El silencio en la arena seguía siendo insoportable.
Leonel permanecía de pie con la respiración todavía agitada mientras el polvo se asentaba lentamente alrededor de sus botas.
El brazo le temblaba apenas por el esfuerzo.
O por la vergüenza.
Tal vez por ambas cosas.
Nadie hablaba.
Nadie se atrevía a hacerlo mientras el rey continuara de pie.
El hombre descendió un escalón más sin apartar la mirada de su hijo.
La calma en su rostro era mucho peor que el enojo.
Porque Leonel conocía perfectamente esa expresión.
La decepción.
Una lenta.
Silenciosa.
Que no necesitaba gritos para doler.
El rey observó la espada todavía sostenida entre las manos temblorosas de Leonel.
Luego habló.
—El reino no tendrá compasión solo porque vos sí la tengáis.
La frase cayó pesada sobre toda la arena.
Leonel sintió algo cerrársele dentro del pecho.
No levantó la vista.
No respondió.
Porque sabía que aquello no era realmente una corrección.
Era una sentencia.
El rey permaneció mirándolo apenas un instante más antes de continuar:
—Retiraos.
Solo eso.
Ni enojo.
Ni humillación pública.
Y quizá por eso dolió todavía más.
Leonel inclinó apenas la cabeza.
Como siempre.
Obediente.
—Sí, padre.
La palabra salió baja.
Cansada.
Y entonces se giró lentamente para abandonar la arena mientras el silencio seguía pegado a cada paso que daba.
Los murmullos no tardaron en volver apenas se alejó lo suficiente.
—Ni siquiera duró.
—Parecía aterrorizado.
—¿Ese será nuestro próximo rey?
Alexander permaneció quieto entre los demás caballeros.
Escuchándolo todo.
Y por primera vez…
las burlas comenzaron a irritarlo de verdad.
No porque admirara al príncipe.
Todavía no.
Pero porque había algo cruel en la forma en que todos parecían disfrutar aquello.
Como si hubiesen estado esperando verlo romperse.
El general Óscar volvió a ordenar el entrenamiento poco después.
La arena recuperó el ruido de espadas y pasos.
Pero Alexander ya no podía concentrarse igual.
Porque la imagen del príncipe alejándose solo seguía atorada en su cabeza.
—
La noche había caído por completo cuando Alexander regresó finalmente a casa.
El calor del interior lo golpeó apenas cruzó la puerta.
El olor a comida.
A leña.
A hierbas medicinales.
Todo se sentía distinto después del palacio.
Más pequeño.
Más humano.
Su hermano menor fue el primero en verlo entrar.
—¡Alexander!
El niño corrió hacia él enseguida.
—¿Cómo estuvo el entrenamiento?
Alexander despeinó apenas su cabello mientras avanzaba hacia la mesa.
—Largo.
—Eso significa horrible —murmuró uno de sus hermanos mayores desde el fondo.
Algunos soltaron pequeñas risas cansadas.
El general Óscar todavía no había regresado.
Solo estaban ellos.
Y por alguna razón, el ambiente se sentía más relajado sin la presencia de su padre.
Alexander tomó un vaso con agua mientras se dejaba caer sobre una de las sillas.
Todavía sentía el cuerpo agotado.
Uno de sus hermanos apoyó los codos sobre la mesa.
—Dicen que el príncipe terminó peor que un recluta nuevo.
Alexander no respondió enseguida.
—No duró nada —continuó el otro—. Algunos caballeros dicen que parecía a punto de salir corriendo.
—No creo que vuelva a bajar a la arena después de hoy.
—Si un hombre le teme a una espada, difícilmente podrá sostener una nación.
Alexander bajó apenas la mirada hacia el vaso entre sus manos.
La frase le revolvió algo incómodo en el pecho.
Porque sonaba demasiado parecida a algo que el rey diría.
Otro de sus hermanos soltó una risa breve.
—Siempre me pareció extraño ese príncipe.
Alexander levantó apenas la vista.
—¿Extraño?
—Demasiado delicado.
Se encogió de hombros antes de continuar:
—No sé… incluso cuando sonríe se siente raro.
Alexander frunció apenas el ceño.
—¿Raro cómo?
El otro pareció pensarlo un instante.
—Como… triste.
Hubo una pausa.
—Demasiado suave para alguien criado entre reyes.
Otro hermano dejó escapar una pequeña risa.
—Tiene modales de dama noble, no de rey.
Alexander apretó apenas la mandíbula.
No le gustó escuchar eso.
No porque creyera que el príncipe fuese fuerte.
O valiente.
Sino porque ahora entendía algo que ellos no.
Leonel no estaba fingiendo.
Realmente sufría allí.
—Él no está hecho para este mundo —dijo finalmente Alexander en voz baja.
La mesa quedó en silencio apenas un segundo.
Uno de sus hermanos soltó una risa nasal.
—Entonces nació en el peor lugar posible.
Alexander no respondió.
Porque por alguna razón…
sentía que eso era exactamente lo que pasaba con el príncipe.