La lección terminó poco después del mediodía.
La institutriz cerró lentamente uno de los pequeños cuadernos que había permanecido abierto sobre la mesa.
—Por hoy es suficiente, Alteza.
Leonel dejó la taza sobre el plato con cuidado.
—Gracias.
Las jóvenes comenzaron a levantarse.
Algunas recogieron sus guantes.
Otras acomodaron las faldas antes de abandonar la estancia.
Leonel permaneció unos segundos junto a la mesa.
Alexander seguía cerca de la puerta.
Había observado la clase en silencio durante todo aquel tiempo.
La institutriz se acercó al príncipe para corregir apenas la posición de uno de sus anillos.
—Recordad que la sencillez también puede ser elegante.
Leonel sonrió ligeramente.
—Lo intentaré.
—No lo intentéis, Alteza.
La mujer sonrió.
—Ya sabéis hacerlo.
Leonel dejó escapar una pequeña exhalación que casi pareció una risa.
Después volvió a colocarse completamente recto.
La expresión cambió.
Otra vez el príncipe.
Una doncella se acercó para anunciar:
—Su Majestad os espera en la sala privada.
Leonel asintió.
—Voy enseguida.
Miró entonces a Alexander.
—Podéis acompañarme.
Alexander hizo una leve inclinación de cabeza.
—Como ordenéis.
La sala privada del rey no era tan grande como el salón del trono.
Quizá por eso resultaba más incómoda.
No había largas distancias que permitieran esconder silencios.
El rey estaba sentado junto a una mesa cubierta de documentos.
Frente a él se encontraban dos consejeros.
Y, junto a una de las ventanas, estaba Laila.
Su padre permanecía a su lado.
Leonel entró y se detuvo a la distancia acostumbrada.
—Padre.
El rey levantó la mirada.
—Siéntate.
Leonel obedeció.
Alexander permaneció detrás, junto a la puerta.
Laila lo observó apenas un instante antes de volver su atención hacia el rey.
—Como decía —continuó uno de los consejeros—, sería conveniente comenzar a cerrar algunos detalles antes de que llegue la fecha.
Leonel bajó la mirada hacia los documentos.
—¿Qué detalles?
—La celebración de vuestro decimoctavo cumpleaños.
Pausa.
—Y los acontecimientos posteriores.
Leonel no respondió.
Ya sabía a qué se refería.
El consejero continuó:
—La ceremonia deberá coincidir con la presentación oficial de vuestro compromiso.
Laila permaneció en silencio.
Su rostro no mostró sorpresa.
Tampoco incomodidad.
Parecía haber esperado aquella conversación.
El rey deslizó uno de los documentos sobre la mesa.
—Se han considerado varias posibilidades para las vestiduras.
Leonel observó las muestras de tela que descansaban junto a los papeles.
Blanco.
Azul oscuro.
Dorado.
Rojo profundo.
Los miró unos segundos.
—El azul.
El rey levantó apenas la mirada.
—¿Por qué?
Leonel tardó un momento en responder.
—Es más discreto.
Uno de los consejeros sonrió con cierta incomodidad.
—Alteza, quizá para una celebración de semejante importancia convendría algo más...
—Dorado —interrumpió el rey.
Leonel guardó silencio.
El consejero asintió de inmediato.
—Por supuesto.
Laila observó al príncipe.
No dijo nada.
Pero había algo en sus ojos.
No burla.
No exactamente.
Parecía estar estudiándolo.
El rey continuó hablando sobre invitados, ceremonias y alianzas.
Leonel escuchó.
Respondió cuando era necesario.
Asintió cuando correspondía.
No discutió.
No protestó.
Pero Alexander, desde el fondo de la sala, comenzó a notar algo.
Cada vez que alguien decía rey, Leonel se quedaba un poco más quieto.
Cada vez que mencionaban matrimonio, sus dedos se cerraban ligeramente sobre el brazo de la silla.
Y cuando hablaban de su futuro...
parecía que hablaban de otra persona.
Como si estuvieran organizando la vida de alguien a quien él todavía no conocía.
La reunión terminó una hora después.
Leonel salió primero.
Alexander lo siguió.
Durante varios pasos ninguno dijo nada.
El corredor estaba casi vacío.
La luz de la tarde atravesaba los ventanales y dibujaba largas franjas sobre el suelo de piedra.
Leonel caminaba lentamente.
Demasiado lentamente para alguien que normalmente parecía conocer cada rincón del palacio.
Entonces se detuvo.
Alexander hizo lo mismo.
Leonel miró su mano derecha.
El sello del rey descansaba en uno de sus dedos.
Lo observó durante unos segundos.
Después comenzó a girarlo lentamente.
Alexander no dijo nada.
Leonel terminó quitándoselo.
Lo sostuvo entre los dedos.
El metal llevaba grabado el emblema de la corona.
Alexander lo había visto muchas veces.
Pero nunca había visto al príncipe mirarlo de aquella manera.
—¿Ocurre algo, Alteza?
Leonel tardó en responder.
—No.
La palabra salió demasiado rápida.
Después bajó nuevamente la mirada hacia el sello.
—Solo estaba pensando.
Alexander esperó.
Leonel giró el anillo entre sus dedos.
—¿Sabéis qué es lo extraño?
—¿Qué?
—Que llevo toda mi vida viendo esto en mi mano.
Levantó ligeramente el sello.
—Y nunca me había preguntado cuándo dejaría de ser mío.
Alexander frunció apenas el ceño.
—¿No es vuestro?
Leonel sonrió.
Pero no era una sonrisa alegre.
—No realmente.
Guardó el sello en la palma.
—Pertenece a la corona.
Una pausa.
—Y algún día la corona pertenecerá a alguien más.
Alexander lo observó en silencio.
—¿No queréis ser rey?
Leonel levantó la mirada.
Durante unos segundos pareció considerar la pregunta.