Dairan se despertó de golpe, con el pecho ardiéndole como si hubiera estado corriendo durante horas. El aire le faltó por un segundo, y un sobresalto violento recorrió su cuerpo, obligándolo a aferrarse a lo primero que pudo.
—Cuidado —dijo una voz cerca de su oído.
Tardó unos segundos en entender dónde estaba. El vaivén lento, el ritmo constante de unos pasos firmes, el calor de otro cuerpo sosteniéndolo. Entonces lo comprendió: estaba sobre la espalda de Arzhel, cargado como si no pesara nada, como si fuera parte del equipaje y no un hombre adulto lleno de recuerdos rotos.
—¿Estás bien, tío? —preguntó Emris, caminando a su lado—. Estás sudando mucho.
Dairan tragó saliva. Tenía la ropa pegada al cuerpo y la frente empapada, como si el sueño hubiera intentado ahogarlo desde dentro. Esos recuerdos… había pasado años enterrándolos, convenciéndose de que ya no existían, de que el tiempo los había borrado. Y sin embargo, ahí estaban, frescos, afilados, negándose a morir.
Asintió en silencio y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Por favor… bájame —murmuró.
—¿Por qué? —preguntó Arzhel, sin detenerse.
—Sé que soy pesado —respondió Dairan—. No quiero molestarte.
Arzhel se detuvo en seco.
—¿Por qué me tratas otra vez así? —preguntó, con la voz más baja—. ¿Qué te hice?
Dairan alzó la mirada y, sin querer, encontró en el rostro de Arzhel rastros del su padre el rey. No en sus facciones —esas eran de su madre, de esa mujer que no había podido salvar—, sino en algo más profundo, en la forma de mirar, en cierta rigidez involuntaria. La culpa volvió a presionarle el pecho, recordándole por qué no dormía bien por las noches.
—Solo bájame —repitió.
Arzhel apretó la mandíbula, molesto, pero finalmente lo obedeció. Cuando los pies de Dairan tocaron el suelo, un mareo leve le atravesó la cabeza. No se sentía digno de ese cuidado, no después de todo. No cuando su existencia estaba ligada a la muerte de los padres de Arzhel.
—¿Estás enojado? —preguntó Arzhel.
Dairan negó con la cabeza.
—No… solo no está bien que abuse tanto de ti.
Arzhel alzó una ceja.
—Puedes pagarme.
Dairan supo exactamente a qué se refería y sintió cómo el calor le subía al rostro.
—Eres un sinvergüenza…
—Soy tu sinvergüenza —respondió Arzhel, con una media sonrisa.
Pero Dairan no sonrió. Aquello no lo hacía feliz. Los recuerdos recientes pesaban demasiado. Él había sido el culpable, directa o indirectamente, de la muerte de la madre de Arzhel. Y la pregunta seguía golpeándole la cabeza con insistencia: si Arzhel sabía quién era realmente… ¿por qué no lo odiaba? ¿Por qué no lo miraba con el mismo desprecio que él se tenía a sí mismo?
Comenzó a caminar, aunque el dolor persistía como un eco en su cabeza. Arzhel lo sostuvo del brazo, firme, paciente, ayudándolo a descender por la montaña. Tuvieron que detenerse varias veces, cada pausa un recordatorio de lo frágil que estaba.
Emris caminaba unos pasos atrás. Su inquietud era evidente, sus ojos se movían de un lado a otro, nerviosos, como si esperara que algo saliera de entre las rocas en cualquier momento. Dairan lo notó, aunque su mente estaba demasiado ocupada castigándose como para decir algo. No esperaba que Emris hablara.
Pero lo hizo.
—¿A dónde iremos ahora? —preguntó, con la voz temblorosa—. No hay lugar donde escondernos… ya no más.
Aquellas palabras parecieron vaciarlo por dentro. Emris había dicho en voz alta lo que los tres pensaban. Dairan abrió la boca para responder, pero no encontró nada. No había un plan. No había un refugio. Hasta que una idea peligrosa se abrió paso en su mente: el reino demoníaco. El único lugar verdaderamente seguro. El lugar que pertenecía a Arzhel.
Tragó saliva. ¿Cómo se le pide refugio a alguien a quien le arruinaste la vida?
—Pensaré en algo —dijo finalmente—. Solo déjame ordenar mis pensamientos.
Emris asintió, aunque su expresión ya no era la de antes. No había confianza en su rostro, solo esperanza cansada.
Y Dairan lo entendía perfectamente.
Caminaron durante varios días más, descendiendo por la montaña empinada, con el cuerpo agotado y el ánimo aún más pesado. El paisaje cambiaba lentamente, pero Dairan apenas lo notaba. Cada paso era una repetición mecánica, una excusa para no pensar demasiado. Cuando finalmente llegaron a un pequeño pueblo, polvoriento y silencioso, Dairan se desvió hacia una tienda oscura y estrecha, donde compró algo para el dolor de cabeza. Relajantes, les llamó el vendedor. Drogas, pensó Dairan. No solo para el dolor físico, sino para silenciar el otro, el que no se iba con el paso del tiempo.
Las tomó sin decir nada. Al poco rato, su expresión parecía más tranquila, sus hombros menos tensos. Lucía mejor. Pero no lo estaba.
Arzhel lo sabía. Lo veía en la forma en que evitaba mirarlo, en el modo en que su silencio se hacía más largo. Aun así, decidió no insistir. No ahora. Algunas heridas se infectaban si se tocaban demasiado pronto.
—En estos días he pensado en un lugar donde puedas tener refugio —dijo Dairan mientras retomaban el camino, como si hablara de algo trivial.
Emris alzó la vista de inmediato y esbozó una sonrisa pequeña, casi tímida, como quien se permite esperar otra vez.
—No está lejos de aquí.
Dairan siguió hablando, más para convencerse a sí mismo que a los demás. Cuando Zyran los llevó ante el último dios, no siguieron el camino del sur. Se desviaron hacia el oeste, cerca del reino del suroeste… ese reino no debía estar lejos. Aunque, siendo honestos, todavía tendrían que bajar un poco más antes de llegar.
—¿Qué lugar es ese? —preguntó Arzhel—. ¿Y por qué no nos hablaste antes de ese lugar?
Dairan apretó los labios.
—Porque yo no soy bienvenido ahí —respondió—. Solo dejaré a Emris… y me iré a otro lugar.
Arzhel se detuvo un segundo.