Después de esa noche, Dairan había dormido durante dos días completos.
No fue un sueño tranquilo ni profundo, sino uno espeso, como si su cuerpo se hubiera hundido en una laguna tibia de la que no tenía fuerzas para salir. A ratos soñaba con fuego, con murallas derrumbándose, con una risa conocida mezclándose con gritos lejanos; a ratos no soñaba nada en absoluto, solo oscuridad y una sensación persistente de seguridad, como si algo —o alguien— se mantuviera de pie junto a él, vigilando.
Al tercer día, despertó.
Lo hizo lentamente, con los párpados pesados, como si todavía no le pertenecieran del todo. La luz que se filtraba por las cortinas era suave, dorada, y tardó varios segundos en recordar dónde estaba. Giró la cabeza, esperando encontrar el calor familiar a su lado.
La cama estaba vacía.
Un leve pinchazo de inquietud le cruzó el pecho. Se incorporó con cuidado; el cuerpo todavía le respondía con lentitud, como si cada movimiento tuviera que ser aprobado primero. Se llevó una mano al rostro, suspiró y se levantó para vestirse.
Entonces escuchó la puerta.
Una mujer entró con pasos silenciosos, llevando varias cosas entre los brazos. Al verlo despierto, se detuvo en seco, bajó la cabeza de inmediato y casi tropezó consigo misma al inclinarse.
—Perdón… perdón, su majestad, no sabía que ya había despertado.
—¿Dónde está Arzhel? —preguntó Dairan, sin rodeos.
—Su majestad se encuentra en la sala de reuniones.
El título le cayó encima como un recordatorio incómodo. Arzhel no era solo Arzhel aquí. Era el rey de los demonios, y este lugar respiraba poder en cada rincón. Dairan asintió despacio.
—Enseguida le ayudaremos a vestirse.
Estaba a punto de negarse cuando, como si esa negativa no fuera una opción real, entraron más mujeres. Traían zapatos, joyas, telas dobladas con un cuidado casi reverencial. Se movían rápido, pero con respeto; antes de tocarlo, pidieron permiso, una tras otra.
Dairan aceptó.
Minutos después, estaba vestido con una túnica morada, profunda, pesada, el color exacto de la realeza. La tela era tan suave que parecía deslizarse sola sobre su piel. Pensó, no sin cierta ironía, que jamás en su vida había usado algo así. Ni siquiera en los mejores días de los Seraph, cuando el poder parecía infinito, habría podido pagar una prenda como esa.
Salió de la habitación.
Los guardias inclinaron la cabeza al verlo pasar. No era nuevo para él; toda su vida había vivido bajo miradas de respeto, miedo o ambas cosas. Preguntó por Arzhel y siguió el camino que le indicaron.
Mientras caminaba, las voces se repetían.
—Su majestad.
—Su majestad.
Aún no estaban casados. Técnicamente. Pero la pulsera en su muñeca hablaba más fuerte que cualquier ceremonia. Para todos, ya lo eran.
Al llegar, los guardias frente a la sala de reuniones cruzaron las lanzas.
—Su majestad, el rey se encuentra en una reunión importante…
—Está bien —respondió Dairan, dando un paso atrás.
La puerta se abrió antes de que pudiera irse.
Arzhel apareció con el ceño serio, la postura rígida, rodeado de una autoridad casi palpable. Pero en cuanto sus ojos se posaron en Dairan, todo eso se quebró. La expresión se suavizó, y una sonrisa genuina se dibujó en su rostro como un cachorro.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, acercándose.
—Aún un poco cansado —admitió Dairan—, pero estoy bien. ¿Y tú?
—Bien.
Dairan miró por encima de su hombro, hacia la sala.
—Veo que estás ocupado.
Arzhel asintió.
—Lo siento por interrumpir.
—No interrumpes —dijo Arzhel con firmeza—. Son asuntos que se arreglarán pronto. Ven, tengo un cocinero excelente. Debes probar su sazón.
Caminaron juntos hasta una sala privada. Era un espacio elegante, sobrio, con dos sillas enfrentadas y una mesa baja entre ellas. Varios sirvientes aguardaban atentos, pero Arzhel levantó una mano.
—Déjennos solos.
Obedecieron de inmediato.
Cuando la puerta se cerró, el silencio cayó entre ambos, un silencio cómodo, cargado de cosas no dichas. Arzhel se sentó frente a Dairan y lo observó durante unos segundos, como si necesitara asegurarse de que seguía allí.
Arzhel extendió la mano por encima de la mesa y tomó la de Dairan. No lo hizo con prisa ni con posesión, sino con esa calma peligrosa de alguien que ya no teme perder. Sus dedos eran cálidos, firmes. Dairan levantó la mirada y se encontró con unos ojos que no lo observaban como rey, ni como estratega, ni como demonio.
Lo miraban como un hombre enamorado.
Y Dairan respondió del mismo modo.
No hubo palabras. No hacían falta. El silencio entre ellos no era incómodo, era denso, casi tangible, como si cualquier sonido pudiera romper algo delicado.
La comida llegó.
Platos finamente dispuestos, aromas profundos que llenaron la sala. Dairan estaba a punto de tomar el primer bocado cuando Arzhel levantó una mano.
—Prueba tú primero —ordenó al cocinero.
El hombre palideció.
Dairan frunció el ceño.
—Arzhel…
—Prueba.
El cocinero obedeció, con manos temblorosas, y tragó. Pasaron unos segundos eternos. Nada ocurrió. Arzhel asintió, satisfecho, y solo entonces permitió que Dairan comiera.
Dairan pensó que era una exageración… hasta que entendió que no lo era.
Arzhel no confiaba en nadie cuando se trataba de él. En nadie.
El recuerdo del rey del norte aún estaba demasiado fresco.
—¿Qué tal está? —preguntó Arzhel, observándolo con atención—. ¿Este hombre merece su reputación o crees que exageran?
Dairan probó otro bocado, saboreándolo con calma.
—Es realmente buena.
Y lo era. Cada sabor estaba medido, pulido, pensado para alguien acostumbrado a exigir lo mejor. Un chef así solo podía trabajar para alguien como Arzhel.
—¿Crees que serviría para una boda? —preguntó Arzhel, casual, como si hablara del clima.