Después de un día pesado arreglando el lugar, Arzhel y Emris querían bajar al pueblo para comer algo delicioso. Ambos estaban cansados, sucios y con el estómago vacío, pero de buen humor. Dairan, en cambio, aún no se sentía bien para hacerlo; el cansancio físico se mezclaba con uno más profundo, emocional, que no se quitaba con solo dormir.
Entonces Arzhel propuso que le llevarían la comida y que comerían todos juntos en casa, como una comida casera, tranquila, sin miradas ajenas. Dairan estuvo de acuerdo y dejó que los dos se fueran, observándolos bajar la colina hasta perderlos de vista.
Mientras ellos descendían, Dairan se dispuso a ir a la biblioteca y continuó ordenando el lugar. El sitio era un caos absoluto. Estanterías torcidas, libros apilados en el suelo, polvo acumulado por años. Había gusanos comelibros, pequeños y persistentes, y tuvo que revisar libro por libro, retirando con cuidado a los animalitos.
No le tenía miedo ni a los insectos ni a los animales. Para él, eso era lo de menos.
Cuando escuchó un ruido entre los libros caídos, se agachó y los alzó con cuidado. Al hacerlo, vio debajo de ellos un gatito pequeño y sucio, que al verse libre salió corriendo entre los estantes.
Dairan no recordaba desde cuándo había gatos en ese lugar, pero sabía que habían sido traídos; el pueblo estaba demasiado lejos como para que hubieran llegado solos. Continuó levantando los libros y colocándolos en su lugar correspondiente. Mientras lo hacía, vio uno en especial: un libro de magia.
Lo tomó y lo abrió. Estaba casi completo, sorprendentemente intacto. Era el libro mejor cuidado de entre todos. Dairan pensó de inmediato que le serviría a Emris. Lo colocó sobre la mesa con cuidado, casi con respeto, pero antes de poder seguir ordenando apareció su tío.
—¿Crees que ordenando y limpiando el lugar puedes borrar lo que hiciste?
Dairan no se giró de inmediato.
—No busco eso, solo quiero un lugar limpio para vivir.
—Ja —se burló el hombre—. Lo dices como si este lugar te perteneciera, pero solo entraste por la fuerza. Si yo fuera aún un poco más joven, de seguro les pateo el culo a los tres.
Dairan sintió el comentario como una piedra, pero no reaccionó como antes. No gritó. No atacó. Incluso se desconoció a sí mismo por eso. Él siempre había sido explosivo. Solo suspiró.
—No me ignores
Dairan siguió arreglando en silencio. No iba a caer en su juego. Pero ese silencio enfureció aún más a su tío, quien buscó otra forma de hacerlo infeliz.
—De madre sirvienta a hijo sirviente —escupió—, no importa si te casas con un hombre rico, eso no cambiará nada.
Dairan dejó de arreglar las cosas. Lentamente se giró y dio un paso hacia él. La rabia empezaba a hervirle en el pecho.
—¿Qué dijiste?
—Sé muy bien quiénes son —continuó el hombre—. Ese hombre que está contigo no es más que el hijo de una sirvienta, la sirvienta de tu madre.
—Tal vez la madre de Arzhel tuvo un origen humilde —respondió Dairan, conteniéndose—, pero ella no murió como una sirvienta. Ella se convirtió en una reina, y su hijo—
—No me molesta que llames a mi madre una sirvienta —habló Arzhel.
Dairan no supo en qué momento había regresado. Solo lo vio ahí, en la puerta, erguido, tranquilo, con una serenidad que imponía más que cualquier grito. No podía creer que aquello no le molestara.
—Porque lo fue —continuó Arzhel—, y no me avergüenzo de que ella sea una sirvienta. Incluso si me dices a mí así. Porque no sé si has escuchado esto: no hay mayor grandeza que servir a los demás.
Sus palabras cayeron como una sentencia. No había enojo en su voz, solo una verdad tan firme que dejaba sin aire.
El tío de Dairan se puso rojo de coraje, pero no fue un rojo limpio ni digno; fue un rojo manchado, irregular, que le subió desde el cuello hasta las orejas como una infección antigua. Sus labios temblaron apenas, como si quisiera escupir palabras que llevaba años guardando, palabras con sabor a rencor rancio. Quería replicar, devolver el golpe, humillar como había sido humillado, pero antes de que pudiera hacerlo, Emris apareció.
No entró. Irrumpió.
El niño lo agarró de la ropa con manos pequeñas pero sorprendentemente firmes, manos que no parecían las de alguien tímido, sino las de alguien que ya estaba harto de callar. Lo sacó a empujones, arrastrándolo hacia la puerta como si aquel hombre fuera solo un mueble viejo que estorbaba.
—A mí sí me molesta, y mucho, que te refieras a la mamá de mi tío de manera despectiva —dijo Emris.
Su voz temblaba, sí, pero no de miedo, sino de algo peor: indignación acumulada. De esa que se queda atrapada en el pecho y duele al respirar.
—¿Quién te crees para insultar al resto, para menospreciar a los demás solo por ser de una clase social menor, para hablar mal de los muertos?
Cada palabra cayó pesada, como piedras lanzadas una por una.
Dairan observó la escena como si estuviera fuera de su propio cuerpo. No supo desde cuándo este niño tímido decía lo que pensaba con tanta claridad ni, sobre todo, de dónde había sacado esa fuerza. Emris siempre había sido el que caminaba detrás, el que hablaba bajo, el que pedía permiso incluso para existir. Y ahora estaba ahí, sosteniendo a un adulto lleno de odio como si no fuera nada.
El hombre no podía defenderse. Nunca había sido un guerrero. Nunca había sido valiente. Solo era un hombre amargado, acogido años atrás por la familia de la madre de Dairan, y que jamás había devuelto ese favor.
—Ey, Emris, de verdad no me molesta —habló Arzhel.
Lo dijo con calma, con esa calma peligrosa de quien no necesita gritar para imponer presencia.
Pero Emris no lo escuchó. O tal vez lo escuchó y decidió ignorarlo.
Lo llevó hasta la puerta y, con un movimiento torpe pero decidido, lo estampó contra ella. El golpe sonó seco, hueco, y el hombre cayó al suelo como un saco viejo, soltando un gemido ahogado.