El secreto del rey demonio [boys Love]

Epílogo

Aunque ya había pasado una semana, para Dairan el tiempo no parecía avanzar.

Seguía en cama, inmóvil, atrapado dentro de su propio cuerpo como en una jaula demasiado estrecha. Cada respiración era un recordatorio de lo frágil que se había vuelto: el aire entraba con dificultad, como si los pulmones no confiaran del todo en su función. Tenía moretones por todas partes, manchas violáceas y amarillentas que se superponían unas a otras, marcas del precio que había pagado por no saber detenerse a tiempo.

Aun así, no estaba solo.

Arzhel y Emris permanecían cerca de él, casi siempre en silencio, como si las palabras pudieran romper algo delicado.

En ese momento, Arzhel lo sostenía entre sus brazos. No lo hacía con prisa ni con torpeza, sino con una atención casi reverente, cuidando cada movimiento como si Dairan pudiera quebrarse con facilidad. El cuerpo de Dairan pesaba más de lo que parecía; no por su tamaño, sino por el cansancio profundo que lo habitaba.

—La terapia de agua te hará bien, tío —dijo Emris en voz baja—. Ayudará a que tus músculos se reparen.

Dairan asintió despacio.

—Confío en ti.

No era una frase vacía. Era una verdad simple.

Arzhel lo llevó hasta la tina de baño y lo acomodó con cuidado en el agua tibia. El contacto fue inmediato: un leve estremecimiento recorrió el cuerpo de Dairan, como si el agua despertara zonas que habían permanecido dormidas por días. Emris se acercó y comenzó a concentrarse. Cerró los ojos, murmuró palabras antiguas, y el agua empezó a brillar con una luz suave, casi viva.

El efecto no fue milagroso, pero sí real.

El dolor comenzó a retroceder, apenas un poco, lo suficiente para que Dairan pudiera respirar sin sentir que el pecho se le partía en dos. Sus músculos dejaron de arder y, por un instante, el peso constante sobre su cuerpo se alivió.

Aun así, Dairan lo sabía.

Podía sentirlo en lo más profundo: aunque recibiera todas las terapias posibles, jamás volvería a usar su látigo al cien por ciento. Su reserva de energía estaba dañada de forma irreversible. Algo dentro de él se había roto para siempre.

Y, por primera vez, eso no le importó.

Ya no necesitaba pelear.

Después de unos minutos, Emris dejó caer los hombros, exhausto. Hacer esa sesión con su nivel de magia lo dejaba drenado, casi siempre al borde del colapso. Arzhel lo notó enseguida y se acercó para ayudar a Dairan a sentarse. Luego lo sacó del agua, lo secó con paciencia y lo ayudó a vestirse, cuidando de no presionar ningún moretón.

Finalmente, lo recostó de nuevo en la cama.

—Descansa —dijo Arzhel, inclinándose para depositar un beso suave en su frente.

Dairan asintió, esbozando una sonrisa cansada, pero sincera.

Arzhel estaba a punto de retirarse cuando un golpe suave resonó en la puerta. Abrió y dejó ver a Arik, de pie en el umbral. Su aspecto había cambiado: ya no tenía la rigidez de un rey, sino el cansancio de un hombre al que el mundo le había quitado demasiado.

—Su majestad —dijo Arik, haciendo una leve reverencia por costumbre.

—Por favor, no hagas eso.

Arik dudó.

—Ya no soy un rey —continuó Arzhel—. Mi reino se destruyó. El único rey aquí eres tú.

—No importa —respondió Arik—. Llámate como quieras, pero déjame llamarte así.

Arzhel negó con la cabeza y suspiró.

—Solo dime Arik —pidió—. Hemos pasado demasiadas cosas juntos como para seguir fingiendo distancias que ya no existen.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue el silencio de quienes habían sobrevivido…

y sabían que eso, por sí solo, ya era una carga suficiente.

Los tres se quedaron en el palacio de Arik durante el tiempo que Dairan necesitó para recuperarse.

El lugar era grande, demasiado grande para alguien que había perdido tanto. Los pasillos siempre parecían un poco vacíos, incluso cuando había sirvientes caminando de un lado a otro. El eco de los pasos nunca desaparecía del todo, como si el palacio recordara a quienes ya no estaban.

Tras la muerte de su tío, Arik tomó el poder.

Ahora era el rey.

No hubo coronación. No hubo celebraciones. Solo una aceptación silenciosa, pesada, como quien carga una armadura que nunca quiso ponerse.

Una tarde, Arik se acercó a la habitación donde Dairan descansaba. El sol entraba por la ventana, iluminando apenas el polvo suspendido en el aire.

—¿Cómo te sientes, Dairan? —preguntó.

—Cada día mejoro —respondió él, con voz tranquila.

Arik asintió, pero no parecía convencido.

—Buscaré más médicos. Haré que te ayuden a sanar por completo.

—De verdad, no es necesario.

—Claro que lo es —replicó Arik—. Mi tío les hizo tanto daño… es lo mínimo que puedo hacer para pagarles.

—Tú no hiciste nada —dijo Dairan con suavidad.

Arik bajó la mirada.

—Exacto —murmuró—. No hice nada. Me quedé como un imbécil, congelado, mientras todos morían.

El silencio cayó entre ellos.

Arzhel, que estaba de pie cerca de la ventana, bajó la cabeza. Dairan lo notó. Sabía que ese tema era una herida abierta para ambos: la muerte de Elis, la del padre y el hermano de Arik, la traición, el caos.

Dairan también sabía algo más.

Arzhel estaba ahí solo por él.

Sabía que, cuando se fuera, cuando ya no necesitara cuidados, Arik y Arzhel probablemente no volverían a hablarse nunca más. Era irónico. Antes se llamaban hermanos. Antes creían que el mundo aún podía arreglarse con promesas.

Antes.

Antes de irse, Arik se acercó a Arzhel.

—Mandé hombres a buscar los cuerpos —dijo—. Les daremos una sepultura digna. Espero que no te moleste que enterremos a Elis aquí.

Arzhel levantó la mirada.

—No me molesta —respondió—. Gracias.

Arik sonrió. No una sonrisa feliz, sino una cansada, breve, como quien se despide de algo que ya no volverá.

Cuando ambos salieron, Dairan cerró los ojos. Se permitió descansar.




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