El secreto del rey demonio [boys Love]

Capítulo 23

No sabía desde cuándo Dairan se había vuelto tan dormilón y, peor aún, tan perezoso. Antes se levantaba a las cinco de la mañana, con el cuerpo tenso y la mente alerta, como si el mundo fuera un enemigo que no dormía. Ahora abría los ojos cerca de las diez, con la luz del sol colándose sin pudor por la ventana y calentándole el rostro. Antes hacía ejercicio apenas despertaba, sentía cómo los músculos ardían y agradecía ese dolor. Ahora se levantaba, bostezaba y comía lo que Arzhel le preparaba, aún con el cabello revuelto y el cuerpo lento.

Temía engordar. De verdad lo temía. Pero, al mismo tiempo, le gustaba demasiado esa vida como para quejarse.

Se incorporó de la cama con un suspiro largo, se estiró hasta que sus huesos crujieron suavemente —un sonido familiar, casi reconfortante— y se puso la ropa sin apuro. Luego salió al patio, y lo que vio le sacó una sonrisa involuntaria.

Alastair estaba de pie frente a Emris, corrigiendo su postura con una seriedad que no solía mostrar. El sol iluminaba el acero de la espada del niño, que temblaba ligeramente en sus manos por el esfuerzo.

—¿Qué hacen? —preguntó Dairan, cruzándose de brazos.

—Tu esposo me pidió que le enseñara un poco de esgrima, y pues aquí estoy —respondió Alastair sin mirarlo, atento a cada movimiento de Emris.

—¿Desde cuándo eres tan amable? —bromeó Dairan—. ¿Qué quieres de Arzhel?

Alastair lo empujó levemente con el hombro, sin fuerza real.

—No me molestes. Solo me agrada y ya.

Dairan soltó una risa corta y levantó las manos en señal de rendición.

—Está bien, prometo no molestarte.

Miró alrededor, como si buscara algo que faltaba.

—Por cierto… ¿lo has visto?

Alastair esbozó una sonrisa ladeada, de esas que decían más de lo que pretendía.

—Los primeros años son tan dulces —dijo—. Uno siempre anda tras el otro.

Dairan arqueó una ceja.

—Lo dices por experiencia, ¿verdad? Tú siempre detrás de Kian. Me sorprende no verlo.

—Sí —respondió Alastair sin vergüenza—. Amo estar atrás suyo.

—Siempre tan sinvergüenza —murmuró Dairan, negando con la cabeza.

Se alejó del patio y no tuvo que buscar mucho. Arzhel estaba en el corral improvisado, inclinado, dándole de comer al conejo blanco. Pero cuando Dairan se acercó, se quedó quieto.

No era uno.

Eran muchos.

—¿De dónde sacaste más conejos? —preguntó, genuinamente sorprendido.

Arzhel levantó la vista, tranquilo, como si la respuesta fuera obvia.

—No podía estar solo. Necesitaba amigos.

Dairan lo pensó unos segundos. Tenía sentido… viniendo de Arzhel. Asintió, y en ese instante sintió unos brazos rodeándolo por la espalda. Al inicio, meses atrás, ese tipo de contacto le molestaba; se sentía invadido, atrapado. Ahora… ahora le gustaba. Aunque jamás lo admitiría en voz alta.

—¿Cómo lograste que Alastair enseñara a Emris? —preguntó.

—Solo se lo dije —respondió Arzhel, apoyando el mentón en su hombro—. Aceptó. Es un tipo agradable.

—También le agradas —dijo Dairan—, y eso llega a dar miedo.

Arzhel soltó una risa suave, pero fue interrumpida por un golpe seco en la puerta principal.

Arzhel se separó de Dairan de inmediato y caminó hacia la entrada. Al abrir, se encontró con un hombre vestido completamente de negro. Su presencia era… incorrecta. No encajaba con la luz del día ni con la tranquilidad del lugar.

Arzhel cerró la puerta rápido, demasiado rápido.

Dairan ya lo había visto.Pero fingió que no.

—¿Quién era? —preguntó, con tono casual.

—Un mensajero del reino —respondió Arzhel—. Me ha traído una carta.

—Está bien.

Arzhel lo miró con atención, como evaluando algo.

—¿Quieres saber qué dice?

Dairan sostuvo su mirada.

—Solo si tú quieres que lo sepa.

Arzhel respiró hondo, y por un segundo su expresión dejó ver el peso de una corona invisible.

—Quiero que lo sepas todo.

Arzhel abrió la carta con cuidado, como si temiera romper algo más que el papel. Sus ojos recorrieron las primeras líneas y, de inmediato, su expresión se iluminó. Una sonrisa genuina, poco común en él, se dibujó en su rostro.

—Elis me ha escrito.

Dairan lo observó con atención. Hacía tiempo que no veía esa clase de alegría en él, una que no estaba teñida de poder, deberes o decisiones difíciles.

—¿Qué está haciendo? —preguntó.

—Le pedí que consiguiera una alianza con el reino del sureste —respondió Arzhel, sin despegar los ojos de la carta.

Siguió leyendo, y durante unos instantes el mundo pareció reducirse a esas líneas escritas. Dairan sintió curiosidad, mucha, pero se contuvo. No quería parecer entrometido, aunque Arzhel le hubiera asegurado más de una vez que no le molestaba compartirlo todo con él.

Entonces algo cambió.

La sonrisa de Arzhel se desvaneció lentamente, como una sombra avanzando sobre un campo soleado. Sus cejas se fruncieron y sus dedos se tensaron alrededor del papel.

—¿Qué sucedió? —preguntó Dairan, de inmediato—. ¿Ella está bien?

Arzhel apretó la carta con fuerza, arrugando un poco los bordes.

—No. No está bien —respondió con molestia—. Esa niña se va a casar.

Sin decir nada más, guardó la carta y se dio la vuelta, caminando con pasos firmes hacia la habitación. Dairan no dudó en seguirlo.

—No sé en qué momento creyó que alianza era lo mismo que matrimonio —murmuró Arzhel, claramente irritado.

—¿Estás celoso? —preguntó Dairan, medio en broma, medio en serio.

—¿De qué hablas? Claro que no —respondió Arzhel con demasiada rapidez.

Dairan se acercó más. Arzhel, tras un breve silencio, le entregó la carta. Dairan la tomó y comenzó a leer.

“Querido hermano:

He llegado al reino del sureste como me lo pediste. La gente aquí es muy amable y me ha recibido con gran cariño. He pasado días agradables, aunque te extraño mucho.

Aún no entiendo por qué insististe en que fuera yo quien realizara esta misión; pudiste enviar a alguien más.




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