El secreto del rey demonio [boys Love]

Capítulo 16

Arzhel sacó su abanico con un movimiento lento, casi ceremonioso, como si aquel gesto pudiera espantar al peligro solo por existir. El metal frío del arma reflejó la escasa luz que lograba atravesar la neblina, y durante un segundo el brillo pareció moverse de forma antinatural. Se colocó en guardia, los pies bien plantados en el suelo húmedo, el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante.

Zyran hizo lo mismo, adelantándose apenas un paso. Preparó su paraguas con una expresión tensa, ajustando el agarre como si esperara que algo intentara arrancárselo de las manos. El silencio que se formó alrededor fue espeso, incómodo, de esos que hacen que incluso la respiración suene demasiado fuerte. Solo se escuchaba el leve goteo del lodo y el viento colándose entre las rocas.

Pasaron minutos. Minutos largos. Demasiado largos.

Nada ocurrió.

Emris, que ya tenía los nervios hechos trizas, creyó que el peligro había pasado. Pensó que quizá todo había sido producto de su imaginación, de su miedo, de la tensión acumulada. Dio un paso al frente, pequeño, inseguro, casi tímido.

En ese mismo instante, la tierra bajo sus pies estalló.

No fue un ruido seco ni limpio. Fue un rugido subterráneo, profundo, como si algo gigantesco hubiera despertado furioso bajo la montaña. El suelo se abrió con violencia y los cuatro salieron despedidos por los aires. El mundo giró. El cielo, la niebla y las rocas se mezclaron en una masa confusa.

Dairan supo de inmediato que aquello no era una explosión común. No olía a pólvora ni a magia pura. Olía a tierra mojada, a podredumbre antigua. Cuando logró girar el cuerpo y mirar hacia abajo, lo vio.

Un enorme agujero se abría en el suelo, negro, profundo, como la boca de un abismo. Y dentro de él se retorcía una criatura blanca, alargada, grotesca. Parecía un gusano gigantesco, pero su piel no era blanda: estaba cubierta de energía que pulsaba, brillando débilmente, como venas vivas bajo una membrana traslúcida. Su boca se abría y cerraba de forma errática, mostrando filas de púas afiladas, húmedas, diseñadas claramente para triturar carne.

—¡Cuidado! ¡Es una lombriz del pantano! ¡Son carnívoras! —gritó Zyran.

Abrió su paraguas con brusquedad. De él emanó una luz intensa, casi cegadora, que bañó el terreno de un resplandor antinatural. La criatura siseó, retrocediendo, hundiéndose parcialmente en el agujero, como si la luz la quemara.

—¿Una lombriz del pantano? —preguntó Arzhel, sin poder ocultar la incredulidad.

—¿Acaso nunca las has visto? —respondió Zyran, sin apartar la vista del agujero.

—Claro que no. No me meto en lugares tan repugnantes como estos. Solo mira mi ropa, está toda manchada de lodo.

No tuvieron tiempo de seguir discutiendo.

La criatura volvió a emerger con violencia, rompiendo el suelo bajo ellos como si fuera papel húmedo. El impacto levantó barro y piedras. Dairan alcanzó a ver cómo Emris salía volando y caía de lleno en el lodo, desapareciendo casi hasta la cintura con un sonido húmedo y desagradable.

—¿Qué pasó? Creí que mi luz cegadora la haría retroceder —dijo Zyran, irritado.

—Solo la enfureció más —respondió Dairan, con los dientes apretados.

Dairan se lanzó contra la criatura, haciendo chasquear su látigo con fuerza. El sonido cortó el aire como un latigazo real, seco, amenazante. Pero antes de que pudiera alcanzarla, una segunda lombriz emergió a su lado, tan cerca que pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

No tuvo tiempo de reaccionar.

Arzhel intervino de inmediato. Agitó su abanico con un movimiento amplio, casi violento. El aire respondió al instante, formando una corriente brutal que empujó a ambas criaturas lejos del grupo. Las lombrices se estrellaron contra el suelo y volvieron a enterrarse, haciendo vibrar la tierra.

—¡Debemos escalar! ¡No tardarán en volver! —advirtió Arzhel.

Los cuatro asintieron y comenzaron a correr hacia el acantilado, resbalando, hundiendo los pies en el barro. Pero al llegar, se detuvieron en seco.

No había forma de subir.

El barranco había desaparecido. En su lugar, se alzaban enormes pilares de roca que sostenían la montaña como huesos gigantes. Eran irregulares, húmedos, imposibles de escalar sin caer.

—¿Qué tal si saltamos y vemos hasta dónde llegamos? —propuso Zyran, aunque su voz carecía de convicción.

—Pero no podemos ver la montaña —replicó Arzhel—. No lograremos saltar lo suficiente.

Zyran lo sabía. No dijo nada.

Entonces volvieron a escuchar aquel sonido.

Esta vez no era uno solo.

Venía de varias direcciones.

El suelo vibró levemente. Zyran se adelantó y abrió su paraguas de par en par. Una energía extraña brotó de él, expandiéndose hasta formar un escudo translúcido frente al grupo. Las lombrices del pantano chocaron contra la barrera con violencia, una tras otra, produciendo golpes sordos, viscosos.

Se ocultaron de nuevo bajo tierra.

Pero los sonidos no desaparecieron.

Seguían ahí. Rodeándolos.

Un segundo después, atacaron de nuevo. Esta vez con más fuerza. El impacto sacudió el escudo y Zyran se tambaleó, retrocediendo un paso.

—¡Debemos pensar en algo rápido! —gruñó, apretando los dientes—. O estas criaturas del demonio nos van a comer.

La montaña parecía observarlos, esperando pacientemente su error.

Dairan y Arzhel se miraron apenas un segundo, pero en ese segundo pasó demasiado. Pensaron en huir, en escalar, en saltar al vacío, en cualquier cosa que no implicara quedarse ahí. Pero no había salida. El sonido bajo tierra seguía moviéndose, rodeándolos, como si el suelo respirara con hambre.

No quedaba otra opción más que pelear.

—Yo… tengo una idea —habló Emris.

La voz del niño sonó más fuerte de lo que esperaba, temblorosa pero decidida. Los tres mayores se giraron de inmediato hacia él, casi al mismo tiempo.

—¿Y si usamos la explosión que hice antes debajo de uno de los pilares?




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