El secreto del príncipe Heredero

El regreso

El camino de regreso al castillo transcurrió en silencio.

Alexander conocía aquella ruta de memoria.

A un lado quedaban las calles estrechas del pueblo.

Las panaderías comenzaban a abrir sus puertas y el aroma del pan recién horneado se mezclaba con el aire fresco de la mañana.

Algunas mujeres barrían la entrada de sus casas.

Un grupo de niños corría detrás de un perro entre risas.

La vida despertaba despacio.

Alexander volvió la vista una última vez hacia aquel lugar.

Después continuó caminando.

Poco a poco, las casas fueron quedando atrás.

Las murallas comenzaron a alzarse delante de él.

Altas.

Imponentes.

Frías.

Los soldados apostados junto al portón principal lo reconocieron de inmediato.

Uno de ellos hizo una leve inclinación de cabeza mientras las enormes puertas comenzaban a abrirse.

Alexander cruzó el umbral.

El bullicio del pueblo quedó atrás.

Dentro del castillo todo era distinto.

Los pasos resonaban sobre la piedra.

Los sirvientes caminaban con rapidez, procurando no interrumpir el paso de los nobles.

Cada persona parecía saber exactamente adónde debía ir.

Como si el propio castillo respirara siguiendo un orden imposible de romper.

Alexander apenas había avanzado unos metros cuando un mayordomo se acercó a él.

—Sir Alexander.

Alexander inclinó respetuosamente la cabeza.

—¿Sí?

—Su Majestad desea veros inmediatamente.

Alexander sintió un ligero vuelco en el estómago.

No era miedo.

Era respeto.

El mismo respeto que siempre imponía la presencia del rey.

—Conducidme hasta él.

El mayordomo hizo un gesto con la mano.

Caminaron por largos corredores iluminados por ventanales altos.

Alexander llevaba ya un tiempo viviendo en el palacio, pero todavía había pasillos que le parecían interminables.

Finalmente llegaron ante las puertas del despacho real.

Los guardias las abrieron.

El rey permanecía de pie junto a una de las ventanas.

No levantó la vista enseguida.

Observaba los jardines del palacio mientras mantenía las manos entrelazadas detrás de la espalda.

Solo cuando Alexander se detuvo a una distancia prudente habló.

—Habéis regresado.

—Sí, Majestad.

Hubo un breve silencio.

—¿Vuestra familia se encuentra bien?

Alexander asintió.

—Sí, Majestad. Os agradezco haberme concedido esos días.

El rey hizo un leve movimiento de cabeza.

—Consideré que eran necesarios.

Aquella respuesta sorprendió ligeramente a Alexander.

No esperaba una explicación.

El rey se volvió entonces hacia él.

Su expresión seguía siendo serena.

Difícil de interpretar.

—Las pruebas decisivas se acercan.

Alexander permaneció en silencio.

—Y mi hijo continúa con su preparación.

El joven levantó apenas la vista.

El rey dio unos pasos por la estancia antes de detenerse nuevamente.

—He observado algo estos últimos días.

Alexander esperó.

—Vos conseguís permanecer cerca de él sin invadir su espacio.

Aquellas palabras lo desconcertaron.

El rey continuó.

—La mayoría intenta hablarle cuando él desea callar.

Otros prefieren dejarlo completamente solo.

Ninguno de los dos extremos le hace bien.

Alexander escuchaba con atención.

—Por ello, desde hoy, además de continuar vuestra preparación, deseo que permanezcáis cerca del príncipe siempre que vuestras obligaciones lo permitan.

El silencio volvió a instalarse.

Alexander tardó unos segundos en responder.

—¿Como su escolta, Majestad?

El rey negó lentamente con la cabeza.

—Tiene suficientes hombres capaces de proteger su vida.

Hizo una breve pausa.

—Lo que no tiene... es alguien que permanezca cuando él decide alejar a todos los demás.

Alexander frunció apenas el ceño.

No estaba seguro de haber comprendido del todo aquellas palabras.

El rey, en cambio, parecía haber dicho exactamente lo que quería decir.

—No espero que resolváis sus problemas.

Ni que cambiéis quién es.

Solo deseo que cumpláis con vuestro deber.

Alexander inclinó la cabeza.

—Así lo haré, Majestad.

El rey lo observó unos instantes más.

Después habló con la misma calma de siempre.

—Muy bien.

Vuestra primera obligación comienza ahora mismo.

Alexander levantó la vista.

—El príncipe se encuentra en su lección de etiqueta.

Acompañadlo.

Aprended, si así lo deseáis.

Observad, si lo consideráis oportuno.

Pero permaneced cerca de él.

Alexander volvió a inclinar la cabeza.

—Como ordenéis, Majestad.

El rey hizo un leve gesto de despedida.

Alexander abandonó el despacho en silencio.

Mientras la puerta se cerraba a su espalda, no pudo evitar preguntarse por qué un hombre como el rey, capaz de prever cada movimiento sobre un campo de batalla...

había decidido confiarle una tarea tan extraña.

Custodiar al heredero era sencillo.

Comprenderlo...

era otra historia muy distinta.



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En el texto hay: principe, >#romancetrágico

Editado: 20.08.2026

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