—Creo que todo esto no es buena idea —afirma Milán mientras ambos miramos al chico.
Lo acostamos en el sillón, sigue inconsciente y sangrando; aunque menos, la luz me permite verlo mejor. Es un chico alto y delgado, piel blanca y pelo castaño claro, tienes las puntas del pelo de color rojo, un rojo un poco pálido. Sus ojos están cerrados así que no puedo ver de qué color son, pero muero por saberlo.
—Insisto en que esto está muy mal Alana. No sabemos quién es y está herido, no quiere ir al hospital ni que llamemos a la policía, es obvio que es un criminal. —insiste Milán, cada vez más alterado.
—No seas tan paranoico.
—Sabes que tengo razón, cuando descubramos que es un asesino te gritare ''Te lo dije''.
Abro la boca para decirle algo, pero en realidad tiene razón, nos estoy arriesgando solo por... Nada.
—Alana...
Los dos nos volteamos de golpe hacia el chico moribundo. Ya está consciente, pero no está bien. Intenta levantarse, pero la herida en el abdomen se lo impide y suelta un gruñido de dolor. Al fin puedo ver sus ojos, son cafés, bastante normales, comunes, pero hay algo en ellos que hace que no pueda apartar la vista de él. En realidad, todo en el magnético, o al menos para mi.
—¿Qué dijiste? —pregunta Milán.
—Necesito encontrar a Alana —vuelve a susurrar el chico.
—¿Para qué? —ahora soy yo la que pregunta. No lo conozco, estoy segura.
Él abre la boca para hablar, pero sus palabras quedaron ahogadas cuando cerró los ojos de nuevo.
—¿De dónde lo conoces? —Milán me mira preocupado.
—No lo conozco. —Milán me mira como si no me creyera —De verdad, Milán, lo recordaría, míralo.
—Eso solo me preocupa más, Alana.
—Lo sé, a mi también.
—Entonces saquemoslo de tu casa, entreguemos a la policía.
—No. No, él necesita hablar conmigo, podría ser algo importante.
—No es buena idea. Tal vez quiera hablar contigo porque serás su próxima víctima. No lo conocemos.
—Eso no es cierto y lo sabes, además, es como si fuera un regalo de cumpleaños, de alguna forma.
Milán me mira raro. Sé que sonó mal, pero no me molesto en rectificar. La vida en Blood Tower es muy aburrida, es un pueblo chico en donde nunca pasa nada. Hoy es mi cumpleaños y este chico herido me busca. Es algo muy raro, es mi regalo de cumpleaños. De alguna forma retorcida, supongo.
—Llegamos —anuncia Yana y deja la bolsa en el sillón, al lado del chico.
—¿Ya despertó? —pregunta Agnessa mientras va a la pequeña cocina.
—No
—Si —dice Milán al mismo tiempo que yo.
Milán me ve con una ceja levantada y Agnessa y Yana se limitan a mirarnos raro.
—No, no ha despertado. —insisto, dedicando una mirada a Milán para que me siga la corriente.
—De hecho, si despertó, y solamente susurro el nombre de Alana.
—¡Milán!
—¿Qué? Merecen saber la verdad, y todos tenemos que averiguar que quiere.
—Bien. Tenemos que curarlo o morirá desangrado —dice Yana para liberar la tensión.
—Yo no sé hacerlo —digo de inmediato y todos volteamos a ver a Agnessa.
—¿Por qué yo? Si la que sabe sobre eso es mi madre —se queja —Además, no me gusta la sangre.
Milán me mira.
—Bien, lo haré yo, pero tú me guiarás —dice firmemente y se dobla las mangas de su sudadera.
Agnessa asiente y Milán toma la bolsa que trajeron.
—Lo primero es desinfectar la herida. —le dice Agness y Milán lo hace. —Bueno, si la herida es grande y profunda necesitará que la sutures.
—¿Y yo cómo sé si es grande y profunda? —pregunta Milán mientras examina torpemente la herida.
—Déjame ver —lo aparto y hago una mueca al ver la herida. Definitivamente es profunda. Mide al menos tres centímetros de largo y está super roja. Me aparto enseguida. —Si, eso necesita que lo cosas.
—Pero yo no sé coser —dice de inmediato con miedo.
—No importa, yo te digo como. —dice Yana mientras Agnessa prepara la aguja y el hilo.
Milán encaja la aguja por primera vez en la carne del chico y escuchamos un gruñido antes de que mi amigo sea lanzado hasta la pared. El chico se mira la herida y por ende la aguja encajada. Milán se queja y Yana y Agness van a ayudarlo.
—Eso duele —dice el chico.
—Es normal, pero es necesario, necesitamos curarte —insisto. Él me mira con las cejas fruncidas.
—Yo necesito conocer a Alana. —se levanta del sillón y rápidamente lo vuelvo a sentar.
—¿Para qué la buscas?
—¿La conoces?
—Si.
El chico inclina su cabeza, me está analizando y eso me pone nerviosa.
—¿Tú eres Alana?