El secreto del rey demonio [boys Love]

Final

Una gran celebración se llevaba a cabo en el reino del noroeste.

No era una celebración discreta ni elegante; era excesiva, ruidosa, desbordada. Los jardines del palacio estaban abarrotados de mesas largas cubiertas con manteles blancos manchados de vino, grasa y restos de comida. Había carnes asadas aún humeantes, frutas abiertas y pisoteadas, jarras volcadas y copas rotas que crujían bajo los zapatos de quienes caminaban sin mirar al suelo.

Todos estaban invitados.

No importaba la clase social, decían. Aunque, claro, los mejores lugares —los más cercanos al palacio, bajo toldos adornados con telas finas— estaban ocupados por gente de alta cuna, con joyas brillando incluso en medio de la suciedad. Más lejos, cerca de los setos y las estatuas, se amontonaban campesinos, soldados rasos y curiosos, celebrando una victoria que no entendían del todo pero que les habían dicho que era gloriosa.

Por momentos, la fiesta parecía una boda.

Había música constante, risas exageradas, bailes torpes y brindis interminables. Solo que no se celebraba una unión… sino una muerte.

Los príncipes y los hombres que habían participado en el asesinato del rey Arzhel estaban completamente ebrios. Algunos ni siquiera se mantenían en pie; dormían tirados sobre bancos o directamente en el suelo, con la boca abierta y el vino escurriéndoles por la barbilla. Llevaban tres días bebiendo sin pausa, celebrando como si el mundo fuera a acabarse mañana.

El caos era absoluto.

A esa altura de la celebración, casi ninguno se comportaba como el noble que decía ser. Las túnicas estaban desabrochadas, manchadas o directamente arrancadas. Había carcajadas histéricas, discusiones sin sentido, promesas vacías gritadas al aire.

Solo uno destacaba.

El príncipe de los elfos.

A diferencia del resto, aún mantenía la compostura. Había bebido, sí, pero sus movimientos seguían siendo medidos, su espalda recta, su mirada clara. Se sentaba como alguien acostumbrado a ser observado, como alguien que sabía que cada gesto suyo era importante. Celebraba como un príncipe debía hacerlo.

Y todos lo notaban.

Se le acercaban constantemente. Algunos para agradecerle por acabar con los demonios. Otros para decirle que le levantarían estatuas, que su nombre sería recordado por siglos. Hubo quienes, con la voz temblorosa y los ojos brillantes, lo llamaron santo, elegido, incluso dios.

Mientras tanto, a su alrededor, los demás príncipes y soldados se comportaban como animales.

Risas sin control. Cuerpos tirados. Manos indecentes recorriendo a hombres y mujeres que solo estaban allí para servir vino. Ni siquiera los perros callejeros que rondaban el palacio parecían tan desprovistos de dignidad.

El resto de los nobles no estaba mucho mejor.

Aquello no era un espectáculo de victoria. No era una demostración de poder ni de grandeza. Era vulgar. Grotesco. Una parodia sucia creada bajo la excusa de una victoria.

—Su alteza —dijo uno de los hombres leales al príncipe elfo, inclinándose con torpeza—, su padre, el rey, seguro lo nombrará príncipe heredero después de esto.

El príncipe esbozó una leve sonrisa.

—Lo sé —respondió—. Pronto llegará y verá que soy su digno heredero.

—¿Digno heredero?

La voz resonó fuerte entre la multitud.

No gritó. No tembló. Simplemente se impuso.

Las conversaciones se apagaron una a una. El príncipe alzó la mirada, buscando al dueño de esa voz insolente. No tardó en verlo.

Avanzaba entre la gente como si esta no existiera.

Un hombre con un látigo en la mano.

—No eres un digno heredero —continuó la voz, cada palabra cayendo como una bofetada—. No eres un príncipe. Solo eres un tipo al que le gustan los actos banales en su nombre. No eres un guerrero, solo un cobarde que, al saber que no ganaría en un duelo directo, atacó por la espalda.

El silencio fue absoluto.

El príncipe se puso de pie lentamente, con el rostro tensándose por la ira.

—¿Quién demonios te crees que eres para hablarme así? —rugió—. Yo soy un príncipe. El asesino del rey de los demonios. Deberías alabarme, arrodillarte y agradecerme por haber eliminado esa mierda de este mundo.

Entonces Dairan rió.

Una carcajada abierta, seca, cargada de algo que no era humor. Se aseguró de que todos la oyeran.

—Yo soy el hombre que hoy te matará.

El príncipe soltó una risa incrédula.

—Eres un humano insolente —escupió—. Un humano traidor a tu especie que se pone del lado de los demonios. Qué vergüenza.

Dairan dio un paso al frente.

—No soy humano —dijo con calma—. No me confundas con esa mierda. Yo soy el último de los Seraph. Un semidiós.

La expresión del príncipe cambió.

La burla desapareció.

—Los Seraph… —murmuró—. Los perros de los dioses. Ya los recuerdo. ¿Y por qué quieres luchar conmigo por ese demonio? —sonrió con crueldad—. ¿Te entró el cargo de conciencia porque tú mataste a su madre?

Un murmullo recorrió la multitud.

Pero Dairan no se inmutó.

Lo miró fijamente.

—Hablas demasiado.

Y el aire mismo pareció tensarse, como si el mundo supiera que la celebración estaba a punto de convertirse en una masacre.

Dairan se lanzó contra el príncipe sin pensarlo dos veces.

No fue un ataque elegante ni calculado; fue puro impulso, rabia convertida en movimiento. Apenas dio dos pasos cuando varios guardias aparecieron de la nada, como si hubieran estado esperando ese momento exacto. Manos lo sujetaron por los brazos, por el pecho, por el cuello. El olor a sudor ajeno y a alcohol rancio lo envolvió.

Dairan supo entonces algo con absoluta claridad:

así, no ganaría.

Y no tenía intención de perder.

Sintió la energía acumulada dentro de su cuerpo, esa presión constante que llevaba tiempo conteniendo, como una represa a punto de romperse. Liberarla significaba poder. Significaba fuerza suficiente para aplastar huesos como si fueran ramas secas. Pero también significaba muerte. No inmediata, no limpia. Una muerte lenta provocada por músculos desgarrados, órganos colapsando desde dentro.




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