El eco de las botas de los mercenarios chapoteando al caer a la balsa de agua aceleró el pulso de la galería. Rafa no perdió un segundo; sacó de su mochila táctica dos cables de acero de alta resistencia y los tensó a ras de suelo entre las gruesas raíces que inundaban la entrada de la caverna, camuflándolos perfectamente bajo el lodo y la hojarasca subterránea.
—A ver si estos listillos son tan rápidos esquivando el suelo como lo son disparando —masculló Rafa con una sonrisa rústica, retrocediendo hacia la imponente puerta con forma de boca de cobra real donde Sandra ya examinaba las fauces de piedra.
Sandra deslizó sus manos por los colmillos tallados del reptil, buscando el muelle o la muesca que liberara el acceso. Al escuchar los pasos de su novio acercándose, se giró con una ceja alzada y una mirada cargada de esa sensualidad audaz que tanto lo volvía loco.
—¿Sorpresas listas, mi amor? Porque el mecanismo de esta puerta está pidiendo a gritos un poco de tu fuerza bruta. Las bisagras de piedra caliza están atascadas por los sedimentos del Mekong.
—Para eso tengo la herramienta perfecta, preciosa —respondió Rafa, situándose detrás de ella. La rodeó con sus brazos para alcanzar los relieves laterales, pegando su pecho caliente contra la espalda de ella en un rápido segundo de pura electricidad antes de hacer palanca con un mosquetón de titanio—. A la de tres... ¡fuerza!
Un crujido monumental sacudió el arco. La mandíbula inferior de la cobra de piedra comenzó a descender de golpe, pero el movimiento activó un contra-mecanismo hidráulico en el techo: una pesada losa con relieves de estacas de bronce empezó a bajar lentamente desde la bóveda, amenazando con aplastarlos y sellar la salida definitiva.
Trampas cruzadas y una puyita a tiempo.
—¡Vaya, parece que el Rey Serpiente no quería visitas de última hora! —exclamó Sandra, agachándose instintivamente mientras sostenía el cofre de jade contra su cuerpo.
—¡Pasa primero, Sandra! ¡Corre! —ordenó Rafa, clavando su fusil de pesca neumático en diagonal entre la losa del techo y el suelo para ganar unos segundos vitales. El metal del arma crujió bajo la colosal presión de las toneladas de roca.
En ese mismo instante, un grito de dolor y rabia resonó al fondo del pasadizo. Uno de los mercenarios de Nova había tropezado de bruces contra el cable de acero que Rafa había colocado, cayendo con violencia sobre el fango y soltando una ráfaga a ciegas que impactó directamente contra las raíces altas. Su compañero, con el visor térmico encendido, localizó las siluetas de la pareja a través de la polvareda y abrió fuego.
Las balas pasaron rozando el hombro de Rafa, arrancando chispas de la piedra de la cobra. Sandra, ya al otro lado del umbral, agarró a su novio por las correas del chaleco térmico y tiró de él con una energía salvaje hacia el interior de la nueva sala.
—¡Vamos, mi lobo de mar, muévete! —le gritó, justo cuando el fusil de Rafa se partía en dos por el peso del techo y la enorme losa caía con un estruendo ensordecedor, bloqueando por completo el paso de los hombres de la corporación Nova a sus espaldas.
Un respiro en la penumbra.
La oscuridad volvió a reinar, rota únicamente por el foco del cinturón de Sandra. Se encontraban en una cámara abovedada perfectamente seca, donde el aire era más fresco y se percibía, a lo lejos, el siseo del viento exterior de la jungla. Estaban a salvo de los fusiles, al menos por ahora.
Rafa se dejó caer de espaldas contra el muro de piedra, jadeando, con la adrenalina bajando poco a poco por sus venas. Miró a Sandra, que se encontraba de pie frente a él, iluminándolo con la linterna mientras lucía una sonrisa de triunfo absoluto que la hacía ver increíblemente sexy en mitad de la destrucción.
—Oficialmente... nos hemos quedado sin armas —dijo Rafa, estirando una mano para agarrarla de la muñeca y tirar de ella hacia abajo, haciéndola caer sentada sobre sus piernas—. Pero admito que la forma en que me has arrastrado hacia este lado ha sido lo más excitante de toda la expedición, mi bombón.
Sandra soltó una carcajada suave, acomodándose sobre su regazo sin soltar el cofre de jade y acariciándole la barba con los dedos húmedos antes de darle un beso lento, profundo y reconfortante que selló el peligro de la persecución.
—Es el instinto de supervivencia, mi amor. No puedo dejar que le pase nada a mi mejor ayudante de campo —bromeó ella sobre sus labios, sintiendo el latido acelerado de su pecho—. Ahora, si me dejas un segundo libre, creo que es el momento perfecto para descubrir qué es lo que esconde este cofre antes de buscar la salida a la superficie.
Rafa sonrió, rodeándole la cintura con sus brazos mientras ella colocaba el cilíndrico cofre de jade sobre la superficie plana de una roca cercana, listos para desvelar el secreto número 13 de su carrera literaria.
Fin del Capítulo 6.
Editado: 21.06.2026