El secreto del rey demonio [boys Love]

Capítulo 21

Con cada día que pasaban arreglando aquel lugar, cada tabla que enderezaban, cada pared que se repintaba, todo parecía convertirse lentamente en algo que uno podía llamar hogar, aunque un hogar torcido, imperfecto, con rincones donde la sombra parecía acumular polvo como si guardara secretos. Dairan había terminado de reorganizar la biblioteca, un espacio que olía a madera húmeda y a tinta vieja, donde los libros crujían apenas los tocabas, como si sus hojas respiraran. Allí había encontrado volúmenes que parecían antiguos, no solo por el polvo, sino por esa sensación de que cada página sabía algo que tú aún no sabías: manuales de magia, tratados de espada, incluso apuntes que hablaban de látigos y de cómo enrollar la cuerda con elegancia letal. Dairan sonrió para sí mismo; todo aquello podría servirle a Emris, aunque el niño ni siquiera sabía blandir una espada sin cortarse los dedos o lastimarse los tobillos.

Así que, con los libros apilados en los brazos, salió de la biblioteca y buscó a Emris, que siempre parecía encontrar formas de meterse en problemas. Lo halló en una posición extraña, medio agazapado bajo la casa, con la cabeza hundida entre las tablas como si intentara escabullirse hacia otro mundo.

—Emris, ¿qué estás haciendo? —preguntó Dairan, frunciendo el ceño.

—Un momento —respondió Emris, con la voz cargada de concentración, como si la gravedad del universo dependiera de ese instante.

Dairan esperó, porque había aprendido que algunas cosas de Emris requerían paciencia, incluso cuando parecían ridículas. Finalmente, el niño emergió, cubierto de tierra y hojas secas, con las rodillas y las manos llenas de mugre. Sostenía algo pequeño, indefenso, temblando levemente en sus palmas. Un conejito blanco, con orejas suaves que parecían hechas de algodón y ojos oscuros como piedras mojadas.

—Mire tío, lo que encontré.

—Es un conejito muy bonito —dijo Dairan, inclinándose ligeramente para observarlo mejor, notando el leve temblor de su nariz, los bigotes que se movían con cada respiración—.

—¿Podemos hacerle sopa? —preguntó Emris, sin levantar la mirada del pequeño animal.

Dairan respiró hondo, intentando mantener la calma mientras extendía la mano para quitarle al conejo.

—No.

—¿No le gusta la sopa? Entonces podemos hacerle… —El niño comenzó a inventar recetas en voz alta, y Dairan lo interrumpió antes de que el desastre fuera completo.

—No te lo vas a comer.

—¿Por qué? Los conejos son deliciosos —dijo Emris, con una seriedad absoluta, como si la idea de comerse un ser vivo fuera tan natural como respirar.

—Porque tenemos pollos. No vas a comerte al conejito —dijo Dairan, intentando no pensar en lo extraño que era que los hombres de su mundo no tuvieran paciencia ni amor para algo tan frágil.

—¿Le gustan los conejos? —preguntó Emris, con la cabeza ladeada.

Dairan no respondió. Sacó los libros que llevaba y los apoyó en las manos sucias del niño.

—Te servirán. Son de magia y espada. Léelos; si algo no entiendes, solo dímelo, porque aunque no sepa mucho de esto, comprendo lo que dicen las letras.

Emris asintió, con los ojos brillantes, prometiendo solemnemente que no se comería al conejito. Dairan asintió también, recogió al pequeño animal entre sus brazos y sintió un calor extraño, una especie de ternura prohibida para alguien como él: un asesino a sangre fría que, en otra vida, habría ignorado por completo ese temblor de vida entre sus manos.

Mientras caminaba, Arzhel apareció de repente, como un fantasma que siempre estaba en el momento justo para arruinar la calma.

—¿De dónde lo sacaste? —preguntó, con la ceja arqueada, los labios curvados en una sonrisa que olía a travesura.

—Emris lo encontró debajo del piso, escondido —dijo Dairan, tratando de mantener la compostura.

Arzhel se inclinó, rozando suavemente al conejito blanco con los dedos.

—Ese niño sí sabe encontrar cosas buenas. Dámelo, lo preparo en sopa.

—¿Qué mierda les pasa? ¿Solo piensan en comérselo? —dijo Dairan, frunciendo el ceño, mientras sentía que la sangre le hervía un poco por dentro, un calor extraño que solo aparecía cuando alguien amenazaba la inocencia de algo pequeño.

—Son deliciosos, y yo conozco una receta que… —Arzhel empezó, pero se detuvo al ver que Dairan cerraba los puños y su respiración se aceleraba.

—Cállate.

Dairan se puso rojo. No era solo vergüenza; había algo en lo que hacía que se sintiera humano, que le recordaba que incluso él podía cuidar algo, protegerlo. Algo tan simple como un conejito blanco, que temblaba en sus brazos y olía a tierra mojada y a pasto recién cortado.

—Está bien, no me lo comeré y tampoco dejaré que Emris se lo coma, te lo prometo —dijo Arzhel, comprendiendo finalmente que ciertas cosas no se tocaban, que la ternura tenía un peso incluso entre hombres que parecían inmunes a cualquier sentimiento.

Dairan asintió, y con pasos firmes, pero cautelosos, colocó al conejito en un corral improvisado, rodeado de madera y hojas secas, donde el mundo podía ser seguro, al menos por un tiempo.

Esa noche, cuando por fin terminaron de arreglar el lugar, el cansancio se les había metido en los huesos como una humedad vieja que no se iba ni con fuego. Arzhel, con esa sonrisa despreocupada que solía usar cuando fingía que el mundo no era un sitio peligroso, propuso cocinar. Dairan aceptó sin pensarlo demasiado; cualquier cosa que implicara sentarse y no mover más los músculos le parecía una bendición. Así que Arzhel y Emris bajaron al pueblo por ingredientes, y Dairan se quedó atrás para encargarse del fuego.

La cocina estaba silenciosa, demasiado silenciosa. El tipo de silencio que no tranquiliza, sino que parece observarte desde las esquinas. Dairan revisó el lugar y fue entonces cuando se dio cuenta de que no había leña. Ni una sola rama. Suspió hondo y dejó escapar una maldición apenas audible. No había opción: tendría que ir al bosque.




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