El secreto del rey demonio [boys Love]

Capítulo 22

Después de varios días recluido en la cama, Dairan finalmente pudo levantarse, aunque cada movimiento le recordaba las heridas recientes y el dolor persistente que aún recorría su cuerpo como un hilo fino de fuego. Las vendas ya no se abrirían, pero la memoria del sufrimiento seguía adherida a su piel, como un tatuaje invisible que marcaba su fragilidad reciente.

Durante esos días, Dairan había disfrutado más de lo que esperaba las atenciones de Arzhel. El joven rey parecía transformado; estaba más cariñoso de lo habitual, y cada gesto —desde el cuidado al acomodarle las sábanas hasta la manera en que le preparaba la comida, simple pero hecha con cuidado— estaba impregnado de un afecto que Dairan nunca había recibido. Mientras trabajaba para el rey del norte, nunca había conocido algo semejante. Ni sueldo digno, ni cuidados cuando se lastimaba, aunque eso era algo que pasaba con frecuencia. En esos tiempos, debía curarse con lo que tuviera a mano; muchas veces las heridas se infectaban, y el dolor se multiplicaba. Otras veces, no importaba cuán magullado estuviera, debía continuar trabajando como si fuera un instrumento desechable del trono. Quizá por eso lo buscaban tanto: Dairan era un “perro” que no podía escapar de su dueño, pero ahora, entre Arzhel y esas paredes que olían a madera y a hogar, todo parecía distinto.

Se levantó de la cama con cuidado, cada articulación que se quejaba con un pequeño crujido, y se vistió con la ropa celeste que Arzhel le había comprado, un tejido suave que rozaba la piel con delicadeza y que olía a lino recién lavado. El color le recordaba el cielo despejado de las mañanas frías, y por un instante se sintió extraño, como si llevar ropa tan bonita lo hiciera más vulnerable y a la vez más vivo.

Se disponía a salir cuando un estruendo lo hizo volverse de golpe. Sin pensarlo, corrió hacia el origen y encontró a Emris tirado en el suelo, los ojos abiertos de sorpresa y la cara manchada de polvo y hojas.

—Tío, ¿estás mejor? —preguntó el niño, incorporándose con torpeza.

—Lo estoy. Pero dime, ¿qué pasó? —respondió Dairan, agachándose para ayudarlo a levantarse.

—Lo siento… estaba practicando un poco de magia con el libro y… pues exploté —dijo Emris, levantando las manos como si eso justificara el desastre—. Te prometo que lo limpiaré y tendré más cuidado.

Dairan sonrió por dentro, aunque no lo mostró; Emris era un poco tontito a veces, pero no necesitaba decírselo. Solo le dio un par de palmadas en la espalda, sintiendo la suavidad del niño, la ingenuidad que contrastaba con la crudeza del mundo que los rodeaba.

Arzhel apareció entonces, su silueta recortada contra la luz de la casa. A diferencia de Dairan, no tuvo problemas en llamar a Emris “tontito”, incluso se rió ante la torpeza del niño. Dairan frunció ligeramente el ceño, molesto por la crueldad juguetona de Arzhel, pero al ver cómo Emris aceptaba la broma con una sonrisa traviesa, se relajó y terminó riendo también.

—Me alegra que ya estés de pie —dijo Arzhel, con esa mezcla de autoridad y ternura que siempre lo hacía parecer imposible de descifrar—. Te he preparado un regalo.

Dairan lo miró expectante y lo siguió mientras Arzhel lo guiaba hacia el establo. Allí, notó que se habían hecho algunas modificaciones; no había caballos, solo un espacio cerrado, pequeño y cálido. Fue entonces que vio al conejito, sentado sobre heno limpio, en un corral perfectamente construido, adaptado con pequeñas puertas y rincones acolchados.

—Ya que no lo podemos tener rodando por ahí, decidí hacerle su propia casa. ¿Te gusta? —preguntó Arzhel, con una sonrisa tímida, casi orgullosa.

Dairan no pudo contener las lágrimas de emoción. Su garganta se apretó y sus manos temblaron ligeramente.

—Es muy bonito… —murmuró, incapaz de decir más.

—De verdad… soy muy malo en carpintería, yo… —Arzhel bajó la mirada, un sonrojo coloreando sus mejillas, la humildad rara en alguien tan seguro de sí mismo.

Dairan lo abrazó con fuerza, sintiendo la calidez de su cuerpo y la suavidad de la ropa que le rozaba la espalda. Arzhel correspondió, envolviéndolo con brazos firmes y seguros. Emris no intervino, comprendiendo que aquel momento era privado, pero esbozó una sonrisa traviesa desde la distancia, feliz de ser testigo del afecto sin perturbarlo.

Cuando finalmente se separaron, Dairan habló con voz baja pero firme:

—Por cierto, no he escuchado a mi tío.

—Se largó —respondió Arzhel, con una ligera indiferencia que ocultaba un destello de humor oscuro.

—¿Por qué?

—Solo olvídalo, así es mejor. Por cierto, Emris, acompáñame a comprar algunos ingredientes para la comida —dijo Arzhel, cambiando de tema con rapidez.

Emris asintió, y Dairan decidió unirse a ellos.

—Espera, no puedes venir —protestó Arzhel.

—Iré —replicó Dairan, con un brillo de desafío en los ojos.

—Dairan, puedes lastimarte… —dijo Arzhel, la voz cargada de preocupación.

—Estoy bien —respondió Dairan, tocando suavemente la tela celeste de su camisa—. Con tus cuidados me he recuperado. Además, estoy cansado de estar en la cama.

Arzhel le sonrió con esa mezcla de paciencia y complicidad que siempre lo hacía parecer más joven de lo que era, y aceptó que Dairan bajara con ellos. Los tres descendieron la colina lentamente, la brisa fría rozando sus rostros, el pasto húmedo crujiente bajo los pies, mientras el pueblo se extendía a lo lejos, envuelto en los tonos cálidos del sol que comenzaba a declinar.

Arzhel señalaba las tiendas, explicando lo que planeaba comprar, y Emris tomaba cuidadosamente los objetos que le indicaba, mirando de reojo a su tío con curiosidad y orgullo por cada elección. Dairan los observaba en silencio, dejando que ellos se movieran y hablaran, sintiendo un extraño placer en la simple rutina de lo cotidiano. Cada gesto de Arzhel, cada sonrisa del niño, le recordaba que aún existían momentos tranquilos, aunque el mundo afuera fuera un caos constante.




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