el príncipe parecía realmente joven.
No como el heredero del reino.
No como la figura fría sentada junto al rey.
Solo un muchacho agotado intentando sostener algo demasiado grande para él.
El general Óscar dio un paso al frente.
—Formación.
Los caballeros obedecieron casi de inmediato.
Las botas golpearon la tierra seca mientras todos ocupaban sus posiciones.
Leonel tardó apenas un segundo más.
Lo suficiente para notar algunas miradas impacientes.
Óscar caminó lentamente frente a ellos.
—El combate no se gana únicamente con fuerza.
Su voz resonó firme por toda la arena.
—La disciplina mantiene vivo a un soldado mucho después de que el cuerpo se agota.
Mientras hablaba, sus ojos se desviaron apenas hacia Leonel.
El mensaje era evidente.
Leonel apretó un poco más la espada.
El rey seguía observando desde arriba.
Inmóvil.
Con esa calma insoportable que hacía que todo se sintiera todavía peor.
Óscar volvió a detenerse en el centro de la arena.
—Hoy trabajaremos defensa y resistencia.
Algunos caballeros soltaron exhalaciones pesadas.
Ya estaban cansados desde antes.
El general continuó:
—Y nadie abandonará la arena hasta aprender a mantenerse en pie.
Leonel sintió el estómago cerrarse apenas.
Porque entendió inmediatamente que aquellas palabras también iban dirigidas a él.
Los entrenamientos comenzaron otra vez.
Más bruscos ahora.
Más rápidos.
Leonel intentó seguir el ritmo.
De verdad lo intentó.
Pero cada choque de espadas le hacía tensarse.
Cada grito alrededor le revolvía el pecho.
Los caballeros parecían moverse con naturalidad entre golpes y empujones.
Él no.
Él pensaba demasiado.
Retrocedía demasiado.
Dudaba demasiado.
Y en la arena, dudar era suficiente para salir herido.
Un golpe alcanzó su brazo.
Leonel soltó el aire de golpe mientras retrocedía.
Otro rozó su costado poco después.
Las risas bajas volvieron.
—Ni siquiera sabe cubrirse.
—Míralo agarrar la espada…
—Va a quebrarse antes que el arma.
Leonel sintió el calor subirle al rostro otra vez.
La vergüenza quemándole peor que los golpes.
Intentó volver a colocarse en posición.
Respirar.
Pensar.
Pero el miedo seguía ahí.
Metido entre las costillas.
El rechazo.
El asco hacia la violencia.
La sensación insoportable de no pertenecer a ese lugar.
Y entonces otro ataque llegó demasiado rápido.
Leonel apenas logró levantar la espada.
El impacto le hizo perder el equilibrio.
Tropezó hacia atrás.
La arena cedió bajo sus botas.
Y cayó de rodillas.
Algunas carcajadas escaparon ahora sin disimulo.
Arriba, el rey no se movió inmediatamente.
Y eso fue lo que hizo que el silencio posterior resultara todavía más tenso.
Porque todos comenzaron a darse cuenta de algo.
El rey estaba observando.
Evaluando.
Como si quisiera ver cuánto tardaría su hijo en romperse.
Leonel permaneció inmóvil unos segundos sobre la arena.
La respiración temblándole.
Las manos cerradas alrededor de la espada.
La humillación aplastándole el pecho.
Y aun así…
intentó levantarse otra vez.
Eso hizo que Alexander frunciera apenas el ceño desde su posición.
Porque Leonel estaba claramente asustado.
Y aun así seguía obedeciendo.
El siguiente caballero avanzó de nuevo.
Demasiado rápido.
Demasiado fuerte para alguien que apenas estaba aprendiendo.
Leonel retrocedió instintivamente.
El golpe alcanzó a rozarle el hombro y desequilibrarlo otra vez.
Y fue entonces…
cuando el rey finalmente se puso de pie.
No furioso.
No alterado.
Peor.
Calmado.
Peligrosamente calmado.
—Es suficiente.
La voz atravesó la arena entera.
El silencio cayó de inmediato.
El caballero retrocedió enseguida.
Leonel seguía respirando agitado cuando levantó lentamente la vista hacia su padre.
Y aunque el rey había detenido el entrenamiento…
su expresión no mostraba alivio.
Mostraba decepción.