El secreto del príncipe Heredero

Frío y cansancio.

El agua seguía escurriendo lentamente por la ropa de Alexander.

El frío se había instalado en sus huesos hacía ya un buen rato.

Aun así, permanecía en posición.

La espada seguía firme entre sus manos.

Los brazos le temblaban apenas.

No sabía si por el esfuerzo...

o por el frío.

Frente a él, el general Óscar permanecía inmóvil.

Observándolo.

Como si todavía estuviera buscando algún error más.

El silencio entre ambos duró varios segundos.

Solo se oía el viento moviendo las llamas de las antorchas.

Alexander mantuvo la vista al frente.

Sin bajar la espada.

Sin pedir descanso.

Sin decir una palabra.

Finalmente, el general habló.

—Es suficiente por hoy.

Nada más.

No hubo un "bien hecho".

Ni una felicitación.

Ni siquiera una mirada distinta.

Solo aquellas cuatro palabras.

Alexander bajó lentamente la espada.

Los músculos protestaron de inmediato.

Por un instante creyó que las manos dejarían caer el arma.

Pero consiguió sostenerla hasta apoyarla cuidadosamente junto al resto.

Óscar comenzó a guardar la suya con la misma calma de siempre.

—Mañana volveréis a entrenar frente al rey.

Alexander permaneció en silencio.

El general ajustó el cinturón de cuero antes de continuar.

—Quiero que recordéis quién sois cuando entréis en esa arena.

Alexander conocía aquella frase.

No hablaba de su nombre.

Hablaba de su apellido.

Del peso que llevaba desde que aprendió a caminar.

Bajó apenas la cabeza.

—Sí, padre.

Óscar asintió una sola vez.

Luego comenzó a alejarse.

Alexander lo siguió unos pasos detrás.

Como siempre.

El camino de regreso transcurrió casi completamente en silencio.

Las calles seguían desiertas.

Solo el sonido de sus botas rompía la quietud de la madrugada.

Alexander caminaba con la ropa todavía húmeda.

Sentía el cuerpo pesado.

Los brazos doloridos.

Pero había algo que le pesaba incluso más que el cansancio.

La última frase de su padre.

"Recordad quién sois."

A veces se preguntaba si alguna vez tendría permitido descubrir quién era...

cuando dejara de ser solamente el hijo del general.

Pero apartó aquel pensamiento casi de inmediato.

No era un pensamiento útil.

Y los pensamientos inútiles solo hacían perder tiempo.

---

A muchos metros de allí...

en la parte más alta del castillo...

otra persona tampoco conseguía dormir.

Leonel permanecía sentado junto a la ventana de su habitación.

La luna apenas atravesaba las cortinas.

El cuarto estaba completamente en silencio.

Sobre una mesa cercana descansaban la corona de su madre...

el sello real...

y una espada de entrenamiento.

La espada parecía fuera de lugar.

Como si perteneciera a otra habitación.

A otra vida.

Leonel la observó largo rato.

Todavía podía recordar el peso que había sentido al sostenerla aquella tarde.

No era únicamente el acero.

Era todo lo que venía con él.

Las expectativas.

La decepción.

El miedo.

Se levantó despacio.

Cruzó la habitación.

Tomó la espada con ambas manos.

Intentó repetir la postura que el general le había enseñado.

La espalda recta.

Los pies separados.

Las manos firmes.

Duró apenas unos segundos.

Los brazos comenzaron a temblarle.

No por el peso.

Sino por el recuerdo.

El sonido de las espadas chocando.

Las risas.

Los murmullos.

La mirada del rey.

Y el instante en que comprendió que todos estaban observándolo fracasar.

Bajó lentamente la espada.

La apoyó otra vez sobre la mesa.

Su reflejo apareció entonces en el espejo cercano.

La corona descansaba justo al lado.

La observó unos segundos.

Recordó cuántas veces había tenido que acomodársela porque le quedaba demasiado grande.

Nunca había mandado hacer una nueva.

Aquella había pertenecido a su madre.

Y, de algún modo...

sentía que quitársela para siempre sería como perderla una segunda vez.

Desvió lentamente la mirada hacia la espada.

Después hacia la corona.

Dos objetos.

Dos destinos.

Ninguno elegido por él.

Leonel cerró los ojos apenas un instante.

Y comprendió que al amanecer tendría que volver a sostener uno de ellos.

Porque, aunque deseara escapar...

la mañana siempre terminaba llegando.




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