El secreto del príncipe Heredero

Una broma

La mañana había avanzado cuando Leonel abandonó finalmente el salón de etiqueta.

Las lecciones habían terminado.

Pero las obligaciones del día no.

Apenas había cruzado el corredor cuando un sirviente se acercó para anunciarle que el general Óscar lo esperaba en el patio de entrenamiento.

Leonel cerró los ojos durante un instante.

La arena.

Otra vez.

—Entiendo.

No preguntó cuánto duraría.

Probablemente no quería saberlo.

Alexander se encontraba unos pasos detrás.

Había escuchado la misma indicación.

El rey había sido claro con él.

Mientras permaneciera en el palacio, su deber consistía en acompañar al príncipe y procurar que nada le ocurriera.

No sabía exactamente en qué momento aquella responsabilidad había dejado de parecerle una simple orden.

Pero tampoco se detuvo a pensarlo.

Siguió a Leonel.

El patio de entrenamiento estaba menos concurrido que durante las pruebas.

Aun así, varios caballeros permanecían allí.

El general Óscar esperaba en el centro.

Su mirada pasó primero por Alexander.

Después por Leonel.

—Alteza.

Leonel hizo una leve inclinación de cabeza.

—General.

Óscar señaló las espadas de práctica.

—Hoy no trabajaremos fuerza.

Leonel pareció respirar un poco mejor.

—Trabajaremos defensa.

Aquello cambió poco.

Pero al menos no tendría que comenzar atacando.

Leonel tomó una espada.

La sostuvo con ambas manos.

Esta vez no parecía completamente seguro.

Pero tampoco retrocedió.

Alexander permaneció a un lado, observando.

Óscar se colocó frente al príncipe.

—Posición.

Leonel obedeció.

—Pies separados.

Corrigió la postura.

—No miréis la espada. Mirad a vuestro oponente.

Leonel levantó la vista.

El general avanzó lentamente.

Un golpe.

Leonel bloqueó.

Otro.

Retrocedió.

Un tercero.

La espada de práctica chocó contra la suya y el impacto hizo que sus brazos temblaran.

Pero no soltó el arma.

Óscar se detuvo.

—Otra vez.

Leonel respiró profundamente.

Volvió a colocarse en posición.

Esta vez el golpe llegó desde otro ángulo.

Leonel lo bloqueó.

Retrocedió un paso.

Esperó.

Y cuando llegó el siguiente...

no intentó detenerlo con fuerza.

Giró la muñeca.

Desvió la espada.

El golpe pasó junto a él.

Óscar permaneció inmóvil unos segundos.

—Mejor.

Leonel bajó apenas la espada.

No sonrió.

Pero algo parecido al alivio cruzó su rostro.

Desde uno de los extremos del patio, un caballero murmuró:

—Al menos hoy no ha caído.

Otro respondió con una risa baja.

—Dad tiempo.

Leonel escuchó.

Alexander también.

El príncipe apretó ligeramente los dedos alrededor de la empuñadura.

No respondió.

Óscar tampoco.

Simplemente levantó nuevamente la espada.

—Continuad.

Y Leonel continuó.

La práctica se prolongó durante un buen rato.

No llegó a dominar los movimientos.

Ni siquiera estuvo cerca.

Pero tampoco volvió a quedarse completamente paralizado.

Había aprendido algo sencillo:

No necesitaba vencer el golpe.

Solo necesitaba evitar recibirlo.

Alexander comenzó a notarlo.

Leonel observaba.

Esperaba.

Y cuando encontraba el momento adecuado, se apartaba.

No luchaba como los demás.

No buscaba imponerse.

Parecía más interesado en sobrevivir al movimiento que en vencerlo.

Quizá por eso...

cuando terminó el ejercicio, seguía de pie.

Óscar bajó la espada.

—Suficiente.

Leonel dejó escapar lentamente el aire que había estado conteniendo.

Bajó el arma.

Sus manos temblaban ligeramente.

Alexander lo vio.

Pero no dijo nada.

Leonel tampoco.

Más tarde, cuando abandonaron el patio, caminaron por uno de los corredores exteriores.

Leonel permaneció en silencio durante varios pasos.

Finalmente miró sus propias manos.

—He sido menos torpe que ayer.

Alexander giró ligeramente el rostro hacia él.

—Sí.

Leonel lo observó.

—Habéis respondido demasiado rápido.

—Porque es cierto.

El príncipe pareció considerar aquello.

—Habéis mejorado.

Alexander dejó escapar una pequeña sonrisa.

—No os acostumbréis.

El tono fue ligero.

Respetuoso.

Nada en su expresión pretendía burlarse de él.

Leonel tardó apenas un instante en comprenderlo.

Y entonces sonrió.

No fue la sonrisa educada de las ceremonias.

Ni aquella pequeña expresión que había aparecido durante la clase de etiqueta.

Fue simplemente una sonrisa.

Breve.

Real.

Alexander la observó durante un segundo más de lo necesario.

No supo por qué.

Solo supo que volvió a reconocerla.

La misma que había visto aquella mañana.

La que parecía aparecer únicamente cuando Leonel olvidaba, aunque fuese durante unos segundos, que alguien esperaba algo de él.

Alexander apartó finalmente la mirada.

—Deberíais descansar.

Leonel arqueó una ceja.

—¿Eso es una orden?

—No me atrevería.

La sonrisa del príncipe permaneció un instante más.

Después desapareció.

Pero esta vez no pareció esconderla.

En otra parte del palacio, Laila se encontraba frente a una ventana abierta.

Su padre permanecía detrás de ella.

Sobre la mesa había varios documentos relacionados con los preparativos de los próximos meses.

—El rey está acelerando los preparativos —dijo él.

Laila tomó uno de los documentos.

Lo recorrió con la mirada.

—¿Para el cumpleaños del príncipe?

—Para todo lo que vendrá después.

Ella permaneció callada.

—Cuando Leonel herede el trono —continuó su padre—, muchas decisiones cambiarán de manos.



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En el texto hay: principe, >#romancetrágico

Editado: 27.08.2026

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