El secreto del rey demonio [boys Love]

Capítulo 14

Cuando de repente los cielos hicieron un gran ruido, un estruendo antinatural, como si algo invisible hubiera atravesado el aire a una velocidad imposible. No fue un trueno ni el rugido lejano de una bestia; fue más bien un desgarrón, un lamento del cielo mismo, como si algo hubiera perforado su piel.

Los tres alzaron la vista casi al mismo tiempo.

No tardaron mucho en ver quién era.

Zyran.

Venía cayendo sin control, su cuerpo envuelto en un torbellino de aire violento, cubierto de sangre de pies a cabeza. La tela blanca de su ropa estaba teñida de rojo oscuro, endurecida en algunas partes, fresca en otras. No sabían distinguir si aquella sangre era suya o de alguien más… y, de algún modo, ninguno quiso saberlo.

—¿Qué diablos? ¿No te dijimos que te largaras? —habló Arzhel, con la voz cargada de incredulidad y una rabia que nacía más del enojo.

Pero Zyran no respondió.

Simplemente cayó.

Su cuerpo impactó contra el suelo con un estruendo seco, brutal, un sonido que hizo vibrar la tierra bajo sus pies. No hubo intento de amortiguar la caída, ni reflejo alguno. El hombre quedó inmóvil, tirado de lado, como una muñeca abandonada. El silencio que siguió fue incómodo, pesado.

Dairan se acercó de inmediato. Se arrodilló junto a él y, con dos dedos, buscó su cuello. Su piel estaba fría, más de lo normal, y la sangre hacía que el contacto resultara desagradable. Pasaron uno, dos segundos eternos… hasta que lo sintió.

Un pulso débil, pero constante.

—¿Está vivo? —preguntó Emris, con la voz temblorosa, sin atreverse a acercarse demasiado.

—Sí —respondió Dairan—. Solo agotó toda su energía. Pero despertará.

—¿Qué debemos hacer? —hablo Emris

—Creo que las cosas no salieron bien para él… carguémoslo —habló Dairan, observando el estado en el que se encontraba.

Arzhel soltó una risa corta, cansada.

—¿Para qué cargarlo si podemos arrastrarlo? —habló, medio en broma, medio en serio.

Dairan suspiró profundamente. Sentía el cuerpo pesado, los músculos tensos, la cabeza todavía nublada. Él tampoco estaba completamente recuperado; casi había agotado toda su energía durante la noche y no había podido descansar. Cada movimiento le recordaba ese desgaste. Por eso propuso quedarse ahí hasta que el hombre despertara. No era solo por Zyran… también lo necesitaba él.

Zyran no despertó hasta que pasaron ocho largas horas.

Ocho horas lentas, silenciosas, interrumpidas solo por el viento, por el crujir ocasional de ramas y por la respiración irregular del hombre inconsciente. Aun así, no fueron en vano, ya que Dairan también pudo descansar un poco, recostándose contra una roca, dejando que el cansancio lo arrastrara a un sueño inquieto.

Cuando finalmente pasaron las ocho horas, el hombre vestido de blanco abrió los ojos de golpe, como si despertara de una pesadilla.

—Señor Zyran, ¿está bien? —preguntó Emris, acercándose con cautela.

Zyran parpadeó varias veces, enfocando la vista. Luego miró alrededor, visiblemente molesto.

—¿Qué diablos hacemos aquí sentados? Debemos salir de este lugar —habló Zyran, intentando incorporarse.

—Estabas inconsciente —respondió Arzhel.

—Eso lo sé, pero pudieron cargarme.

—O arrastrarte.

—Basta de pelear —intervino Dairan—. ¿Por qué regresaste?

Zyran se quedó en silencio un instante. Luego soltó un largo suspiro, de esos que parecen vaciar el pecho, y se sentó con dificultad.

—Llegué demasiado tarde —dijo finalmente—. Esos infelices ya destruyeron todo. El reino fue destruido; no les importó si era gente inocente, solo los masacraron.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas como ceniza.

—¿Les entregaste el arma? —habló Dairan, sin rodeos.

Zyran rebuscó entre sus ropas ensangrentadas. Sus dedos temblaban ligeramente cuando la sacó y la sostuvo frente a ellos.

—Esta arma es la única esperanza de la humanidad —dijo—, pero… pensé hacer que se pelearan por ella…

—¿Pero? —preguntó Dairan, sintiendo que algo no encajaba.

—No sé de dónde sacaron tanta información, que cuando se las lancé se negaron a tomarla y procedieron a atacarme. Me dijeron que sabían que el arma incompleta no valía nada, que necesitaban a Emris.

Emris escuchó su nombre y, en ese mismo instante, todo se volvió negro. Sus piernas cedieron y cayó al suelo. Dairan reaccionó rápido, acercándose y sosteniéndolo antes de que se golpeara la cabeza.

—Tranquilo… respira —murmuró, ayudándolo a reaccionar.

Zyran continuó, con el ceño fruncido.

—Pero tenemos otro problema: el reino de los elfos se ha unido.

—¿Desde cuándo los elfos y los humanos se llevan bien? —habló Arzhel, incrédulo.

—Ahora solo falta que los demonios se unan —murmuró Dairan.

—No, Dairan, no te confundas —respondió Arzhel—. Los demonios, aunque son demonios, no participan en estas cosas. Además, desde hace veinte años no han salido de su isla.

Los demonios no vivían en tierra firme. Vivían muy alejados de toda civilización humana o élfica, o en general del continente: una isla muy lejana, aislada, rodeada por un mar traicionero. La única manera de entrar era por barco, aunque había otra forma… pero solo en invierno, cuando el mar se congelaba y creaba un paso natural. Muchos decían que esa era la razón por la que habían durado tanto: porque casi todos los odiaban, pero no los podían atacar.

—Volví porque tengo un plan. Sé cómo salvar a Emris —habló Zyran.

La frase cayó como un rayo.

Todos lo miraron sorprendidos, incluso Arzhel.

—Sé de un lugar donde estos tipos no se atreverán a atacar —habló Zyran.

—¿Y dónde se supone que es? —preguntó Arzhel.

—Donde vive el último dios.

Dairan estaba sorprendido.

El último dios.

La idea le cayó encima como una piedra fría. Se suponía que todos habían muerto hacía décadas, borrados de la historia después de que los demonios los masacraran sin piedad. No fue una guerra justa ni un castigo divino: fue venganza pura. Los dioses habían matado a la esposa del rey demonio de esa época, y el precio había sido absoluto. Ningún templo quedó en pie. Ningún nombre sobrevivió sin convertirse en leyenda. Pensar que uno seguía vivo era casi una blasfemia… o una esperanza peligrosamente frágil.




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