El secreto del rey demonio [boys Love]

Capítulo 19

Emris durmió como una roca, con la respiración profunda y constante, ajeno a todo lo que lo rodeaba, como si el mundo pudiera derrumbarse y aun así seguiría dormido. Dairan, en cambio, no podía conciliar el sueño. No en ese lugar. No rodeado de paredes que conocían su nombre. No especialmente al lado de Arzhel, cuya sola presencia removía recuerdos que Dairan había intentado sepultar durante años.

Tenía los ojos abiertos, fijos en la oscuridad, mientras el techo parecía observarlo de vuelta. Las lágrimas comenzaron a bajar en silencio por sus mejillas, calientes, inevitables. No hizo ningún sonido. No quería despertar a Emris. No quería que Arzhel lo viera así. Por eso se giró, dándole la espalda, como si esa simple acción pudiera esconderlo del mundo.

Pero Arzhel lo sabía.

No tenía los ojos cerrados.

—Si te trae malos recuerdos ese tipo puedo matarlo —dijo Arzhel, con una calma inquietante, como si estuviera hablando del clima.

—No te preocupes... —respondió Dairan con la voz rota, apenas un susurro.

Arzhel no dijo nada más. No insistió. Solo se quedó jugando con las sábanas, arrugándolas entre los dedos, como si ese gesto infantil pudiera mantener a raya sus propios pensamientos.

—Por fin has descubierto mi identidad —continuó Arzhel tras un largo silencio—. Te tomó mucho tiempo; sabes… yo lo supe desde el primer momento en que te vi...

Las palabras cayeron como un golpe.

Dairan se incorporó de golpe, el cuerpo reaccionando antes que la mente, y se dejó caer al suelo. Sus piernas no lo sostuvieron. Su rostro estaba empapado en lágrimas, su respiración desordenada, casi dolorosa.

—Lo siento —dijo—. Yo no pude protegerla...

Arzhel se levantó de inmediato y se acercó, desconcertado, sin entender del todo de qué estaba hablando ni por qué Dairan se había quebrado de esa manera, tan de repente, tan profundamente.

—Yo soy el responsable de la muerte de tu mamá...

Arzhel se arrodilló frente a él y, con cuidado, le limpió las lágrimas. Pero Dairan le apartó la mano con brusquedad, como si ese contacto quemara.

—¡¿Por qué no me odias?! —gritó, con la voz quebrándose.

—¿Por qué habría de hacerlo? —respondió Arzhel, sorprendido—. Eso no fue tu culpa—

—¡Sí que lo fue! —lo interrumpió Dairan—. Yo estuve ahí… y no hice nada para detener a mi padre...

Arzhel bajó la mirada. Estaba incómodo. No porque no entendiera, sino porque entendía demasiado. A él también le dolía, y ese dolor nunca había desaparecido del todo.

—No te tortures con eso... —murmuró.

—Pude matarlo… —continuó Dairan, con la voz temblorosa— muchas veces, pero no lo hice… pude vengarla, pero no lo hice.

—Ya basta, Dairan —dijo Arzhel con firmeza—. Ya es cosa del pasado.

—¿Acaso no te duele?

—¿Cómo no podría dolerme? —respondió alzando la voz—. ¡Era mi madre!

—Entonces… ¿por qué?

Arzhel lo miró directamente, con una mezcla de cansancio y ternura.

—Qué tonterías dices —respondió—. Estás tan empeñado en recordar el pasado que no miras todo el amor que siento por ti.

—Pero...

—Ya. Cállate.

Arzhel se llevó una mano a la cabeza. Por un segundo, Dairan vio cómo pequeñas lágrimas se formaban en sus ojos. Arzhel las limpió rápido, casi con rabia, como si no quisiera permitirse ese momento de debilidad. Luego volvió a sonreírle, esa sonrisa suya de siempre, la que fingía que todo estaba bien.

—Nunca te culpé por eso —dijo—. Y tampoco creo que sea tu culpa. El hombre que lo hizo ya ni siquiera está vivo. Solo olvídalo… y sigamos adelante.

Arzhel volvió a limpiarle las lágrimas a Dairan, pero esta vez Dairan no apartó la mano. La sostuvo. Y entonces, finalmente, dejó salir todo lo que había estado guardando durante años: el miedo, la culpa, el odio hacia sí mismo. Todo.

Arzhel se acercó más y lo abrazó con fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer si lo soltaba.

—Jamás creí que nos volveríamos a encontrar —susurró Dairan, con la voz rota contra su pecho.

—Te amo —respondió Arzhel, sin dudarlo.

Dairan sonrió al escuchar esas palabras. Una sonrisa pequeña, frágil, casi incrédula. Palabras que nadie le había dicho en mucho tiempo… tal vez nunca. Ni siquiera su padre.

Arzhel se levantó en silencio y se acercó a la mesa. Tomó un vaso de agua y regresó junto a Dairan para dárselo. Dairan lo aceptó con manos temblorosas y bebió un poco, como si ese simple gesto le devolviera algo de estabilidad.

—Me resigné a que mi vida no tuviera sentido —confesó al fin, con la mirada perdida—. No quería vivir más; supongo que por eso seguía a mi padre, porque no tenía nada más. Hace unos años vinimos acá a buscar refugio, pero nos lo negaron. Dijeron que nos habíamos desviado del camino, que mi madre era una asesina… —su voz se quebró—, pero ella… ella protegió a su amiga con su vida. Hizo lo que no había hecho por ella misma ni por mí, solo por su amiga.

Las lágrimas no dejaban de caer por las mejillas de Dairan, silenciosas, constantes, como si nunca se fueran a acabar.

—Entonces nos dirigimos al reino del norte —continuó—, el cual nos escondió… pero a cambio tuvimos que convertirnos en sus asesinos. A mi padre no le afectó. Para él solo era otro encargo más. Pero yo… —tragó saliva— he matado tantas personas que solo espero que mi muerte sea lenta.

Arzhel apretó la mandíbula, conteniendo lo que sentía.

—Hiciste lo necesario para sobrevivir —dijo con firmeza.

—Maté niños indefensos solo porque al rey le molestaba —respondió Dairan, con una crudeza que dolía—. Solo porque existían.

El silencio se volvió pesado.

—¿Has escuchado que si una persona se arrepiente de corazón es perdonada? —preguntó Arzhel con suavidad.

Dairan negó lentamente.

—No hay perdón para mí. Esos fantasmas me perseguirán por siempre y no me dejarán dormir.

—Siempre estaré aquí para ayudarte a alejarlos.

Arzhel sostuvo las manos de Dairan, con fuerza, como si al hacerlo pudiera anclarlo a este mundo.




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