Dairan iba a continuar, las palabras ya formándose en su garganta como un reflejo inevitable, cuando el aire mismo pareció encogerse, como si el mundo contuviera la respiración.
De repente, un fuerte estruendo hizo temblar todo el lugar.
No fue solo un sonido: fue una sacudida profunda, primitiva, que recorrió las paredes de la cueva y se metió en los huesos, como si algo enorme hubiera golpeado la tierra desde dentro.
—¿Qué fue eso? —preguntó Emris, alarmado.
Su voz salió más aguda de lo normal, casi infantil, y rebotó contra la piedra húmeda antes de apagarse.
—Se atrevieron a atacar este lugar —respondió Arzhel con el ceño fruncido.
Había algo en su expresión que iba más allá del enfado: una certeza antigua, amarga, como si siempre hubiera sabido que este momento llegaría.
Dairan respiró hondo, llenando sus pulmones de aire frío y cargado de polvo, apartó la mirada de Zyran y miró a Arzhel y a Emris.
El silencio entre ellos duró apenas un parpadeo, pero se sintió largo, espeso, peligroso.
—Debemos salir de aquí.
Los dos asintieron y comenzaron a irse, con pasos rápidos pero contenidos, como animales que saben que correr demasiado pronto puede ser fatal, pero el hombre de la espada lanzó su arma frente a ellos, deteniéndolos.
El metal chocó contra el suelo de piedra con un sonido seco, definitivo, como un punto final.
—No fuimos buenos gobernantes. Nos merecimos la aniquilación —dijo con voz grave—. Vine a este lugar por la culpa que sentía. Muchas vidas inocentes se perdieron por mi mano. Pero este chico, Zyran, no es como yo. Él siempre estuvo en contra de mis acciones…
Mientras hablaba, su mirada no tembló ni un segundo, pero en sus ojos había algo roto, algo que no podía repararse ni con mil años de arrepentimiento.
De repente, otra explosión sacudió la cueva.
El suelo crujió, pequeñas piedras cayeron del techo y el polvo se levantó en una nube espesa que ardía en la garganta.
—Intentaré detenerlos para que ustedes puedan huir —continuó—, porque sé que no respetarán mi autoridad y nos atacarán de todas formas.
Dairan no iba a darle las gracias, y el hombre lo sabía.
Eso flotó entre ambos como una verdad incómoda, pesada, imposible de negar.
—¿Cuál es tu nombre, niño? —preguntó, mirando a Emris.
—Emris…
La respuesta salió casi en un susurro, como si decir su propio nombre en ese momento lo hiciera más real… y más vulnerable.
—Toma esta espada. Te ayudará a protegerte. Y tú, Zyran… actúa por primera vez como un dios y ayúdalos a escapar. Intenta expiar un poco nuestros pecados.
Zyran levantó la cabeza y asintió. Por un instante, parecía recuperar esa presencia arrogante que tanto lo caracterizaba.
No era soberbia; era algo más antiguo, más peligroso. Una sombra de lo que había sido.
Con esas palabras, el hombre salió de la cueva hacia la superficie, donde seguramente lo esperaban humanos y elfos.
Su silueta se perdió entre la luz y el polvo, y por un segundo pareció increíblemente pequeña.
—Salgamos rápido. Por aquí —ordenó Zyran.
Dairan lo siguió. Durante un momento, las explosiones cesaron.
Ese silencio fue casi peor.
Por un segundo, Dairan creyó que tal vez los humanos aún respetaban a los dioses… pero cuando escuchó otro estallido, más violento que los anteriores, lo comprendió.
No hubo gritos. No hubo palabras.
Ese hombre había muerto.
Los cuatro corrieron por los túneles mientras las explosiones se volvían cada vez más intensas. La estructura comenzaba a colapsar.
El suelo temblaba bajo sus pies, las paredes se resquebrajaban, y el aire se volvía irrespirable.
Entonces Zyran abrió su paraguas y, como si desplegara una barrera invisible, sostuvo los túneles para evitar que se derrumbaran.
El objeto parecía insignificante frente a la destrucción, pero el poder que emanaba de él era innegable.
—¡Sigan recto! —gritó.
Su voz resonó con una autoridad que no admitía discusión.
Dairan, Arzhel y Emris avanzaron hasta que, al final de uno de los pasillos, apareció una luz cegadora. Era la salida.
La esperanza dolió.
Pero de repente, la barrera desapareció y todo comenzó a venirse abajo.
El mundo rugió.
Los tres corrieron desesperados, solo para encontrarse con un acantilado al final del túnel.
Dairan pensó que ese sería su final.
No hubo pánico. Solo una aceptación amarga, pesada como plomo.
Miró a Arzhel, pero en sus ojos no había miedo. Al contrario, irradiaban una calma absoluta.
Era la calma de quien ya ha sobrevivido a demasiadas cosas.
Arzhel los abrazó a él y a Emris, y con un suave movimiento de su abanico creó una corriente de viento que los impulsó hasta el otro lado.
El salto fue eterno.
Los tres rodaron por una pradera inclinada.
La hierba estaba húmeda, fría, y el impacto les robó el aliento.
Arzhel protegió a Dairan con su cuerpo y, cuando finalmente se detuvieron, quedó encima de él.
Dairan estaba cubierto de tierra y barro, pero Arzhel pensó que, aun así, seguía viéndose increíblemente guapo.
Ese pensamiento llegó solo, fuera de lugar, como una broma cruel del destino.
Tardó unos segundos en levantarse, y cuando lo hizo, le extendió la mano.
Dairan la aceptó sin quejarse, mientras se limpiaba la ropa sacudiéndola torpemente.
De pronto, Arzhel le tomó la mano con firmeza.
No fue un gesto suave.
—Agáchate.
Dairan obedeció sin preguntar. Arzhel le señaló al frente.
Al otro lado del precipicio estaban los humanos y los elfos.
Eran muchos. Demasiados.
El elfo que sostenía la lanza divina tenía bajo sus pies al dios que antes los había ayudado a escapar.
El hombre estaba gravemente herido. El elfo apoyó su pie con orgullo sobre su torso y, con una sonrisa arrogante, se proclamó asesino del último dios.