El eco de los mercenarios sumergiéndose en la cámara exterior apresuró los pasos de la pareja. El pasadizo de piedra se volvía cada vez más estrecho y opresivo, cubierto por una fina capa de musgo resbaladizo que obligaba a avanzar con pies de plomo. El aire, aunque respirable, vibraba con el retumbar sordo de los motores y las voces distorsionadas que rebotaban desde la piscina de entrada.
—Van rápido —comentó Rafa, entornando los ojos mientras revisaba el pasillo a sus espaldas con el fusil táctico en guardia—. Esos tipos no han venido a hacer turismo arqueológico, Sandra. Llevan equipo de asalto ligero militar.
—Entonces es una suerte que mi novio sea un experto en táctica y supervivencia —respondió Sandra, lanzándole una mirada rápida por encima del hombro llena de confianza y una pizca de flirteo—. Aunque admito que me gustaría que tuvieras un superpoder para derribar muros de piedra con la mente justo ahora.
—Mi único superpoder es aguantar tus locas expediciones, preciosa —bromeó Rafa, guiñándole un ojo—. Así que muéstrame el camino antes de que nos conviertan en diana de prácticas.
Sandra rió por lo bajo y volvió a concentrarse en las baldosas. Sacó un pequeño puntero láser de su cinturón para iluminar los relieves de las paredes. Las figuras de los monos guerreros jemeres daban paso a grabados de gigantescas serpientes entrelazadas que ascendían hacia el techo.
—Rafa, detente —ordenó de pronto, deteniéndose en seco y estirando un brazo para frenar a su novio por el pecho.
A escasos centímetros de las botas de montaña de Sandra, el suelo cambiaba sutilmente de tonalidad. Una losa rectangular de piedra caliza sobresalía apenas unos milímetros del resto del pavimento. Un cable tensor, casi invisible a la luz de los focos, cruzaba el pasillo a la altura de los tobillos.
La trampa del peso muerto.
—Un clásico —murmuró Rafa, agachándose a ras de suelo para examinar el mecanismo con ojo clínico—. Contrapeso de caída libre. Si pisas eso, lo que sea que esté sujeto al techo va a bajar a saludarnos a la velocidad del sonido.
—Puedo desactivarlo —dijo Sandra, arrodillándose a su lado y sacando una fina navaja multiusos—. Si corto la tensión del cable derecho mientras bloqueamos la losa de presión con uno de tus mosquetones de escalada...
—Hazlo rápido, porque acabo de ver una luz de foco al fondo del pasillo —interrumpió Rafa, apostándose de rodillas en una esquina del corredor, apuntando con su arma hacia la penumbra por la que habían venido.
Los dedos de Sandra trabajaron con una precisión milimétrica. Introdujo el mosquetón de titanio bajo la losa para hacer cuña y, con un movimiento seco de la navaja, seccionó el cable. Un chasquido metálico resonó en las paredes de la galería, seguido de un siseo de aire comprimido antiguo. El suelo vibró ligeramente, pero la trampa quedó bloqueada.
—¡Listo! ¡Muévete, muévete! —exclamó Sandra, levantándose de un salto.
Rafa la agarró de la mano y ambos esprintaron por el corredor justo cuando una ráfaga de disparos con silenciador impactaba contra las paredes de piedra detrás de ellos, desprendiendo astillas y polvo de roca que les salpicó las chaquetas térmicas.
El callejón del beso y el misterio.
Al final del pasadizo, desembocaron en una antecámara circular sin salida aparente, dominada por una imponente estatua de la deidad jemer Naga, la serpiente mítica de múltiples cabezas. Las salidas estaban bloqueadas por pesadas rejas de bronce macizo, corroídas por los siglos pero imposibles de mover a la fuerza.
Atrapados y con los pasos de los mercenarios pisándoles los talones, Rafa empujó a Sandra contra la base de la estatua, protegiéndola con su cuerpo mientras mantenía el arma apuntada al pasillo de acceso. Las respiraciones de ambos se mezclaron en la penumbra, aceleradas por la carrera y la cercanía del peligro.
—Bueno... si este es el final del trayecto, tengo que decir que has estado increíble ahí atrás, jefa —dijo Rafa, mirándola fijamente a los ojos con esa mezcla de audacia y ternura que a ella tanto le volvía loca.
—No va a ser el final, Rafa —replicó Sandra, con una sonrisa desafiante. Se estiró sobre las puntas de los pies y lo rodeó por el cuello, dándole un beso intenso, apasionado y cargado de adrenalina que los desconectó por completo del caos exterior durante unos segundos—. Porque acabo de descubrir que los ojos de la estatua son las palancas de la reja.
Rafa parpadeó, asimilando el beso y la revelación arqueológica a la vez, y soltó una carcajada rústica.
—Vale, oficialmente eres la mujer más sexy y lista del planeta. Dale a la palanca.
Sandra presionó la gema incrustada en la órbita de la serpiente de piedra. Con un crujido monumental, la reja de bronce de la izquierda comenzó a elevarse, revelando un descenso en espiral hacia el corazón del templo donde la luz esmeralda se volvía más intensa. Rafa disparó dos tiros de cobertura hacia el pasillo para retrasar a los perseguidores y empujó a Sandra a través de la abertura justo antes de que la reja volviera a cerrarse de golpe a su espalda, dejando a los mercenarios al otro lado del muro.
Fin del Capítulo 3.
Editado: 21.06.2026