El secreto del príncipe Heredero

Cansancio y exigencia

La casa estaba casi completamente en silencio cuando la puerta principal volvió a abrirse.

El aire frío de la noche entró junto con la figura del general Óscar.

Sus botas resonaron pesadas contra el suelo de madera mientras se quitaba lentamente los guantes de cuero.

Alexander apenas levantó la vista desde la mesa.

Sus hermanos sí lo hicieron de inmediato.

El general avanzó hasta la mesa sin decir una sola palabra.

Tomó uno de los panes que había quedado sobre una bandeja.

Le dio un mordisco distraído.

Y volvió a dejarlo exactamente donde estaba.

—Espero que ya hayáis comido.

La frase salió simple.

Directa.

Alexander sintió el cansancio pesarle todavía más encima antes incluso de escuchar el resto.

Porque ya sabía lo que venía.

Óscar terminó de masticar antes de continuar:

—Vos y yo iremos a entrenar.

El silencio cayó sobre la mesa.

Uno de sus hermanos levantó apenas la vista hacia Alexander.

El menor frunció el ceño con preocupación evidente.

Alexander soltó apenas una exhalación cansada antes de ponerse lentamente de pie.

El general lo observó de inmediato.

—¿Qué ocurre?

Alexander negó apenas con la cabeza.

—Nada, padre.

Óscar entrecerró ligeramente los ojos.

—Parecéis agotado.

Alexander sostuvo la mirada apenas un segundo antes de responder:

—Solo ha sido un día largo.

El general tomó otro pedazo de pan.

—¿Y os parece demasiado pesado entrenar por vuestro reino?

La pregunta cayó seca.

Como una prueba más.

Alexander bajó apenas la mirada.

—No, padre.

Su voz salió tranquila.

Controlada.

—Simplemente he estado un poco cansado estos días.

Uno de sus hermanos abrió apenas la boca, como si fuese a intervenir.

Pero Óscar habló primero.

—Entonces entrenar os hará bien.

El tono no fue cruel.

Pero tampoco suave.

Era peor.

Era costumbre.

Disciplina convertida en rutina.

El general tomó nuevamente sus guantes.

—Vamos.

Alexander asintió en silencio.

Tomó su capa del respaldo de la silla mientras sentía las miradas de sus hermanos clavarse sobre él otra vez.

Preocupación.

Impotencia.

La misma de siempre.

Alexander les sostuvo la mirada apenas un instante antes de salir detrás de su padre.

La noche estaba fría.

Mucho más fría que antes.

El pueblo había terminado de apagarse casi por completo y las calles permanecían vacías mientras ambos avanzaban.

Óscar caminaba delante.

Recto.

Firme.

Alexander lo seguía algunos pasos detrás, intentando ignorar el cansancio acumulado en los brazos y las piernas.

Llegaron al patio trasero de entrenamiento junto a una construcción vieja de piedra que pertenecía a los soldados del reino.

Había antorchas encendidas.

Espadas de práctica apoyadas contra una pared.

Y varios recipientes de agua cerca de las columnas.

Óscar se giró finalmente hacia él.

—Postura.

Alexander obedeció de inmediato.

Tomó la espada de práctica y adoptó posición.

La espalda recta.

Los pies firmes.

Los brazos tensos.

Óscar comenzó a caminar lentamente alrededor de él.

Observando.

Corrigiendo.

—Más firme.

Alexander ajustó apenas el agarre.

—No tenséis tanto los hombros.

Corrigió nuevamente.

—Respirad mejor.

El entrenamiento continuó así durante largos minutos.

Luego horas.

Postura.

Equilibrio.

Golpes repetidos.

Otra vez.

Y otra.

Y otra.

El cansancio comenzó a acumularse rápido.

Alexander sentía los músculos arder.

Los brazos pesados.

La respiración cada vez más difícil de mantener estable.

Pero seguía.

Porque su padre observaba cada mínimo error.

Porque detenerse jamás era una opción.

Óscar golpeó de pronto la espada de Alexander con fuerza suficiente para hacerlo retroceder un paso.

—Demasiado lento.

Alexander volvió inmediatamente a posición.

—Otra vez.

El frío comenzaba a atravesar la ropa húmeda de sudor.

Alexander apenas sentía los dedos.

Y entonces…

sin previo aviso…

Óscar tomó uno de los recipientes cercanos y le arrojó agua helada encima.

El impacto le robó el aire por completo.

Alexander se tensó involuntariamente.

El agua escurrió por su cabello, su cuello y la ropa pegándose inmediatamente a la piel por el frío nocturno.

Uno de los soldados que vigilaba cerca levantó apenas la vista.

Incluso él pareció incómodo.

Pero no dijo nada.

Nadie decía nada frente al general.

Óscar volvió a colocarse frente a él.

—El cuerpo se acostumbra al agotamiento o muere cuando llega una guerra real.

Alexander tragó saliva lentamente mientras intentaba controlar la respiración.

El frío le hacía temblar apenas las manos.

Pero volvió a levantar la espada.

Óscar lo observó unos segundos más.

—Otra vez.

Alexander obedeció.

Porque eso era lo que hacía siempre.

Obedecer.

Aunque los brazos le ardieran.

Aunque las piernas apenas respondieran.

Aunque por dentro quisiera detenerse un momento.

Solo uno.

Pero no lo hizo.

Porque la decepción de su padre…

pesaba más que el cansancio.




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