El secreto del rey demonio [boys Love]

Capítulo 26

Arzhel sonrió.

No fue una sonrisa amable ni orgullosa, sino una lenta, casi distraída, como la de alguien que ya sabe el final de la historia y aun así decide verla desarrollarse por puro entretenimiento. Aquello fastidió al príncipe de los elfos. Se notó en la rigidez de su mandíbula, en la forma en que apretó la lanza con más fuerza de la necesaria.

Todavía no se daba cuenta.

Estaba en clara desventaja.

Confiado, se lanzó al ataque, convencido de que portar un arma divina era sinónimo de victoria asegurada. La lanza cortó el aire con violencia, pesada, poderosa, letal… y torpe.

Porque una lanza, por divina que fuera, seguía siendo una lanza.

Cada movimiento exigía fuerza, impulso, tiempo. Y el tiempo era algo que Arzhel no estaba dispuesto a regalarle.

Arzhel esquivó los ataques con una facilidad insultante, moviéndose apenas lo necesario, como alguien que no estaba luchando, sino caminando entre gotas de lluvia. Sus pasos eran ligeros, calculados, casi elegantes.

—No te creas mucho, cabrón —escupió el príncipe, frustrado—. Si fueras tan fuerte no me esquivarías.

Arzhel no respondió.

Porque no estaba esquivando.

Estaba observando.

Memorizaba el patrón de ataque, el ritmo, la respiración del enemigo, la mínima tensión en los músculos antes de cada estocada. Y cuando terminó de aprenderlo todo… atacó.

El abanico se desplegó.

Flexible, rápido, traicionero.

Era infinitamente superior a la lanza. Cada movimiento era impredecible, cada giro una amenaza distinta. El príncipe apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el primer corte apareciera en su piel. Luego otro. Y otro más.

Cortes finos, precisos, crueles.

En minutos, su cuerpo estaba marcado por heridas que ardían más por la humillación que por el dolor. Y aun así, Arzhel seguía jugando. No había ira en su rostro, ni esfuerzo. Solo una calma peligrosa.

Hasta que decidió terminar.

El golpe en el pecho fue brutal.

No fue solo un empujón. La fuerza lo levantó del suelo, lo arrancó del mundo por un segundo eterno y luego lo lanzó lejos, como si su cuerpo no pesara nada. El príncipe voló por el aire antes de estrellarse metros más allá, cayendo con un sonido seco y antinatural.

Uno de los guardias del príncipe reaccionó tarde.

Corrió hacia él, desesperado, pero no llegó ni a la mitad del camino.

El látigo de Dairan se cerró alrededor de su torso, apretándolo con la precisión de una serpiente cazadora. El crujido de las costillas rompiéndose fue claro, casi obsceno. El cuerpo quedó flácido en segundos.

—No, infeliz —dijo Dairan con voz baja—. No irás donde él.

Entonces Arzhel habló.

—Todos atrás. Ahora.

No gritó. No fue necesario.

El ejército obedeció al instante, retrocediendo como si huyera, como si el miedo se hubiera propagado de golpe. Arzhel avanzó al frente, solo, y alzó su abanico hacia el cielo.

Las plumas comenzaron a brillar.

No era un brillo común; era una luz que lastimaba los ojos, más intensa que el sol reflejado en acero. Arzhel golpe el abanico con su palma.

Y el mundo explotó.

Una corriente de viento salió disparada con una fuerza imposible. Los soldados más cercanos fueron arrancados del suelo, elevados por el aire y lanzados metros más allá, cayendo después con golpes que partían huesos y voluntades.

Los que estaban más lejos chocaron unos contra otros, contra las rocas, contra el propio terreno que parecía rebelarse. Incluso las piedras se alzaron, arrancadas de la tierra, convertidas en proyectiles mortales.

Todo el campo de batalla se volvió un arma.

Dairan observó, inmóvil, entendiendo por primera vez el verdadero poder del arma divina más temida de todas. Un arma que no había sido creada para la guerra, sino por amor.

Y ese detalle la hacía aún más aterradora.

Ese poder solo era posible por el mismo potencial de Arzhel.

Cuando el viento cesó, Arzhel cayó de rodillas.

Dairan corrió hacia él y lo sostuvo antes de que tocara el suelo del todo.

—¿Estás bien?

—Sí —respondió Arzhel, respirando hondo—. Solo estoy cansado.

Levantó la mirada y la posó en Dairan.

No había miedo en sus ojos.

Solo una promesa silenciosa de que, pasara lo que pasara, todo iba a salir bien.

Ambos observaron el campo de batalla.

El silencio que siguió fue extraño, pesado, como si el mundo contuviera la respiración. Cuerpos esparcidos, armas enterradas en la tierra, humo elevándose en columnas irregulares. Todo indicaba que habían ganado.

Entonces el cielo gritó.

Un estruendo cortó el aire, seco y violento, como si algo invisible se hubiera rasgado allá arriba. Dairan alzó la vista justo a tiempo para ver la sombra moverse sobre ellos.

Una lluvia de flechas.

Cientos. Tal vez miles.

No había forma de esquivarlas. No había tiempo. Sin protección, aquello sería una masacre final, un castigo tardío para los vencedores.

Pero no cayeron.

Un escudo invisible se alzó en el último segundo, deteniendo las flechas en el aire como si el tiempo mismo se hubiera negado a continuar. Las puntas vibraron un instante… y luego cayeron inofensivas al suelo.

Entonces apareció él.

Un hombre vestido completamente de blanco descendió entre ellos, como si el aire lo sostuviera. En su mano llevaba un paraguas blanco, intacto, limpio, absurdamente fuera de lugar en un campo de guerra cubierto de sangre.

Zyran.

—¡Suficiente de pelear! —gritó, y su voz no fue solo sonido, sino mandato.

Uno de los elfos, aún temblando por el impacto anterior, escupió con desprecio:

—¿Quién diablos eres tú?

Zyran cerró su paraguas con un suave chasquido y lo miró como se mira a algo insignificante.

—Mi nombre es Zyran —dijo—. El último dios.

El efecto fue inmediato.

Humanos soltaron sus armas como si quemaran. Algunos cayeron de rodillas sin pensarlo, tanto del ejército de Arzhel como del contrario. No todos creían en los dioses, pero el instinto era más fuerte que la fe.




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