La última noche en casa terminó demasiado pronto.
Alexander apenas sintió haber dormido cuando el primer resplandor del amanecer comenzó a teñir de gris las ventanas.
La casa permanecía en silencio.
Solo se escuchaba, de vez en cuando, el crujido de la madera y el canto lejano de los primeros pájaros.
Antes de partir...
Alexander se dirigió una vez más hacia la habitación de su madre.
Empujó la puerta con cuidado.
Ella ya estaba despierta.
Permanecía recostada entre las almohadas, mucho más pálida que unos días atrás.
La enfermedad avanzaba despacio.
Tan despacio que, a veces, parecía haberse detenido.
Pero siempre encontraba la manera de recordarles que seguía allí.
La tenue luz de la mañana apenas alcanzaba el borde de la cama.
Al verlo entrar, ella sonrió con esa dulzura tranquila que Alexander había conocido toda la vida.
Él respondió con una sonrisa discreta.
Se acercó despacio.
—¿Os he despertado?
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Hace rato que estoy despierta.
Alexander tomó asiento junto a la cama.
Durante unos instantes ninguno habló.
No hacía falta.
A veces, el silencio entre ellos era tan cómodo como una conversación.
Entonces ella levantó una mano con un pequeño esfuerzo.
Alexander comprendió el gesto de inmediato y se inclinó un poco hacia ella.
Sus dedos acariciaron lentamente la mejilla de su hijo.
Con la misma ternura de siempre.
Con el mismo cariño con el que lo consolaba cuando era un niño y regresaba a casa después de haberse caído jugando.
Alexander cerró los ojos apenas un instante.
Aquel gesto nunca había cambiado.
Y esperaba, en el fondo de su corazón, que nunca cambiara.
—Ya os marcháis... —murmuró ella.
—Debo regresar al palacio antes del mediodía.
Ella asintió despacio.
—El rey fue generoso al concederos estos días.
—Lo fue.
Guardaron silencio unos segundos más.
Después, ella volvió a hablar.
—Cuando regreséis la próxima vez...
espero encontraros menos cansado.
Alexander dejó escapar una risa baja.
—Eso intentaré.
Ella sonrió con un leve gesto de resignación.
—No.
Eso procuraréis hacerlo por vuestro padre.
Yo os pido que lo hagáis por vos mismo.
Alexander bajó la mirada.
Aquellas palabras encontraron un lugar silencioso dentro de él.
Tomó con cuidado la mano de su madre entre las suyas.
Cada día la sentía un poco más delgada.
Pero seguía transmitiéndole el mismo calor de siempre.
—Me cuidaré.
Ella lo observó unos segundos.
Como si intentara descubrir si aquella promesa era sincera.
Finalmente sonrió.
—Eso quería escuchar.
Alexander se inclinó y besó con cuidado su frente.
Ella volvió a acariciarle la mejilla una última vez.
—Marchad antes de que vuestro padre venga a buscaros él mismo.
Alexander dejó escapar una pequeña risa.
—Sería muy capaz.
—Lo conozco desde hace demasiados años como para dudarlo.
Aquella respuesta consiguió arrancarle una sonrisa un poco más amplia.
Una sonrisa verdadera.
Hacía tiempo que no compartían un momento tan tranquilo.
Alexander se incorporó despacio.
—Volveré pronto.
—Aquí os estaremos esperando.
Él hizo una leve inclinación de cabeza.
Después salió de la habitación con el mismo cuidado con el que había entrado, dejando la puerta apenas entornada.
La casa comenzaba a despertar poco a poco.
Y, aunque el permiso concedido por el rey había llegado a su fin...
Alexander se llevaba consigo algo que el castillo jamás podría ofrecerle.
La certeza de que, sin importar cuán frías fueran las murallas del palacio...
siempre habría un lugar al que llamar hogar.