El secreto del rey demonio [boys Love]

Capítulo 15

Zyran había dicho que era hora de seguir. Según él, era el mejor momento, el único momento posible, como si tuviera un reloj interno que nadie más podía ver. Arzhel, fiel a su costumbre, lo cuestionó de inmediato, con ese tono suyo que mezclaba desafío y cansancio. Pero no recibió ninguna respuesta clara, solo una contestación cargada de sarcasmo, de esas que no explican nada y lo empeoran todo.

—Si quieres, puedes quedarte. No necesito que me acompañes.

Dairan solo rodó los ojos. Ya estaba acostumbrado a esas discusiones sin sentido, a ese choque constante entre ambos. Sin embargo, mientras caminaban, empezó a notar algo extraño en el rumbo que tomaban: el terreno comenzaba a elevarse de manera evidente. No era una colina cualquiera. Estaban subiendo montañas.

Poco a poco, el camino se volvió más rocoso, más estrecho, más empinado. Las piedras sueltas se deslizaban bajo sus pies, obligándolos a avanzar con cuidado. Incluso Dairan, que no solía quejarse, pensó que era difícil caminar allí. El aire se volvía más frío, más delgado.

Emris se quedaba atrás.

Cada vez avanzaba menos, respiraba con dificultad, y eso no tardó en irritar a Zyran, que no disimulaba su molestia.

Dairan decidió detenerse. Encendió una fogata, sabiendo que pronto se haría de noche. Aunque esa no era la verdadera razón. La verdadera razón era Emris. El niño había empezado a sentirse mal debido a la altura, con el rostro pálido y los labios apretados.

—No avanzamos nada por culpa de su mocoso —gruñó Zyran.

Arzhel se llevó dos dedos a la sien, masajeándola con paciencia forzada. Recordó las palabras de Dairan: no malgastes tu energía. Tragó saliva.

—Iré a ver si hay algo que se pueda cazar —habló Arzhel, alejándose un poco del ambiente tenso. —Está bien, te espero con el fuego —respondió Dairan.

Ambos se regalaron una sonrisa cómplice. Fue breve, casi imperceptible, pero cargada de significado. Algo silencioso, íntimo. Al parecer, al amargado de Zyran aquello le molestó.

—Tu tráeme conejos —añadió—, tengo hambre de eso.

Arzhel estuvo a punto de girarse y enfrentarlo, pero Dairan lo detuvo apoyando suavemente su mano en su brazo. El gesto fue tranquilo, pero firme.

—No le hagas caso. Trae lo que puedas.

Arzhel pareció olvidar por completo la presencia de Zyran. Asintió y se fue, casi ligero de pasos, como si el simple hecho de alejarse ya le devolviera algo de paz.

Después de unos minutos, Dairan logró encender el fuego. Las llamas crepitaron, pequeñas pero constantes. Emris se acercó, tiritando un poco, y colocó las manos cerca del calor, suspirando al sentirlo.

—¿Ya te sientes mejor? —preguntó Dairan, observándolo con atención.

Emris asintió suavemente.

Dairan apoyó su mano en el hombro del niño. El contacto fue firme, protector.

—Si empiezas a sentirte mal, no dudes en decirlo.

—Sí.

No pasó mucho tiempo antes de que Arzhel regresara, con un par de aves colgando de sus manos.

—¿Sabes pelar aves? —le preguntó Dairan a Emris.

El menor asintió. Arzhel le pasó algunas con naturalidad. Luego le dio unas a Dairan y otras a Zyran.

—¿Crees que yo voy a…? —empezó Zyran, indignado.

—Si no las pelas, no comes —lo interrumpió Arzhel, sin mirarlo siquiera.

—¿Cómo te atreves a tratarme así? Yo soy mayor que tú, podría ser tu abuelo.

—Un viejo peleando con un joven… qué vergüenza —comentó Dairan, sin levantar la vista.

Arzhel soltó una risa baja y se sentó al lado de Dairan para empezar a desplumar las aves. Se sentó tan cerca que sus hombros casi se tocaban, compartiendo el calor del fuego.

—Si quieres, puedo hacer tu parte —le susurró Arzhel a Dairan.

Dairan sonrió. Era una sonrisa distinta, una que solo aparecía cuando estaba con él. Pero antes de que pudiera responder, Zyran volvió a interrumpir.

—Si te gusta desplumar aves, haz las mías.

—Si fueras una belleza, lo haría —respondió Arzhel—, pero no lo eres.

Zyran se indignó. Apretó la mandíbula. Pero no dijo nada más. Se limitó a terminar de pelar su ave en silencio, con movimientos bruscos.

Cuando acabaron, los cuatro colocaron las aves en un palo improvisado cerca del fuego. El olor comenzó a llenar el aire, mezclándose con el humo y el frío de la montaña.

—A pesar de la situación, me gusta estar aquí —dijo Arzhel, observando las llamas—. Viajar con la persona que quiero y disfrutar de una comida sencilla al aire libre…

Dairan soltó una leve risa y lo miró de reojo. Había un brillo cálido en sus ojos.

—No pensé que a un hombre como tú le gustaran este tipo de cosas.

—¿Un hombre como yo?

—Un noble o algo así —respondió Dairan, aunque ya sabía la verdad y aún no quería revelarla.

—A veces es bueno salir de la rutina —dijo Arzhel, mirándolo directamente.

Zyran soltó un bufido molesto.

—Dejen de coquetear frente a mí.

—¿Envidia? —respondió Arzhel—. Seguro nunca nadie se ha enamorado de ti, y no los culpo con esa actitud de mierda y superioridad que tienes.

La expresión burlona de Zyran desapareció.

Por un instante, solo por uno, parecía recordar algo doloroso. Algo viejo.

—Cállate… —murmuró— no sabes nada.

El fuego siguió crepitando, ajeno a todo.

Zyran no volvió a hablar a partir de ahí. Su silencio fue pesado, casi incómodo, pero nadie intentó romperlo. Cuando las aves estuvieron listas, se dispusieron a comerlas, sentados alrededor del fuego que crepitaba suavemente bajo el cielo oscuro de la montaña.

—¿Qué te parece esta ave silvestre? —preguntó Arzhel, dirigiéndose a Emris con una expresión curiosa.

Emris dio un par de mordidas más, masticó con cuidado y luego respondió, sincero:

—Es… extraña.

Arzhel soltó una pequeña risa.

—¿Y a ti, Dairan?

—Sí —admitió—, está un poco extraña.

—No te preocupes. Cuando bajemos de esta montaña y encontremos un pueblo, te compraré todo lo que quieras.




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