El secreto del príncipe Heredero

Silencio y acero

Los primeros rayos del amanecer comenzaron a filtrarse entre las cortinas antes de que Leonel lograra dormir.

No recordaba en qué momento había cerrado los ojos.

Solo supo que el sonido de unos golpes suaves en la puerta lo obligó a incorporarse.

—Alteza.

La voz de una sirvienta llegó desde el otro lado.

—Ya es hora.

Leonel permaneció unos segundos sentado sobre el borde de la cama.

El cuerpo le pesaba.

No por el esfuerzo físico.

Sino por la noche casi en vela.

Dirigió la mirada hacia la mesa.

La espada seguía allí.

Junto a la corona.

Una al lado de la otra.

Como si ambas esperaran por él.

Desvió la vista.

Todavía no quería tocar ninguna.

—Podéis pasar.

Dos sirvientas entraron en silencio.

Una llevaba las prendas blancas y doradas que correspondían al heredero.

La otra sostenía una bandeja con el desayuno.

Ninguna hizo preguntas.

Nunca las hacían.

Mientras una comenzaba a acomodar cuidadosamente la ropa sobre la cama, la otra se acercó con un pequeño recipiente de agua tibia.

—¿La mejilla os duele todavía, alteza?

Leonel negó apenas con la cabeza.

—No.

La herida casi no dolía ya.

Lo que seguía doliendo...

era todo lo demás.

Las sirvientas intercambiaron una mirada breve.

Habían aprendido hacía años que el príncipe hablaba poco.

Y que insistir nunca servía de nada.

Leonel terminó de vestirse en silencio.

Las telas blancas cubrieron nuevamente la sencillez de la noche anterior.

Después llegaron los bordados dorados.

Los broches.

Los cinturones.

Los anillos.

Cada pieza parecía añadir un poco más de peso sobre sus hombros.

La última fue la corona.

Una de las sirvientas la tomó con extremo cuidado.

Leonel inclinó apenas la cabeza.

Ella la acomodó sobre su cabello rubio.

Como siempre...

quedó apenas demasiado grande.

La mujer la corrigió con delicadeza.

—Así está mejor.

Leonel observó su reflejo.

Volvía a ser el príncipe.

La persona había quedado encerrada otra vez debajo de todas aquellas capas.

---

Muy lejos del castillo...

Alexander apenas terminaba de abrir los ojos cuando alguien golpeó la puerta de su habitación.

—Alexander.

Reconoció la voz de su hermano menor inmediatamente.

—¿Sí?

La puerta se abrió apenas lo suficiente para que el niño asomara la cabeza.

—Papá ya está despierto.

Alexander dejó escapar una pequeña sonrisa cansada.

—Lo imaginaba.

El niño dudó unos segundos antes de hablar otra vez.

—¿Te siguen doliendo los brazos?

Alexander miró sus manos.

Todavía le costaba cerrar completamente los dedos.

Pero escondió el gesto enseguida.

—Un poco.

—¿Mucho?

Alexander negó con la cabeza.

—Lo suficiente.

El pequeño pareció no quedarse conforme.

Entró unos pasos más.

—Podrías decirle que estás cansado.

Alexander dejó escapar una risa muy baja.

Casi imperceptible.

—Ya lo hice.

El niño bajó la mirada.

No hacía falta preguntar cómo había terminado aquella conversación.

Los dos lo sabían.

Alexander revolvió con cariño el cabello de su hermano.

—No te preocupes.

El niño quiso responder.

Pero justo en ese momento la voz firme del general resonó desde el otro extremo de la casa.

—Alexander.

Solo pronunció su nombre.

No hacía falta nada más.

Alexander se puso de pie inmediatamente.

Tomó aire una sola vez.

Y salió de la habitación.

Su hermano menor permaneció quieto observándolo alejarse.

No entendía muchas cosas todavía.

Pero había una que sí comprendía.

Cada vez que su padre llamaba a Alexander...

su hermano parecía hacerse un poco más grande por fuera.

Y un poco más pequeño por dentro.

Mientras tanto, el sol terminaba de elevarse sobre el reino.

Para algunos, aquella mañana apenas comenzaba.

Para otros...

era simplemente la continuación del día anterior...

La mañana avanzó despacio.

Y, sin embargo, para Alexander pareció pasar demasiado rápido.

El entrenamiento con su padre continuó hasta bien entrada la tarde.

Ya no hubo palabras de aliento.

Tampoco reproches.

Solo órdenes.

Posturas.

Correcciones.

Golpes contenidos.

El general parecía decidido a aprovechar hasta el último instante de aquellos días.

Como si quisiera prepararlo para algo que Alexander todavía desconocía.

Cuando finalmente dio por terminado el entrenamiento, el sol comenzaba a descender detrás de los tejados del pueblo.

—Es suficiente por hoy.

Alexander apenas logró bajar la espada.

Los brazos le pesaban.

Las piernas también.

Pero hizo una leve inclinación de cabeza.

—Gracias, padre.

Óscar simplemente asintió.

No era un hombre de muchas palabras.

Nunca lo había sido.

Los dos emprendieron el camino de regreso sin hablar demasiado.

El aire de la tarde olía a pan recién hecho.

A humo de chimeneas.

A hogar.

Al entrar, el bullicio de la casa volvió a envolverlo.

Su hermano menor fue el primero en correr hacia él.

—¡Habéis vuelto!

Alexander sonrió apenas.

—Eso parece.

Su hermano mayor dejó escapar una risa desde la mesa.

—Parecéis un soldado que regresa de una guerra.

Otro de sus hermanos sonrió.

—Cada día os parecéis más a padre.

La ocurrencia arrancó algunas sonrisas.

Incluso el general dejó escapar una exhalación que casi podía confundirse con una risa.

Casi.

La cena fue sencilla.

Más tranquila que la noche anterior.

Hablaron de asuntos cotidianos.

De la cosecha.

De un caballo que se había escapado aquella mañana.




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