Los dedos de Sandra acariciaron las incrustaciones de oro viejo que sellaban los bordes del cofre de jade. Rafa la observaba en silencio, manteniéndola abrazada por la cintura, sintiendo el calor de su cuerpo que contrastaba con el ambiente húmedo y frío de la cámara subterránea. El siseo del viento de la jungla exterior llegaba cada vez con más fuerza a través de las grietas del techo, un recordatorio de que la tormenta monzónica seguía desatada en la superficie.
Con un movimiento preciso de su navaja táctica, Sandra presionó el resorte oculto en la base del cilindro. Un chasquido limpio resonó en la quietud de la sala, y la tapa de jade se deslizó hacia un lado.
En el interior no había oro ni joyas preciosas, sino un antiguo rollo de pergamino de corteza de árbol, conservado milagrosamente gracias al sellado hermético del cofre, junto a una extraña lente de cristal tallado de color ámbar.
—Es un mapa estelar de navegación del Imperio Jemer —susurró Sandra, con los ojos brillando de emoción mientras desplegaba el rollo sobre la roca con sumo cuidado—. Mira esto, Rafa. No detalla caminos terrestres, sino los conductos de ventilación verticales de la pirámide alineados con las constelaciones. Este cristal... es la llave para ver el relieve oculto en el techo.
Rafa tomó la lente de ámbar, miró a través de ella hacia la bóveda superior de la sala y soltó un silbido de asombro rústico.
—Preciosa, tu mapa es una maravilla, pero creo que vas a tener que leerlo a velocidad de carrera —dijo Rafa, señalando hacia las raíces altas—. Las vibraciones de la explosión de Nova y el peso de la tormenta arriba están rompiendo los diques de contención naturales del templo.
La inundación vertical.
Un crujido sordo, como el de un gigante despertando, sacudió las paredes de la estancia. Por las grietas de la gran puerta de la cobra que acaban de bloquear, comenzó a filtrarse el agua a una presión brutal, transformando las juntas de piedra en auténticas mangueras de agua a presión. La balsa inferior estaba subiendo de nivel a un ritmo de palmo por minuto, amenazando con ahogarlos en un pozo sin salida.
—¡El conducto central! —exclamó Sandra, apuntando con el foco hacia una abertura circular en el centro exacto del techo abovedado—. Según el mapa, esa chimenea comunica directamente con los pozos sagrados de la superficie. ¡Tenemos que trepar por las raíces antes de que el agua llene la cámara!
—Pues se acabó el descanso, mi bombón —respondió Rafa, agarrando el cofre con el pergamino y asegurándolo con fuerza dentro de su mochila térmica—. ¡Arriba! Yo te impulso, vamos.
Rafa la tomó por los muslos con firmeza, levantándola en vilo con su fuerza bruta para que alcanzara la primera sección de raíces gruesas que colgaban del techo. Sandra se enganchó como una felina, escalando con agilidad rústica mientras el agua embarrada del Mekong ya les cubría las pantorrillas a una velocidad alarmante.
Tensión, risas y adrenalina.
Rafa subió justo detrás de ella, usando las nudosas cepas de madera como si fueran los peldaños de una escalera de asalto. El agua subía tan rápido que los chorros de presión comenzaban a salpicarles las espaldas, dificultando el agarre en la madera resbaladiza.
En mitad de la ascensión vertical, una de las raíces principales cedió con un chasquido seco. Sandra resbaló un par de metros, pero Rafa estiró su brazo libre con reflejos de acero, atrapándola por la cintura y pegando el cuerpo de su novia contra el suyo en mitad de la pared vertical. Sus respiraciones agitadas se cruzaron en la penumbra.
—Te tengo, preciosa —jadeó Rafa, con una sonrisa descarada a pesar de la tensión—. Te he dicho muchas veces que me encanta que te agarres a mí, pero el momento es un poco extremo, ¿no crees?
Sandra, con el corazón desbocado por el susto y la adrenalina, le robó un beso rápido y rústico en la mejilla mojada, mirándolo con una mezcla de amor y pura diversión.
—Es para mantener el suspense de la novela, mi amor. Ahora muévete, que el agua nos pisa los talones.
Con un último esfuerzo coordinado, ambos alcanzaron la boca de la chimenea vertical. El aire puro de la selva y el olor a lluvia limpia los golpeó en la cara. Estaban a solo unos metros de la libertad, pero al mirar hacia la salida superior, recortada contra el cielo de la tormenta, descubrieron que el peligro en la superficie aún no había terminado.
Fin del Capítulo 7.
Editado: 21.06.2026