El calabozo no olía a muerte, y eso era lo peor.
Olfateaba a humedad rancia, a piedra vieja y a hierro oxidado, un olor persistente que se quedaba atrapado en la garganta. Dairan estaba contra la pared, sentado en el suelo frío, con la espalda apoyada en la roca áspera. Le seguían administrando drogas; no lo suficiente para dormirlo por completo, pero sí lo justo para mantener su cuerpo lento, pesado, como si cada músculo estuviera cubierto de barro.
No lo torturaban.
No lo golpeaban.
No lo mataban.
Simplemente no le daban de comer.
El hambre era una presencia silenciosa, paciente. No dolía todavía. Solo esperaba.
Las botas resonaron en el pasillo antes de que Luan apareciera frente a la reja. Su silueta se recortó contra la luz de las antorchas, larga y torcida.
—Jamás creí que el rey tuviera esos sentimientos por ti —dijo, con una sonrisa torcida—. La verdad me sorprendió. Incluso la reina se desmayó cuando lo escuchó. Ella te odia.
Luan rió. Una risa breve, hueca.
Dairan no levantó la mirada.
—Pero rechazar a un rey… qué osado —continuó—. Y qué idiota. Podías mandarme a asesinar, pero prefieres tu orgullo. ¿Qué más da si no te gustan los hombres? Aquí lo único que importa es el poder.
Dairan soltó una risa baja, seca, casi un suspiro.
—Me tienes tanto miedo —murmuró— que necesitas drogarme para asegurarte de que no te haga nada.
La sonrisa de Luan se tensó.
—No te creas mucho. No eres ni la mitad de bueno que tu padre. Él era mi maestro. No un simplón como tú.
Dairan alzó lentamente la cabeza. Sus ojos estaban cansados, pero afilados.
—Sí, se nota que eres su discípulo —dijo—. Igual de imbécil que mi padre… y tan desechable como él. Un día el rey te mandará a asesinar, como lo hizo con él.
Luan golpeó la reja con el puño. El metal vibró, haciendo eco por el pasillo.
—¡No eres digno de ser su hijo! —escupió—. Nunca supiste apreciar las enseñanzas de mi maestro.
—¿Qué enseñanzas, Luan? —replicó Dairan con calma peligrosa—. Mató a la esposa del rey demonio. Provocó un caos entre los reinos. Los dioses fueron aniquilados. No era un genio… era un imbécil con complejo de asesino.
Luan abrió la boca para responder, pero el sonido de las puertas del calabozo abriéndose lo interrumpió.
Las antorchas temblaron.
Luan dio un paso atrás y se inclinó profundamente.
—Su majestad.
Dairan alzó la vista.
La reina estaba ahí. Hermosa, delgada, vestida con telas oscuras y finas. Su rostro era perfecto, pero su expresión estaba endurecida por el desprecio. Sus ojos recorrieron a Dairan como si fuera una mancha difícil de borrar.
—Saca a este hombre —ordenó.
—Majestad, el rey ordenó que no se le hiciera daño —respondió Luan, nervioso.
—Es probable que el rey muera —dijo ella con frialdad.
—No es cierto —intervino Dairan—. El golpe no fue fatal. Pero si me tocan… puede que mueran todos.
Luan soltó una carcajada burlona.
—Majestad, solo presume. En su estado no puede hacer nada. Ni siquiera logró matar al rey.
—¿Quién dijo que lo haría yo? —respondió Dairan.
Alzó el brazo con dificultad.
La pulsera quedó expuesta.
El cambio en la expresión de la reina fue inmediato. El color abandonó su rostro. Un hilo de sudor recorrió su frente.
—¿Qué pasa con esa mierda? —gruñó Luan.
Pero bastó una mirada a la reina para entender que algo iba terriblemente mal.
—¿En qué demonios pensaba mi esposo al traer a este hombre aquí? —susurró ella.
—Majestad… ¿qué significa? —preguntó Luan, inquieto.
—Esa pulsera solo la porta el rey de los demonios —respondió ella—. Representa su estatus. Cuando el rey no la lleva, significa que tiene esposa. Ella la porta para advertir al mundo a quién están atacando.
El silencio cayó como una losa.
Luan abrió la boca, horrorizado.
Dairan bajó lentamente el brazo. Pensó en Arzhel. En cómo, una vez más, había hecho algo sin explicarle nada… y aun así lo había salvado.
—El rey de los demonios vendrá por nosotros —susurró la reina—. Y nos asesinará a todos.
—No —replicó Luan con desesperación—. Seguro se la robó. El rey demonio no pudo dársela. Su padre mató a la reina demonio.
La bofetada resonó con fuerza.
—¡Nos masacrará como lo hizo con los dioses! —gritó ella.
—No lo hará… —dijo una voz débil—. Ya no tienen el ejército de aquella vez.
El rey apareció entonces, avanzando lentamente, cojeando. Su rostro estaba pálido, manchado de sudor y sangre seca. Se detuvo frente a la celda.
—No me importa lo que seas para él —dijo, mirándolo fijamente—. Pero no te entregaré.
Dairan sostuvo su mirada, exhausto, vacío.
—Está bien —respondió.
Y en ese momento, el calabozo pareció encogerse.
Porque Dairan sabía una cosa con absoluta certeza:
si el rey demonio venía… nadie allí saldría ileso.
La reina dio un paso hacia su esposo. Sus manos temblaban, aunque intentaba mantener la compostura. Su voz, en cambio, se quebró apenas habló.
—Por favor, amado mío… —dijo—. Reconsidera esto. Él no vale la pena. Solo… solo déjalo ir.
Durante un segundo, pareció que el rey no la había escuchado.
Luego giró lentamente el rostro hacia ella.
Sus ojos verdes ya no tenían rastro de calidez; eran fríos, brillantes, peligrosamente lúcidos. Alzó la mano y la posó en el cuello de la reina con una naturalidad espantosa, como si aquel gesto fuera tan cotidiano como tomar una copa de vino. Sus dedos se cerraron con firmeza.
—Este hombre —dijo, sin levantar la voz— vale más que tú.
La reina abrió los ojos con horror. Sus manos se aferraron a las muñecas del rey, inútiles.
—Vale más que los hijos que me has dado —continuó él—. Más que esta corona. Más que este reino.
El calabozo quedó en silencio absoluto. Nadie se atrevió a moverse. Luan observaba la escena con el rostro rígido, incapaz de intervenir.