El secreto del rey demonio [boys Love]

Capítulo 29

Las lágrimas volvieron a brotar, calientes, silenciosas. Pero algo cambió en Dairan.

Dejó de temblar.

Fue casi imperceptible, como cuando el mar se queda quieto justo antes de tragarse a alguien. Su respiración se volvió extrañamente estable. En un solo movimiento, rápido y decidido, llevó la daga hacia su cuello.

Emris se levantó de un salto, aterrorizado.

—¡No! —alcanzó a decir.

No tuvo tiempo de hacer nada más.

Una sombra cruzó la habitación y, antes de que el aire pudiera reaccionar, un golpe seco resonó como un trueno contenido. El cuerpo de Dairan se desplomó sin gracia, la daga cayendo de su mano y golpeando el suelo con un sonido metálico que pareció demasiado fuerte en medio del silencio.

—Qué idiotas —dijo una voz cansada, cargada de desprecio.

Emris giró el rostro, aún con el corazón golpeándole el pecho.

—S-señor Zyran…

Zyran estaba de pie junto a la cama, como si siempre hubiera estado allí. Su presencia llenaba el espacio de una forma incómoda, como una corriente fría que no se veía pero se sentía en la piel.

—¿Cómo estás, Emris? —preguntó con tranquilidad.

—¿Cómo llegó hasta aquí? —respondió el niño, todavía en shock.

Zyran arqueó una ceja.

—Es de idiotas responder una pregunta con otra.

Se acercó a Dairan, lo observó un segundo con una mueca torcida y lo levantó sin esfuerzo, como si no pesara nada.

—Creo que me pasé con el golpe —comentó—. A veces se me olvida medir la fuerza.

Levantó la voz sin molestarse en mirar hacia la puerta.

—Ustedes dos, imbéciles de la puerta. Llévense a su amigo a otra habitación.

Kian y Alastair entraron de inmediato. No dijeron nada. Tomaron a Dairan por los brazos y lo sacaron de la habitación, con cuidado, pero sin perder tiempo. La puerta se cerró tras ellos.

Zyran volvió su atención a la cama.

Se inclinó sobre Arzhel y colocó dos dedos en su cuello, concentrado. Esperó unos segundos. Luego, otros más.

—Aún tiene pulso —dijo finalmente sorprendido—. Débil, pero ahí está.

Emris soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Zyran chasqueó la lengua.

—Este tipo es más fuerte de lo que creí —añadió—. Supongo que es herencia de su padre.

Se irguió lentamente, con una sombra de algo parecido al respeto cruzándole el rostro.

—Ese bastardo nos masacró —continuó—. Y no pudimos hacer absolutamente nada.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Zyran se sentó con un cansancio que no parecía físico, sino antiguo, como si cada hueso suyo recordara siglos de errores. La silla crujió bajo su peso, un sonido seco que rompió el silencio espeso de la habitación. Tomó la mano de Arzhel entre las suyas; era una mano joven, aún tibia, aunque demasiado quieta para alguien que debía estar vivo. Sus dedos temblaron apenas al cerrarse sobre ella.

—Niño —dijo con voz baja—, quiero que escuches lo que te diré.

No esperaba respuesta. No la necesitaba.

—No lo pienso repetir —continuó—. Cuando este tipo despierte y esté junto a Dairan… dile que lo siento. Dile que de verdad lo siento.

Zyran tragó saliva. Sus ojos, por primera vez, parecían vacíos.

—Por mi culpa están así. Por mi culpa todo terminó mal. En vez de unir nuestros reinos, los dividí. Les quité a sus padres… —hizo una pausa breve, como si las palabras pesaran demasiado— y los volví infelices.

Apretó un poco más la mano de Arzhel.

—No pude ayudarlos en vida —susurró—, pero mi vida… mi vida aún puede devolverles la felicidad.

Levantó la vista y miró el rostro inconsciente de Arzhel, observando cada detalle: las pestañas húmedas, la piel demasiado pálida, el pecho que subía apenas.

—He pagado mi deuda —dijo finalmente.

Luego giró la cabeza hacia Emris, que estaba de pie junto a la cama, rígido como una estatua mal tallada.

—Sigue mis instrucciones —ordenó—. Debes ir quitándole las vendas del abdomen cuando te lo diga.

Emris asintió, aunque sus manos ya empezaban a sudar.

Zyran cerró los ojos.

—Pronto estaré con ustedes, hermanos.

El aire cambió.

No fue algo visible al principio, sino una sensación: la habitación se volvió más fría, como si el mundo contuviera el aliento. Zyran apretó la mano de Arzhel y entonces comenzó.

La piel de Arzhel fue la primera en reaccionar. El tono grisáceo empezó a retirarse lentamente, como una marea que retrocede. El color volvió a sus mejillas, tenue pero real. Sus labios, antes morados, comenzaron a enrojecerse. Las ojeras profundas que marcaban su rostro se fueron desvaneciendo.

Al mismo tiempo, el cuerpo de Zyran cambiaba.

Su piel perdió brillo, volviéndose opaca. Las líneas de su rostro se hundieron un poco más, como si de repente llevara muchos años encima.

—Ahora —murmuró.

Emris comenzó a retirar las vendas con manos torpes. Al hacerlo, vio algo que lo dejó sin aliento: la herida de Arzhel se estaba cerrando ante sus ojos. La carne se unía, la piel se recomponía como si el tiempo retrocediera. Emris tuvo que apresurarse, retirando más vendaje antes de que quedara atrapado bajo la piel nueva.

Zyran tosió.

Sangre oscura brotó de su boca y manchó su mentón.

—Señor… —susurró Emris, alarmado.

—Muévete, niño —gruñó Zyran—. Quítale los vendajes y ayúdame.

Emris obedeció, arrancando el último trozo de tela. Luego sostuvo a Zyran justo cuando la silla se tambaleó . El cuerpo era pesado, demasiado pesado.

—Solo falta… un poco… —dijo Zyran, con dificultad.

Entonces soltó la mano de Arzhel.

Arzhel inhaló profundamente, como si regresara de un lugar muy lejano.

Emris soltó un sollozo ahogado. La alegría lo golpeó de lleno, brutal, pero al mirar a Zyran en sus brazos, esa alegría se quebró.

—De verdad… muchas gracias, su divinidad —murmuró entre lágrimas.

Zyran no respondió.

Su pecho dejó de moverse.

La puerta se abrió y Kian entró junto a Alastair.




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