Alexander recorrió los largos corredores del ala este del palacio siguiendo las indicaciones del mayordomo.
A medida que avanzaba, el castillo parecía cambiar de rostro.
Los pasillos cercanos al despacho del rey eran silenciosos.
Solemnes.
Allí todo parecía medido.
En cambio, aquella parte del palacio respiraba de otra manera.
Varias damas de compañía cruzaban los corredores conversando en voz baja.
Dos sirvientas transportaban cuidadosamente una bandeja con una tetera de porcelana y pequeñas tazas de plata.
El aroma a hojas de jazmín recién infusionadas flotaba en el ambiente.
Alexander continuó caminando hasta detenerse frente a unas puertas dobles de madera clara.
Desde el interior llegaban voces tranquilas.
Nada que ver con los gritos de la arena.
Un sirviente abrió discretamente una de las hojas.
—Podéis pasar.
Alexander asintió en silencio.
La estancia era amplia y luminosa.
La luz de la mañana atravesaba los grandes ventanales, iluminando varias mesas perfectamente preparadas.
Sobre ellas descansaban vajillas de porcelana, cubiertos de plata, manteles impecablemente planchados y delicadas teteras decoradas con motivos florales.
Varias jóvenes permanecían distribuidas alrededor de la sala.
Todas vestían con elegancia.
Algunas practicaban la forma correcta de caminar.
Otras ensayaban reverencias.
En el centro del salón...
estaba Leonel.
Vestía las habituales prendas blancas y doradas del heredero, aunque sin la capa ceremonial.
La corona descansaba sobre su cabeza, ligeramente ladeada, como ocurría casi siempre.
Frente a él permanecía una mujer de edad avanzada.
Su postura era recta.
Su voz, serena.
—Una vez más, Alteza.
Leonel tomó la tetera con ambas manos.
El movimiento era preciso.
Seguro.
Vertió el té lentamente dentro de una de las tazas.
La institutriz observó con atención.
Después sonrió apenas.
—Muy bien.
Ahora relajad un poco la muñeca.
El servicio debe parecer natural.
No mecánico.
Leonel volvió a intentarlo.
Esta vez el movimiento resultó mucho más fluido.
Una de las jóvenes sonrió con discreción.
—Muchísimo mejor.
La reacción fue casi imperceptible.
Pero ocurrió.
Leonel dejó escapar una pequeña sonrisa.
Breve.
Sincera.
No era la sonrisa educada que ofrecía durante las ceremonias.
Era distinta.
Más ligera.
Más joven.
Alexander permaneció inmóvil.
No supo exactamente por qué.
Solo descubrió que llevaba varios segundos observándolo.
Nunca lo había visto así.
En la arena siempre parecía contener la respiración.
Allí...
parecía respirar con normalidad.
La sonrisa desapareció casi tan rápido como había aparecido.
Leonel levantó la vista por casualidad.
Entonces reparó en Alexander.
La expresión serena volvió inmediatamente a su rostro.
No de manera fingida.
Simplemente...
era la que estaba acostumbrado a llevar.
Se acercó unos pasos.
—Habéis regresado.
—Sí, Alteza.
Leonel hizo un leve asentimiento.
—Su Majestad me ha dicho que permaneceréis conmigo mientras no tengáis otras obligaciones.
Alexander confirmó con la cabeza.
—Así es.
Hubo un breve silencio.
Leonel dirigió una mirada a la institutriz.
Después volvió hacia Alexander.
—Si vuestra obligación es acompañarme...
podéis quedaros.
Alexander dudó apenas un instante.
Aquello no parecía una invitación.
Tampoco una orden.
Era, sencillamente, un permiso.
—Con vuestro permiso, Alteza.
Leonel volvió junto a la mesa.
La institutriz retomó la lección con absoluta naturalidad.
—Un rey no solo gobierna con decretos.
También lo hace con sus modales.
La educación es una forma de respeto.
Incluso hacia aquellos que jamás volveréis a ver.
Leonel escuchaba con atención.
Aquello no era nuevo para él.
Llevaba años aprendiendo las mismas normas.
Pero cada detalle debía rozar la perfección.
Mientras tanto, Alexander observaba en silencio desde un extremo del salón.
Las jóvenes corregían la postura.
La forma de sostener una taza.
La manera adecuada de recibir a un embajador.
El orden exacto de los cubiertos.
La inclinación correcta de una reverencia.
Era un entrenamiento.
Tan exigente como el de la arena.
Solo que allí...
las armas eran otras.
Y, por primera vez desde que había llegado al castillo...
Alexander comprendió algo.
Él había conocido al príncipe en el lugar donde peor sabía desenvolverse.
Aquel salón, en cambio...
era el único campo de batalla donde Leonel parecía moverse sin miedo.
Y, aun así...
Alexander tuvo la extraña impresión de que ni siquiera allí se sentía verdaderamente libre.