El secreto del rey demonio [boys Love]

Capítulo 28

Cuando finalmente llegaron al palacio, lo que encontraron no se parecía en nada al lugar que habían dejado atrás hacía apenas unos minutos. La música había desaparecido. Las risas también. En su lugar había gritos, acero chocando contra acero y el olor espeso de la sangre mezclándose con el humo.

Era una guerra.

El patio principal se había convertido en un campo de batalla improvisado. Demonios y humanos luchaban entre sí con una ferocidad ciega, como si la noche de celebración nunca hubiera existido. Algunos cuerpos yacían en el suelo, inmóviles, mientras otros aún se retorcían, intentando aferrarse a la vida. Dairan sintió un nudo formarse en su estómago. No entendía qué había pasado, ni en qué momento todo se había quebrado. Horas antes estaban brindando, celebrando una boda, prometiendo alianzas.

Ahora se estaban matando.

—Emris, ten cuidado —dijo Dairan sin apartar la vista del caos—. Iré a buscar a Arzhel.

El niño asintió, con una seriedad impropia para su edad.

—Tranquilo, tío. Ahora puedo defenderme.

Dairan no respondió. Sacó su látigo, sintiendo el peso familiar en la mano, como una extensión de su propio cuerpo. No sabía quién había dado la orden ni por qué, pero sí sabía una cosa: siempre estaría del lado de Arzhel, incluso si eso significaba atravesar el infierno para llegar hasta él.

No tardó en suceder.

Varios humanos se lanzaron contra Dairan, gritando órdenes confusas, con los ojos desorbitados por el miedo o la obediencia ciega. El látigo silbó en el aire y cayó con fuerza, arrojándolos al suelo como muñecos sin voluntad. Sus cuerpos chocaron contra las piedras, y Dairan apenas les dedicó una mirada. Cada golpe solo alimentaba la pregunta que no dejaba de martillarle la cabeza: ¿qué fue lo que salió tan terriblemente mal?

Fue entonces cuando lo vio.

A lo lejos, el rey del sureste estaba siendo detenido por su propio hermano, el príncipe. El contraste era brutal: uno parecía fuera de sí, el otro intentaba mantener algo parecido a la cordura en medio del desastre.

—¿Qué significa esto, hermano? —exigió el príncipe, sujetándolo del brazo—. ¿Qué estás haciendo?

—Aparta —gruñó el rey—. Debemos luchar. Es momento de recuperar el arma… y al niño.

El príncipe negó con la cabeza, incrédulo.

—¿Te escuchas a ti mismo? Esto es traición.

Por un instante, el rostro del rey cambió. La máscara cayó. Lo que apareció debajo no fue rabia ni desesperación, sino algo mucho peor: ambición pura, fría, sin remordimiento. Sin advertencia alguna, sin vacilar, levantó la mano y apuñaló a su hermano.

El cuerpo del príncipe se tensó primero, como si no entendiera lo que acababa de ocurrir. Luego cayó de rodillas. La sangre brotó caliente, oscura, empapando el suelo de piedra mientras la vida se le escapaba por los ojos abiertos.

Dairan se quedó helado.

El rey había asesinado a su propio hermano. Al hombre que lo había ayudado a conseguir el trono. Al que había peleado sus guerras, tomado sus decisiones difíciles, cargado con su sombra.

Y entonces todo encajó.

El rey nunca quiso una alianza. Nunca quiso paz. Solo necesitaba entrar al reino de Arzhel, bajar la guardia de todos y reclamar lo que deseaba desde el principio: el arma… y a Emris.

—¡Papá! —gritó el esposo de Elis, corriendo hacia el cuerpo de su padre caído.

El hijo menor del príncipe se lanzó hacia el rey con un grito desgarrador, atacándolo con una furia desesperada mientras miraba el cadáver aún caliente de su padre. La sangre seguía extendiéndose por el suelo, manchándole las botas, pegajosa, real.

El rey retrocedió un paso, molesto, no triste, no arrepentido. Solo irritado.

El sobrino volvió a arremeter.

No tuvo oportunidad.

Con un movimiento rápido, limpio, casi perezoso, el rey le cortó la garganta. La sangre salió a borbotones. El cuerpo cayó sin gracia, golpeando el suelo junto al de su padre, como si ambos estuvieran destinados a compartir ese final.

El rey no miró atrás.

A lo lejos, el duque Arik, su hermano, lo había visto todo.

No gritó. No corrió. No hizo absolutamente nada.

Se quedó inmóvil, con el arco aún firme entre las manos, como si el arma se hubiera vuelto parte de su cuerpo. Sus dedos no temblaban, pero tampoco reaccionaban. El mundo parecía haberse reducido a una sola imagen frente a él: sangre, cuerpos y una traición demasiado grande para comprenderla de inmediato. Todo lo demás —el ruido de la batalla, los gritos, el olor metálico— desapareció, como si alguien hubiera bajado el volumen de la realidad.

Entonces Dairan escuchó el grito.

No fue un grito de guerra ni de rabia, sino uno de dolor puro, crudo, que atravesó el caos como una hoja afilada. Elis.

Dairan giró justo a tiempo para verla caer de rodillas junto al cuerpo de su esposo. El hombre yacía en el suelo, inmóvil, con los ojos abiertos y vacíos. Elis lo tomó entre sus brazos, apretándolo contra su pecho como si así pudiera devolverle el calor, como si aún hubiera algo que salvar. Las lágrimas corrían libres por su rostro, mezclándose con la sangre que manchaba su ropa.

Dairan apretó los dientes.

No podía quedarse ahí. No podía permitirse observar. Necesitaba moverse, buscar a Arzhel, pensar, hacer algo que no fuera quedarse paralizado como tantos otros.

Avanzó dos pasos.

Solo dos.

Entonces lo vio.

A la distancia, una oleada de guerreros emergía como una marea oscura, organizada, brutal. Al frente de ellos marchaba el príncipe elfo, su presencia imponiendo orden incluso en medio del caos. En ese instante, todo encajó con una claridad amarga. Dairan comprendió por qué humanos y elfos se habían retirado aquella vez. Comprendió también por qué el rey había asesinado a su propio hermano sin dudar.

Todo había sido ambición desde el principio.

Pero no fue eso lo que más le heló la sangre.

Entre los guerreros distinguió figuras conocidas, siluetas imposibles de confundir. Demonios. Algunos de ellos luchaban del lado de los humanos y los elfos. Y al frente, guiándolos, estaba ella.




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